Rebrujando en mi computador las carpetas virtuales, me estrellé de repente con muchas realidades. O con muchas no; con la misma: este país no cambia.En febrero de 2001, creía yo que Borges había sobreestimado el futuro de este país cuando dijo en su cuento Ulrika que “ser colombiano es un acto de fe”. Porque el ilustre argentino nunca imaginó que éste sería el país de las 30.000 muertes violentas por año; el que ocuparía un destacadísimo lugar en la lista de los países más corruptos del mundo (¿lo del Inco será otro caso aislado?); el que llegaría a tener un presidente elegido con dineros del narcotráfico y otro con ayuda de la mafia y de los paramilitares; o aquel en el que los guerrilleros que dicen reivindicar los derechos de los menos favorecidos iban a arrasar pueblos y a secuestrar niños.
Tal vez, y con razón, el escritor quiso decir que Colombia es un país fuera de lo común. Pero para mal.
¿Cuánto tiempo ha gastado el presidente Álvaro Uribe hablando de lucha contra la corrupción y la politiquería? Y tuvo como paladines de esa cruzada a Ernesto Samper y Julio César Turbay Ayala. ¿Cúantas veces ha repetido que este es un gobierno caracterizado por la honestidad y la transparencia? Y funcionarios suyos, bajo su mando directo, como los señores del DAS (que ahora pretenden rebautizar; como si con eso se resolviera el problema), han cometido toda clase de atrocidades.
En 2001 creía también, y lo confirmo ahora, que en este país la honradez de los políticos no es una norma sino una virtud que ellos mismos exhiben como tema de campaña. Ya en el 78 a Turbay se le llenaba la boca diciendo: “Gobernaré con los más capaces y honestos”; pero en vez de eso se limitó a reducir la corrupción a sus justas proporciones. Y Uribe ha seguido el ejemplo. El caso Inco es patético. ¿También le irán a cambiar el nombre?
Hace ocho años, decía que uno de los méritos de Antanas Mockus era que no se había robado nada en su primer período como alcalde de Bogotá. Y en buena medida por eso lo reelegimos: por honrado. Aquí al ladrón le dicen vivo, al cohecho se le dice persuasión, al pícaro lo tildan de avispado y a los políticos corruptos, los llaman doctores.
A todo el mundo le da risa cuando se conocen las denuncias de corrupción en todos los niveles del gobierno. Nadie se impresiona por eso; es lo normal. Como son normales los secuestros de la guerrilla y el retoño de los paramilitares, que ya ni siquiera clasifican para salir en las primeras planas de los diarios.
“La vida tiene que seguir“, suele decirse. Mientras los niños crecen viendo noticieros que empiezan con informes cargados de sangre, seguidas del bloque deportivo y rematados con bellas modelos contándonos cómo viven los personajes de la farsándula.
Da tristeza que estos recuerdos de ayer sean tan parecidos a las noticias de hoy.