sábado, 30 de octubre de 2010

“Los Nascar son muy grandes, muy lentos
y no muy poderosos”: JP MONTOYA

Hasta hace muy poco, a Juan Pablo Montoya le parecía “de quinta” la categoría Nascar. Y ahora, lejos del glamour y del jet-set de la Fórmula Uno, pretende convencernos de que el mundo de las carreras gringas es más emocionante.
En una lógica que parece más propia del pensador y estratega chocoano-antioqueño Francisco Maturana, según la cual “perder es ganar un poco”, Juan Pablo Montoya ha tratado de convencer a televidentes, oyentes y lectores de que su paso de la Fórmula Uno a la Nascar es un ascenso en su vertiginosa carrera deportiva.

Sin embargo, una fuente de confianza le contó a Un Pasquín que hasta hace unos años el piloto despotricaba de esta categoría, a la que definía como una atracción de ‘rednecks’, como se le dice en ciertas zonas de Estados Unidos a la gente de clases populares y de mal gusto, estilo Homero Simpson.

La anterior afirmación coincide con las declaraciones que el mismo Montoya hizo en el año 2000 en una entrevista. “Los carros de serie [como son los de Nascar] son muy grandes, demasiado lentos y no son suficientemente poderosos”, dijo en aquella oportunidad.

Es más, el año pasado el propio Montoya se lo ratificó en una entrevista a David Letterman, a quien le dijo que la diferencia entre un carro de Nascar y uno de Fórmula Uno “es igual a la que hay entre conducir un camión y un Ferrari”.

Sin embargo, ahora el piloto ha tenido que echar mano de nuevos argumentos para tratar de convencerse a sí mismo y hacerles creer a los demás que las carreras gringas son más emocionantes y que además ahora sí vamos a poder ver de cerca que él no es un jarto.

Por otra parte, el piloto alega que su mala fama en Colombia no se debe a sus malos modales sino a las calumnias de los medios. Y como dice que la prensa extranjera lo trata como un príncipe, hicimos un paseo por Internet y encontramos una original nota de un canal inglés, donde se describe su paso de la F-1 a Nascar.

Caricatura: © Vladdo

En un artículo titulado ‘Días de pifias’, el escrito arrancaba diciendo que “mientras el [ex] piloto de McLaren Juan Pablo Montoya era todo sonrisas al firmar un contrato de varios años para competir en la Copa Nextel Nascar en 2007, se afirma que su media naranja, la encantadora Connie, no es que estuviera bailando en una pata”.

Más adelante, en lo que considera un pequeño descuido, el artículo continúa en los siguientes términos: “En su entusiasmo por encontrar algo que hacer el próximo año, Montoya por lo visto olvidó decirle a su esposa que ella no va a volver a engalanar las elegantes carreras de Mónaco y Monza, pero que a cambio podría esperar pasar largas horas en pistas menos glamourosas como las de Bristol y el mundialmente famoso autódromo de Martinsville”.

La nota dedica buena parte a subrayar cómo será la adaptación de Connie Freidel a su nueva vida social. “Le preguntamos a nuestro corresponsal de automovilismo en Estados Unidos si la señora Montoya podría abrigar la esperanza de encontrar algo parecido a compras de lujo en sus viajes del calendario Nascar… Una vez terminó de reírse contestó: ‘No; pero puede conseguir una canasta de alas de pollo, costillas y papas fritas, más dos litros de Coca–Cola, por US$7,95. Traten de conseguir una oferta así en Monte Carlo”.

El artículo remata definiendo muy gráficamente la nueva disciplina en la que tomará parte Montoya a partir de ahora. “Para los no iniciados, Nascar es una modalidad de automovilismo donde decenas de carros inmensos que parecen cajas de cereal corren en círculos durante una eternidad hasta que hay un inmenso choque en cadena y luego alguien gana”, y concluye: “Es una competecia justo a la medida de JPM…”

Con la misma lógica, no sería raro que Montoya saliera antes de tiempo de su nuevo equipo y volviera supuestamente feliz a Colombia a manejar uno de los buses de Transmilenio, de los que hoy dirá lo mismo que decía antes sobre la Nascar (son muy grandes, muy pesados y poco potentes), pero que por lo menos en el color son muy parecidos a los Ferrari.
[Nota: Este artículo apareció originalmente en la edición 11 de Un Pasquín, en julio de 2006].