jueves, 24 de setiembre de 2009

Nada cambia

Rebrujando en mi computador las carpetas virtuales, me estrellé de repente con muchas realidades. O con muchas no; con la misma: este país no cambia.

En febrero de 2001, creía yo que Borges había sobreestimado el futuro de este país cuando dijo en su cuento Ulrika que “ser colombiano es un acto de fe”. Porque el ilustre argentino nunca imaginó que éste sería el país de las 30.000 muertes violentas por año; el que ocuparía un destacadísimo lugar en la lista de los países más corruptos del mundo (¿lo del Inco será otro caso aislado?); el que llegaría a tener un presidente elegido con dineros del narcotráfico y otro con ayuda de la mafia y de los paramilitares; o aquel en el que los guerrilleros que dicen reivindicar los derechos de los menos favorecidos iban a arrasar pueblos y a secuestrar niños.

Tal vez, y con razón, el escritor quiso decir que Colombia es un país fuera de lo común. Pero para mal.

¿Cuánto tiempo ha gastado el presidente Álvaro Uribe hablando de lucha contra la corrupción y la politiquería? Y tuvo como paladines de esa cruzada a Ernesto Samper y Julio César Turbay Ayala. ¿Cúantas veces ha repetido que este es un gobierno caracterizado por la honestidad y la transparencia? Y funcionarios suyos, bajo su mando directo, como los señores del DAS (que ahora pretenden rebautizar; como si con eso se resolviera el problema), han cometido toda clase de atrocidades.

En 2001 creía también, y lo confirmo ahora, que en este país la honradez de los políticos no es una norma sino una virtud que ellos mismos exhiben como tema de campaña. Ya en el 78 a Turbay se le llenaba la boca diciendo: “Gobernaré con los más capaces y honestos”; pero en vez de eso se limitó a reducir la corrupción a sus justas proporciones. Y Uribe ha seguido el ejemplo. El caso Inco es patético. ¿También le irán a cambiar el nombre?

Hace ocho años, decía que uno de los méritos de Antanas Mockus era que no se había robado nada en su primer período como alcalde de Bogotá. Y en buena medida por eso lo reelegimos: por honrado. Aquí al ladrón le dicen vivo, al cohecho se le dice persuasión, al pícaro lo tildan de avispado y a los políticos corruptos, los llaman doctores.

A todo el mundo le da risa cuando se conocen las denuncias de corrupción en todos los niveles del gobierno. Nadie se impresiona por eso; es lo normal. Como son normales los secuestros de la guerrilla y el retoño de los paramilitares, que ya ni siquiera clasifican para salir en las primeras planas de los diarios.

“La vida tiene que seguir“, suele decirse. Mientras los niños crecen viendo noticieros que empiezan con informes cargados de sangre, seguidas del bloque deportivo y rematados con bellas modelos contándonos cómo viven los personajes de la farsándula.

Da tristeza que estos recuerdos de ayer sean tan parecidos a las noticias de hoy.

jueves, 17 de setiembre de 2009

La investigación después del 8.000

Siempre he creído que por cuenta del proceso 8.000 hubo en Colombia un retroceso en el periodismo investigativo, ya que muy buena parte del soporte de la información publicada a partir de 1994 por la revista Semana y otros medios lo constituían documentos entregados por distintas fuentes que, luego, de su verificación eran publicados.

Indudablemente, este tipo de investigación, basado en filtraciones, ha sido una herramienta muy útil para destapar escándalos y hacer denuncias en Colombia y muchas otras partes del mundo. De hecho, de eso dependió en gran medida el caso Watergate, que en 1974 le costó la presidencia de Estados Unidos a Richard Nixon.

Sin embargo, pese a la probada efectividad que se puede ver en dichos casos, no es lo mismo comenzar una investigación a partir de un descubrimiento o un indicio producto de la curiosidad de un reportero, que hacerlo a partir de las pistas arrojadas por un cheque, una grabación o un expediente, suministrados por una fuente anónima.

No pretendo ni remotamente descalificar el trabajo de aquellos colegas intrépidos que con frecuencia arriesgan su vida para destapar ollas podridas, denunciar atropellos o desenmascarar delincuentes.

Mi observación obedece a que como consecuencia –o ejemplo, no lo sé– de la exitosa forma cómo se llevaron a cabo las pesquisas de todo el narcoescándalo, la filtración opacó a la investigación, y muchos periodistas han terminado dedicados a verificar la autenticidad de una fotocopia o de un casete, en un papel más propio de un notario que de un reportero.

El proceso de ponerse a atar cabos sueltos y dar rienda suelta a la curiosidad son cada vez menos frecuentes en los medios. Los noticieros de televisión, por ejemplo, dependen más y más de las imágenes que suministran las autoridades, obtenidas de cámaras de seguridad y con frecuencia los informes noticiosos se ciñen casi exclusivamente a las versiones oficiales.

Desde luego, no se puede generalizar. Una buena investigación fue la que hicieron la columnista Claudia López y la Fundación Arco Iris, publicada inicialmente en semana.com y que fue fundamental en las denuncias de la para-política. Intrigados por la forma cómo cambiaron en las elecciones de 2006 los patrones de votación en varias regiones del país, los investigadores estudiaron la tradición electoral en esas zonas, y descubrieron datos sorprendentes sobre las alianzas entre paramilitares y políticos.

Nadie les mandó un sobre con unos mapas para que vieran de qué se trataba, ni una hoja con unas iniciales para descifrar. Aquí el primer paso lo dieron los investigadores; a diferencia de los casos de filtración, donde la iniciativa la toma la fuente.

Otro ejemplo de ese periodismo inquisitivo lo constituye el caso de Noticias Uno, reconocido recientemente con el premio otorgado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y Cemex, y que reivindica el olfato investigativo de Daniel Coronell.

En las actuales circunstancias, cómo le falta a este país ese tipo de periodismo investigativo. Para averiguar, por ejemplo, cómo fue el trámite del referendo reeleccionista.

jueves, 10 de setiembre de 2009

El partido de Noemí

Me duele, me molesta, me fatiga y me aburre ver la forma cómo se está manejando eso que llaman Partido Conservador que no es ni un pálido reflejo de la colectividad que en su momento lideraron grandes hombres, que jugaron papeles protagónicos en la historia del país.

En anterior columna me referí a la postración en la que se encuentra el partido, anclado en la desvergüenza, alimentado a punta de lentejas burocráticas, carente de ideas y sin ningún líder capaz de recuperar algo de la dignidad de antaño. El daño que la mezquindad de la dirigencia azul le ha infligido al Partido de arriba abajo es vergonzoso. Empezando por el ex senador y ex ministro Carlos Holguín Sardi, convertido alegremente en jefe natural de la colectividad, cuya modorra ha sido graciosamente reivindicada por Daniel Samper Ospina, en Semana.

A los apuntes de Daniel habría que agregar que cuando Holguín sale de su letargo sólo lo hace para decir: “Sí, señor presidente”; actitud con la cual no ha hecho más que poner la voluntad y la bancada azul a merced del repartidor de prebendas y comprador de conciencias que es Álvaro Uribe Vélez. Holguín Sardi es en buena medida cómplice de muchas de las atrocidades que este gobierno ha cometido en nombre de la democracia.

Fiel a la desmayada tradición que inauguró Holguín Sardi, el senador Efraín Cepeda, opaco presidente del conservatismo, se ha consolidado como un perfecto correveidile que se mueve entre las alfombras rojas de la Casa de Nari, la fachada azul del Directorio Nacional y los óleos multicolores del Salón Elíptico, a ver cómo disfraza de ideología lo que no es otra cosa que lagotería.

Gracias a tan acertada conducción, hoy el Partido Conservador tiene los mismos pergaminos que cualquier otro partido de garaje. Dolorosamente, hay que decir que no existe ninguna diferencia entre este partido y aquellos movimientos fundados a la carrera por individuos de dudosa reputación, cuyos candidatos de cuestionables cualidades van a dar a la cárcel La Picota, luego de una breve escala en el Capitolio Nacional. Partidos sin norte ideológico, sin plataforma programática y sin líderes prestantes, cuya única vocación de poder consiste en poder exprimir la chequera estatal.

Ese es el Partido Conservador que se está tomando Noemí Sanín, y que parece hecho a la medida de sus principios; un partido ideológicamente desdibujado y moralmente disminuido que, como ella, no conoce de conciencia sino de conveniencia y cuya dignidad se mide en nombramientos.

La cancelación de la consulta interna del conservatismo, aunque fue una decisión poco decente, sí ha sido muy útil para medir la pequeñez y la falta de seriedad del Partido y de varios de sus precandidatos que decidieron suspender su campaña para dedicarse a defender el referendo reeleccionista.

En todo caso, aunque Noemí resulte oscuramente ungida como candidata conservadora, que ni se le ocurra decir que aparecerá en el tarjetón a nombre del partido de Caro y Ospina, porque ese partido ya no existe.

jueves, 3 de setiembre de 2009

Procacidad política pagada

Dijo alguna vez el presidente Álvaro Uribe que después de ver cómo es el desayuno, uno se puede imaginar cómo va a ser el almuerzo. Y eso precisamente es lo que nos está pasando a los colombianos con la aprobación del referendo reeleccionista. Después de todas las maromas éticas, políticas y burocráticas que utilizó el gobierno en 2005 para sacar adelante la primera reelección, ¿qué podía esperarse del trámite de esta nueva iniciativa?

En un país de amnésicos como Colombia, donde un escándalo es opacado por otro más grande, el episodio de Yidis Medina y Teodolindo Avendaño no pasa de ser una anécdota; así este par de congresistas hayan sido condenados por la justicia por el delito de cohecho, y estén en la cárcel por vender su voto con conciencia y todo, para ayudar a aprobar la reforma que le dio vida a la primera reelección de Uribe.

Eso de por sí ya debió haber sido motivo más que suficiente para que el presidente asumiera alguna cuota de responsabilidad política, pues fueron varios de sus más cercanos colaboradores quienes pactaron y conspiraron para torcerle el pescuezo a la Constitución en beneficio de Uribe.

Pero no: ni el presidente se da por aludido, ni el resto del país se pellizca. Al primer agripado de la Nación le parece que esa primera reelección no sólo fue legítima, sino también muy merecida; y al colombiano de a pie el asunto no lo trasnocha. Al fin y al cabo, un país lleno de pobreza, con problemas de narcotráfico, desplazamiento forzoso, ejecuciones extrajudiciales, inseguridad y desempleo tiene cosas muy importantes en qué pensar, en vez de ponerse a botarle corriente a la yidis-política.

Y aprovechando ese marasmo, el gobierno se la jugó de nuevo para sacar adelante, como fuera, la aprobación de la ley que convoca el referendo reeleccionista, con nombre propio y apellido. ¿O es que alguien nos quiere hacer comer el cuento de que Álvaro Uribe echó a andar su aplanadora en el Congreso con el único fin de beneficiar a sus sucesores? Con el camino despejado, sólo un milagro, o una grave enfermedad, lo harían desistir de un tercer mandato.

Lo que no sabemos, y no lo sabremos sino cuando ya sea demasiado tarde, es cómo se fraguó y cuánto costó la sombría maniobra que culminó el martes con la conciliación del proyecto de referendo en la Cámara de Representantes. El proceso que se adelanta contra el senador Alirio Villamizar, quien tenía en su residencia mil millones de pesos en efectivo, puede ser apenas la punta del iceberg de todo lo que se negoció tras bambalinas para ‘fortalecer la participación ciudadana’.

Todo esto causa urticaria. Y lo más triste, lo más doloroso, es que nos lo presentan como un proceso transparente; como si hubiera sido una gran fiesta democrática. ¡Guácala!

Punto aparte. Si la columnista María Isabel Rueda reconoce que a Uribe le fue mal en la reunión de Bariloche, debe ser porque la cosa resultó desastrosa.