miércoles, 29 de julio de 2009

Pésimo libreto

Son muchas las impertinencias en que ha incurrido el Gobierno Nacional en su intento de encontrar a los colaboradores que tiene LAFAR dentro y fuera de nuestro país. En su afán por demostrar que la parapolítica tiene su contraparte por los lados de la oposición, el Régimen ha puesto a las autoridades a escarbar cielo y tierra, en busca de esa foto, esa grabación, ese testimonio, ese correo electrónico o esa colilla de cheque que ponga en evidencia a alguno de esos políticos (obviamente liberales, izquierdistas o antiuribistas) que colaboran con el terrorismo.

La técnica, de novedosa no tiene nada: aunque no es el primero que recurre a esa infamia, este gobierno se ha especializado en demonizar a aquellos personajes que no le son afectos, o que le pueden representar alguna amenaza electoral. Lo hicieron hace tres años, cuando en un arrebato de estupidez, Juan Manuel Santos, desde la propia Casa de Nari y con la brillante complicidad de Luis Carlos Restrepo, resultó con la teoría de que Rafael Pardo conspiraba con la guerrilla para desestabilizar al gobierno. Decir que Pardo colaboraba con LAFAR era tan ridículo que la acusación se cayó solita. Pero la maniobra sirvió para demostrar hasta dónde es capaz de llegar el Régimen en su propósito de desprestigiar a quienes le lleven la contraria.

En ese contexto, el computador de Raúl Reyes ha sido una fuente inagotable de supuestos indicios, utilizados por el Gobierno como cabeza de proceso contra varios personajes incómodos, la mayoría de los cuales han sido exonerados por la Justicia.

Pero como la estupidez no conoce límites, el gobierno colombiano, apoyado en una hábil estrategia mediática, cruzó las fronteras para rotular como compinches de la guerrilla a los presidentes Rafael Correa y Hugo Chávez. Al uno, por supuestamente recibir financiación electoral de LAFAR, y al otro por venderle lanzacohetes a ese grupo guerrillero.

Yo no creo que estos dos mandatarios sean peritas en dulce, como no lo es tampoco Uribe, pero lanzar acusaciones tan temerarias sin pruebas sólidas es como pegarse un tiro en un pie; las consecuencias van a ser nefastas. Sin duda, los nuevos señalamientos contra Correa van a profundizar aún más la crisis que surgió con Ecuador tras el ataque al campamento de Reyes; y la congelación de las relaciones con Colombia, que acaba de ordenar Chávez, va a dejar pérdidas incalculables en nuestra economía.

A sabiendas de lo vieja y mala que es esta película, y si estamos hartos de ver al final a Uribe pidiéndole perdón a Chávez, ¿por qué diablos el Gobierno insiste en actuar con el mismo libreto?

Punto aparte. El Tiempo publicó el pasado domingo una noticia según la cual, hace dos años, “el Ejército gastó $5 mil millones en equipos para ‘chuzar’ que se quedaron obsoletos a los 3 meses”. Lo curioso es que en el texto no aparece el nombre del ministro de Defensa de la época, a quien alguna responsabilidad le debe caber por semejante negociazo. Adivinen quién era.

miércoles, 22 de julio de 2009

Dos buenos colombianos

El pasado sábado se llevó a cabo en Atlanta la habitual celebración de la independencia de Colombia, en uno de esos festivales que se hacen todos los años por esta época en distintas ciudades de Estados Unidos, eventos que cuentan con la participación de artistas nacionales, que hacen las delicias no sólo de los compatriotas asistentes, sino también de personas de otras nacionalidades de América Latina.

Entre los invitados de este año en el Colombian Festival de Atlanta se destacaban dos de los protagonistas de la serie El cartel de los sapos, presentada por el Canal Caracol el año pasado. De hecho, con varias semanas de anticipación, en la televisión por cable se transmitía un comercial en el cual Róbinson Díaz, en su papel de El Cabo, invitaba en tono amenazante a unirse a los jolgorios, a los cuales se sumó también el famoso Guadaña, representado por Julián Arango.

Debo admitir que la primera vez que vi el anuncio me sorprendí un poco, pues no entendía muy bien cómo, para celebrar la fiesta patria por excelencia, se le daba tanto bombo a un par de matones de la calaña de El Cabo y Guadaña. Aunque yo no creo en nacionalidades y detesto las celebraciones veintejulieras desbordadas de chovinismo por todas partes, me parecía absurdo que la presencia de dichos personajes tuviera tanta resonancia en un día de júbilo inmortal.

Sin embargo, después pensé que la cosa no resultaba tan descabellada, si se tiene en cuenta que El cartel de los sapos es el fiel reflejo de buena parte de la sociedad colombiana, permeada en muchas instancias por la mafia del narcotráfico que ha contaminado al país con su dinero, su particular estilo de vida y su manera de resolver los problemas, a punta de plomo y sangre. La misma mafia que recluta jóvenes para el sicariato y seduce empresarios para lavar dinero, que alimenta paracos y guerrilleros, que corrompe militares y amederenta jueces; la misma mafia que financia congresistas y que pone presidentes.

Por eso no me sorprendí cuando gracias a Youtube vi a Guadaña y al Cabo haciendo desde la tarima bromas de mal gusto, denigrando a las mujeres y hablando a madrazo limpio, ante un público que los aplaudía a rabiar. El Cabo protagonizó dos de los momentos más emocionantes de la presentación: uno, cuando empezó a agitar una bandera tricolor como la bayetilla de los que cuidan carros; y otro, cuando abrazaba a Guadaña y elevaba una botella de aguardiente, mientras entonaba el himno alterno de la República de Colombia: “Ay, qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano”.

Habrá quienes se ofendan y pongan el grito en el cielo por este supuesto irrespeto al país, pero lo cierto es que, más allá de consideraciones patrioteras, ese show no fue sino otra interpretación de lo que somos, de nuestra idiosincrasia; en otras palabras: de lo que da la tierrita. Como diría el recién fallecido periodista Walter Cronkite: “Así es la cosa”.

lunes, 20 de julio de 2009

‘Remake’

A solicitud del público, presentamos nuevamente la fotonovela protagonizada por Álvaro Uribe y Vicky Dávila (o viceversa).

Haga clic en la imagen para verla ampliada.


miércoles, 15 de julio de 2009

¿A quién engañas, Noemí?

Se lanza de nuevo Noemí Sanín, la misma candidata que hace siete años se empeñaba en convencer a todo el mundo del peligro que representaría un eventual gobierno de Álvaro Uribe. Asustada como estaba por el creciente respaldo que recibía su paisano y entonces enemigo acérrimo, la doctora Noemí prácticamente se santiguaba al considerar un posible triunfo del hoy Presidente de la República.

Yo fui uno de los tantos contertulios que oyó a la flamante ex embajadora de Samper hablando bellezas acerca de su paisano. En un largo almuerzo decembrino en el restaurante Niko Café, de Bogotá, la simpática ex ministra de Belisario se aterraba imaginando lo que sería Colombia en manos del ex gobernador de Antioquia. Debo admitir que a mí, como a muchos otros colegas, el discurso de Noemí me sonaba auténtico; parecía creer en lo que decía y sus reservas sobre Álvaro Uribe hasta resultaban razonables.

Sin embargo, unos meses después, tras su aparatosa derrota electoral del 26 de mayo de 2002, todo ese cúmulo de argumentos antiuribistas desapareció como por arte de magia, y más adelante vimos a la otrora combativa candidata transformada en la nueva y sonriente embajadora de Colombia en España. Admito que para mí fue un duro golpe ver a Noemí convertida en representante de su archienemigo electoral, del cual discrepó tanto en campaña y con quien se suponía que tenía hondas diferencias no sólo políticas, sino morales.

Y aún sin reponerme de semejante impacto, mi decepción se convirtió en indignación, cuando vi que la cosa no se quedó ahí. Al parecer en un gesto de inmenso agradecimiento por semejante tacón diplomático (si fuera hombre habría que decir corbata), un buen día la enviada de Álvaro Uribe resolvió proponer la reelección de su jefe, idea que caló de inmediato en esta patria obnubilada y llenó de regocijo a las huestes furibistas del país. Esa sí fue la cereza que le faltaba al ponqué clientelista que la ex canciller de Gaviria ha sabido preparar a lo largo de su carrera pública, y cuyo principal ingrediente es la gelatina burocrática, de la cual ella se ha beneficiado tanto.

Muchos amigos míos, al verme defraudado, me decían una y otra vez que, tratándose de Noemí, no debería tener motivo para sorprenderme, pues su trayectoria habla por sí sola. Y razón no les falta. En su dilatada carrera pública, la recandidata presidencial no ha tenido reparo en trabajar olímpicamente para distintos señores, de diferentes colores y matices ideológicos, valiéndose de eso que los políticos profesionales llaman ‘servicio al país’, pero que no es otra cosa que el vicio de vivir a costa de la plata de los contribuyentes.

Así que no se les haga raro que en los próximos meses Mimí se despache contra los demás candidatos, haciendo toda clase de cuestionamientos, para celebrar luego otra derrota electoral aceptando uno de esos nombramientos que tanto le gustan y para el cual ya debe tener listo su vestido fucsia satinado. ¡Qué farsa!

jueves, 9 de julio de 2009

Problema de presentación

Causan un poco de gracia las reacciones de ciertas figuras criollas cuando se refieren al golpe de estado de Honduras, y que ha puesto del mismo lado a varios personajes que, se supone, eran enemigos irreconciliables (verbi gratia, Uribe-Correa). El rompimiento del orden jurídico en ese país tiene a más de uno por estos lares rascándose la cabeza, tratando de defender la democracia, pero sin alinearse mucho con el mandatario errante.

Cuando se produjo la defenestración del presidente Manuel Zelaya, muchos por acá trataron de justificar esa acción aduciendo que aquél se quería pasar por la faja la Constitución, al inventarse una encuesta ‘obliguntaria’ para consultarle a la población si quería una reforma constitucional que permitiera la reelección presidencial. Aunque es cierto que dicha encuesta ya había sido declarada ilegal por la Fiscalía y la Corte Suprema de Justicia, lo que más ofendía a ciertos sectores de la derecha dentro y fuera de Honduras, era que Zelaya contara con el auspicio descarado de Chávez y su camarilla de populistas (léase: el antipático Rafael Correa, el impresentable Daniel Ortega y el ingenuo útil, Evo Morales).

Sin embargo, cuando todos los gobernantes del Continente, encabezados por Estados Unidos, se unieron para darle su respaldo a Zelaya, quienes pretendían excusar el golpe se quedaron sin argumento. Una amiga uribista despistada (y conste que no me refiero a María Isabel Rueda) me decía la semana pasada: “¡Uy! Ese Zelaya es tenaz; pero golpe es golpe”. A propósito, en este caso la posición del Tío Sam contrasta con la que asumió en el fallido golpe de abril de 2002, contra Chávez, cuando el gobierno Bush, por medio de su embajador Charles Shapiro, salió apresuradamente a apoyar al golpista Pedro Carmona.

Son curiosas las semejanzas entre el hasta ahora exitoso golpe de Honduras con el frustrado complot de Venezuela, cuando se habló también de ‘vacío de poder’, ‘renuncia’ del mandatario titular, desacato del alto mando militar, apoyo de la Iglesia y, sobre todo, una fuerte presión del estamento industrial y empresarial, que no compartía las veleidades izquierdistas del gobernante. No obstante, es evidente que el hombre de la boina roja es mucho más zorro que su protegido colega de sombrero alón, gracias a lo cual pudo recuperar el poder en algo más de 48 horas.

Zelaya no es el primer presidente latinoamericano que busca un atajo para graduarse de sátrapa; el problema es que por dejarse aconsejar de Chávez no hizo bien las cosas. Si de reelecciones espurias o de socavación de la democracia se trata, hubiera podido contratar a algún ex ministro o consejero presidencial colombiano (incluso un Superintendente de Notariado), o al propio Álvaro Uribe, no sólo para que le diera cátedra, sino para que sus movidas no tuvieran ese tufillo izquierdista que tanto molesta en ciertos círculos.

Zelaya debería saber que las mismas mañas que en el caso de Chávez son vistas como medidas dictatoriales, cuando las ejecuta Uribe se llaman fortalecimiento de la democracia o participación ciudadana.

miércoles, 1 de julio de 2009

Santos no es Colombia

Un año después de la Operación Jaque, el júbilo inmortal que había tenido a Juan Manuel Santos caminando por las nubes se ha visto empañado por la orden de captura expedida en su contra por un juez del Ecuador, quien lo responsabiliza por la muerte del ecuatoriano Franklin Aisalla, ocurrida el 1 de marzo de 2008, cuando militares colombianos atacaron un campamento de las FARC en el vecino país y dieron muerte a Raúl Reyes y a otras 26 personas que lo acompañaban, entre los cuales se encontraba dicho ciudadano.

No sé hasta qué punto es procedente esa medida, pero en principio me inclino a pensar que si una persona ecuatoriana muere a manos de tropas colombianas, alguien de Colombia debe responder; y en este caso quien salió a poner pecho por la Operación Fénix, fue JMS. Y lo peor es que al comienzo dijo que todo había ocurrido en territorio colombiano, pero luego se fue retractando paulatinamente hasta aceptar que las tropas colombianas sí habían incursionado en el país vecino, sin ninguna autorización.

Al juez ecuatoriano le han llovido críticas de muchos colombianos que han calificado dicha medida como exótica, absurda, ridícula e inamistosa, como si el bombardeo y la incursión aérea en Ecuador hubiera sido una muestra de simpatía del gobierno colombiano. Desde Washington Uribe reaccionó diciendo que “el gobierno de Colombia no permitirá que toquen al ministro Santos”; pero hay que tener en cuenta que eso lo dijo el Presidente mientras se frotaba la cabeza luego del coscorrón que le dio Obama en la Casa Blanca.

A su vez, el propio JMS, aunque declaró que no es “necesario ni conveniente responder esas agresiones”, las respondió diciendo que “esta es una agresión más de las tantas que ciertas autoridades del Ecuador vienen haciendo no contra Juan Manuel Santos sino contra Colombia”. Y por eso resolví escribir este artículo. A mí me molesta sobre manera esa costumbre uribista de quienes creen que encarnan o representan a Colombia. El señor Santos es un mentiroso compulsivo, un político sin ética, un tipo de mente oscura y proceder funesto, que no se mide a la hora de conseguir sus propósitos.

Si tiene o no razón el juez ecuatoriano, es cosa que no me corresponde determinar; pero que no venga el ex ministro a decir que eso es un ataque contra Colombia. JMS no representa a Colombia, ni a Bogotá siquiera; si acaso representa a su familia. JMS no me representa a mí, ni a los periodistas que tratamos de no tragar entero con las mentiras que él ha ayudado a urdir desde este gobierno. JMS tampoco representa a los muchachos víctimas de los falsos positivos que han llenado de dolor a tantas familias colombianas. Así que es mejor que no insista en convertir su causa personal en una causa nacional.

Por otra parte, si tanto valor tiene la lucha contra LAFAR, la muerte de Raúl Reyes, bien vale un carcelazo. La seguridad democrática se lo agradecerá.