jueves, 26 de noviembre de 2009

La alegría de volar


En vísperas de diciembre vuelven a colación los manidos temas de siempre, relativos a las vacaciones, los viajes, el tráfico en las carreteras, la congestión de los aeropuertos, la escasez de vuelos, el precio de los tiquetes, etcétera. Y, como muchas otras veces, vuelve y me da mal genio pensar en lo abusivas que son las aerolíneas con los pasajeros que por esta época se movilizan masivamente; no sólo por los precios, sino por la cantidad de restricciones y condiciones con las cuales parecieran quererlo disuadir a uno de viajar.

Cuando uno se retrasa un par de minutos las aerolíneas no lo dejan registrarse siquiera. “Qué pena, señor, el vuelo ya está cerrado”, le dicen muy tranquilamente. Y con una terquedad peor que la de Uribe se niegan a cualquier posibilidad de diálogo. No hay poder humano que los haga mover de ahí. No oyen razones. Si uno está de buenas, le ofrecen la posibilidad de viajar en un próximo vuelo, pero con un abultado recargo por la diferencia de tarifa y la correspondiente multa de castigo por no haber viajado según la reserva original.

En cambio, cuando son las aerolíneas las que incumplen (para no hablar de los vuelos que cancelan) creen que, después de seis horas de espera, todo queda solucionado con una disculpa dada a través de un megáfono sin pila y un bono para una hamburguesa con gaseosa. El pretexto puede ser el aeropuerto, el clima, un problema técnico; lo que sea. No es su culpa. Pero los pasajeros no tenemos derecho a retrasarnos por el tráfico en la ciudad, ni por el clima, ni menos aun por un problema técnico.

Y qué decir del asunto de los equipajes. Cuando uno se pasa por uno o dos kilos, le cobran multas que suelen empezar en los cincuenta dólares; pero cuando no lleva equipaje nunca le hacen descuentos, ni le dan upgrades de cortesía: nada de nada. Si uno tiene derecho a 20 kilos por viaje y no los usa la aerolínea se beneficia, porque eso le permite cargar las maletas de otros pasajeros, por lo cual recibe jugosos ingresos. De modo que sería lógico que uno recibiera algún beneficio por viajar sin valija. Las aerolíneas deberían abonarle a uno los kilos que no lleva o cambiárselos por millas. Sería una buena forma de motivar a la gente para que viajara con menos cosas, lo que ahorraría tiempo en el abordaje y combustible en el viaje, ya que los aviones volarían más livianos.

Otro tema que resulta antipático es el de los impuestos. Y aunque no es un problema ocasionado por las aerolíneas, sí es frustrante descubrir que unas tarifas que parecían como caídas del cielo, a la hora de incluir los impuestos resultan mucho menos atractivas. Por eso me gusta que ahora varias aerolíneas estén incluyendo el valor del tiquete con todos los perendengues; así uno sabe a qué atenerse.

viernes, 13 de noviembre de 2009

JMS no es candidato


Juan Manuel Santos Calderón intriga como candidato, se mueve como candidato, da entrevistas como candidato, habla como candidato, pontifica como candidato, miente como candidato; pero no es candidato. Así lo dijo él mismo el martes pasado en La W, ante lo cual, deberíamos suponer que no miente, porque, como decía Laureano Gómez, a la gente hay que creerle. Bueno, él no es tan gente, pero se acerca bastante; así que se le debería dar una oportunidad.

Si, olvidando su pasado e ignorando su presente, los colombianos resolviéramos creerle a JMS, habría que obrar en consecuencia. Que yo sepa, ya hay cuatro candidatos presidenciales definidos: Sergio Fajardo, de Compromiso Ciudadano por Colombia; Rafael Pardo, del Partido Liberal; Gustavo Petro, del Polo Democrático Alternativo, y Germán Vargas Lleras, de Cambio Radical. Además, están los precandidatos del Partido Conservador, Andrés Felipe Arias, José Galat, Álvaro Leyva y Noemí Sanín, que decidirán su suerte en marzo próximo. A éstos habría que agregar a Marta Lucía Ramírez, que está en el limbo por el asunto de su desinvestidura.

El cuento de los tres ex alcaldes de Bogotá es una alianza pegada con babas, en la cual Antanas Mockus lleva todas las de perder, sobre todo si se deja meter en el embeleco de una candidatura presidencial. Y por los lados del Partido de la U no hay nada resuelto en cuanto a candidaturas, pues hasta ahora el candidato oficial es Álvaro Uribe; de manera que Juan Manuel Santos, técnicamente, ni siquiera es precandidato, motivo por el cual habría que recoger sus propias palabras, hacerle caso y no seguirle dando tratamiento de candidato.

Para tal efecto, tocaría empezar por sacarlo de cualquier encuesta que mida la popularidad o las preferencias electorales. Las encuestadoras no deberían incluirlo en las preguntas de selección múltiple, ni tabular las respuestas que la gente da espontáneamente cuando, al hablar de las próximas elecciones, dice cuál es el primer nombre que se le viene a la cabeza. En todo caso, como a la gente no se le puede amordazar, y habrá más de uno que mencione a JMS, su nombre debería aparecer en el renglón otros, en vista de que no es candidato. Sería como si a alguien se le ocurre proponer a Juanes, al general Óscar Naranjo o a Jorge Barón, que pueden ser muy simpáticos y tener muchos seguidores a los que les gustaría verlos en la Casa de Nari, pero no son candidatos.

En igual sentido deberían actuar los medios de comunicación. Al buscar reacciones de los candidatos sobre el diferendo con Venezuela, las bases gringas, el escándalo de Agro Ingreso Seguro, el último disco de Carlos Vives o el programa de Jaime Bayly, no deberían llamar a Juan Manuel Santos; porque él no es candidato.

Que hable como ex ministro, ex subdirector de El Tiempo, adversario de Chávez o amigo de J.J. Rendón, pero no como candidato, porque no lo es.