jueves, 9 de julio de 2009

Problema de presentación

Causan un poco de gracia las reacciones de ciertas figuras criollas cuando se refieren al golpe de estado de Honduras, y que ha puesto del mismo lado a varios personajes que, se supone, eran enemigos irreconciliables (verbi gratia, Uribe-Correa). El rompimiento del orden jurídico en ese país tiene a más de uno por estos lares rascándose la cabeza, tratando de defender la democracia, pero sin alinearse mucho con el mandatario errante.

Cuando se produjo la defenestración del presidente Manuel Zelaya, muchos por acá trataron de justificar esa acción aduciendo que aquél se quería pasar por la faja la Constitución, al inventarse una encuesta ‘obliguntaria’ para consultarle a la población si quería una reforma constitucional que permitiera la reelección presidencial. Aunque es cierto que dicha encuesta ya había sido declarada ilegal por la Fiscalía y la Corte Suprema de Justicia, lo que más ofendía a ciertos sectores de la derecha dentro y fuera de Honduras, era que Zelaya contara con el auspicio descarado de Chávez y su camarilla de populistas (léase: el antipático Rafael Correa, el impresentable Daniel Ortega y el ingenuo útil, Evo Morales).

Sin embargo, cuando todos los gobernantes del Continente, encabezados por Estados Unidos, se unieron para darle su respaldo a Zelaya, quienes pretendían excusar el golpe se quedaron sin argumento. Una amiga uribista despistada (y conste que no me refiero a María Isabel Rueda) me decía la semana pasada: “¡Uy! Ese Zelaya es tenaz; pero golpe es golpe”. A propósito, en este caso la posición del Tío Sam contrasta con la que asumió en el fallido golpe de abril de 2002, contra Chávez, cuando el gobierno Bush, por medio de su embajador Charles Shapiro, salió apresuradamente a apoyar al golpista Pedro Carmona.

Son curiosas las semejanzas entre el hasta ahora exitoso golpe de Honduras con el frustrado complot de Venezuela, cuando se habló también de ‘vacío de poder’, ‘renuncia’ del mandatario titular, desacato del alto mando militar, apoyo de la Iglesia y, sobre todo, una fuerte presión del estamento industrial y empresarial, que no compartía las veleidades izquierdistas del gobernante. No obstante, es evidente que el hombre de la boina roja es mucho más zorro que su protegido colega de sombrero alón, gracias a lo cual pudo recuperar el poder en algo más de 48 horas.

Zelaya no es el primer presidente latinoamericano que busca un atajo para graduarse de sátrapa; el problema es que por dejarse aconsejar de Chávez no hizo bien las cosas. Si de reelecciones espurias o de socavación de la democracia se trata, hubiera podido contratar a algún ex ministro o consejero presidencial colombiano (incluso un Superintendente de Notariado), o al propio Álvaro Uribe, no sólo para que le diera cátedra, sino para que sus movidas no tuvieran ese tufillo izquierdista que tanto molesta en ciertos círculos.

Zelaya debería saber que las mismas mañas que en el caso de Chávez son vistas como medidas dictatoriales, cuando las ejecuta Uribe se llaman fortalecimiento de la democracia o participación ciudadana.

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