jueves, 17 de septiembre de 2009

La investigación después del 8.000

Siempre he creído que por cuenta del proceso 8.000 hubo en Colombia un retroceso en el periodismo investigativo, ya que muy buena parte del soporte de la información publicada a partir de 1994 por la revista Semana y otros medios lo constituían documentos entregados por distintas fuentes que, luego, de su verificación eran publicados.

Indudablemente, este tipo de investigación, basado en filtraciones, ha sido una herramienta muy útil para destapar escándalos y hacer denuncias en Colombia y muchas otras partes del mundo. De hecho, de eso dependió en gran medida el caso Watergate, que en 1974 le costó la presidencia de Estados Unidos a Richard Nixon.

Sin embargo, pese a la probada efectividad que se puede ver en dichos casos, no es lo mismo comenzar una investigación a partir de un descubrimiento o un indicio producto de la curiosidad de un reportero, que hacerlo a partir de las pistas arrojadas por un cheque, una grabación o un expediente, suministrados por una fuente anónima.

No pretendo ni remotamente descalificar el trabajo de aquellos colegas intrépidos que con frecuencia arriesgan su vida para destapar ollas podridas, denunciar atropellos o desenmascarar delincuentes.

Mi observación obedece a que como consecuencia –o ejemplo, no lo sé– de la exitosa forma cómo se llevaron a cabo las pesquisas de todo el narcoescándalo, la filtración opacó a la investigación, y muchos periodistas han terminado dedicados a verificar la autenticidad de una fotocopia o de un casete, en un papel más propio de un notario que de un reportero.

El proceso de ponerse a atar cabos sueltos y dar rienda suelta a la curiosidad son cada vez menos frecuentes en los medios. Los noticieros de televisión, por ejemplo, dependen más y más de las imágenes que suministran las autoridades, obtenidas de cámaras de seguridad y con frecuencia los informes noticiosos se ciñen casi exclusivamente a las versiones oficiales.

Desde luego, no se puede generalizar. Una buena investigación fue la que hicieron la columnista Claudia López y la Fundación Arco Iris, publicada inicialmente en semana.com y que fue fundamental en las denuncias de la para-política. Intrigados por la forma cómo cambiaron en las elecciones de 2006 los patrones de votación en varias regiones del país, los investigadores estudiaron la tradición electoral en esas zonas, y descubrieron datos sorprendentes sobre las alianzas entre paramilitares y políticos.

Nadie les mandó un sobre con unos mapas para que vieran de qué se trataba, ni una hoja con unas iniciales para descifrar. Aquí el primer paso lo dieron los investigadores; a diferencia de los casos de filtración, donde la iniciativa la toma la fuente.

Otro ejemplo de ese periodismo inquisitivo lo constituye el caso de Noticias Uno, reconocido recientemente con el premio otorgado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y Cemex, y que reivindica el olfato investigativo de Daniel Coronell.

En las actuales circunstancias, cómo le falta a este país ese tipo de periodismo investigativo. Para averiguar, por ejemplo, cómo fue el trámite del referendo reeleccionista.

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