miércoles, 22 de julio de 2009

Dos buenos colombianos

El pasado sábado se llevó a cabo en Atlanta la habitual celebración de la independencia de Colombia, en uno de esos festivales que se hacen todos los años por esta época en distintas ciudades de Estados Unidos, eventos que cuentan con la participación de artistas nacionales, que hacen las delicias no sólo de los compatriotas asistentes, sino también de personas de otras nacionalidades de América Latina.

Entre los invitados de este año en el Colombian Festival de Atlanta se destacaban dos de los protagonistas de la serie El cartel de los sapos, presentada por el Canal Caracol el año pasado. De hecho, con varias semanas de anticipación, en la televisión por cable se transmitía un comercial en el cual Róbinson Díaz, en su papel de El Cabo, invitaba en tono amenazante a unirse a los jolgorios, a los cuales se sumó también el famoso Guadaña, representado por Julián Arango.

Debo admitir que la primera vez que vi el anuncio me sorprendí un poco, pues no entendía muy bien cómo, para celebrar la fiesta patria por excelencia, se le daba tanto bombo a un par de matones de la calaña de El Cabo y Guadaña. Aunque yo no creo en nacionalidades y detesto las celebraciones veintejulieras desbordadas de chovinismo por todas partes, me parecía absurdo que la presencia de dichos personajes tuviera tanta resonancia en un día de júbilo inmortal.

Sin embargo, después pensé que la cosa no resultaba tan descabellada, si se tiene en cuenta que El cartel de los sapos es el fiel reflejo de buena parte de la sociedad colombiana, permeada en muchas instancias por la mafia del narcotráfico que ha contaminado al país con su dinero, su particular estilo de vida y su manera de resolver los problemas, a punta de plomo y sangre. La misma mafia que recluta jóvenes para el sicariato y seduce empresarios para lavar dinero, que alimenta paracos y guerrilleros, que corrompe militares y amederenta jueces; la misma mafia que financia congresistas y que pone presidentes.

Por eso no me sorprendí cuando gracias a Youtube vi a Guadaña y al Cabo haciendo desde la tarima bromas de mal gusto, denigrando a las mujeres y hablando a madrazo limpio, ante un público que los aplaudía a rabiar. El Cabo protagonizó dos de los momentos más emocionantes de la presentación: uno, cuando empezó a agitar una bandera tricolor como la bayetilla de los que cuidan carros; y otro, cuando abrazaba a Guadaña y elevaba una botella de aguardiente, mientras entonaba el himno alterno de la República de Colombia: “Ay, qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano”.

Habrá quienes se ofendan y pongan el grito en el cielo por este supuesto irrespeto al país, pero lo cierto es que, más allá de consideraciones patrioteras, ese show no fue sino otra interpretación de lo que somos, de nuestra idiosincrasia; en otras palabras: de lo que da la tierrita. Como diría el recién fallecido periodista Walter Cronkite: “Así es la cosa”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Todo esto es consecuencia del grado de idolatría, lavado cerebral desde radio casa de nari, paracol, el colombiano y el tiempo o mejor aún, bobería del "80%" de fanáticos de paraquito Uribe. Desde que aparecieron en escena estos herederos de Pablo Escobar, hablar parcero, gritar, mentir sin rubor, calumniar, robar descaradamente, convertir a la mujer en prepago, usar la motosierra como arma de destrucción masiva, guerrear entre bandas de narcotraficantes -llámense paras o guerrilos-, se han convertido en símbolos dignos de imitar por la nueva idiosincrasia colombiana impuesta desde el 2002 por los habitantes de la casa de nari. En esta triste historia de Colombia, los narcos nacidos en Medallo no tuvieron necesidad de construir una réplica de la casa de nari, sino que se adueñaron de ella. ¿Qué pensaran los narcos caleños Rodríguez Orejuela que en su momento sí tuvieron que construir su propio Club Colombia? Tan bobos no ........

Te amo Vladdo por tu inteligencia y valor.