lunes, 7 de abril de 2008

Y revocar, ¿para qué?



Tras la captura de otros cuatro congresistas por sus vínculos con la parapolítica, se ha vuelto a plantear en días recientes la peregrina idea de revocar el mandato de los actuales senadores y representantes, dizque para dar paso a elecciones anticipadas que, ‘bajo unas nuevas reglas’, permitan elegir un congreso sano que recupere la credibilidad perdida.

Como reza el dicho, eso es ir a buscar el muerto río arriba, pues hay que tener en cuenta que las estructuras de poder local que permitieron la llegada de muchos políticos indeseables al Capitolio Nacional, aún siguen en pie. Antes de las elecciones de 2006, cuando se destapó el escándalo de la parapolítica y supuestamente se encendieron todas las alarmas habidas y por haber, se habló de la purificación del ejercicio electoral. Desafortunadamente, pese a las presuntas medidas preventivas dentro de algunos partidos y movimientos políticos, el fenómeno del año 2002 se repitió y nada se pudo hacer para evitar que los paramilitares se apropiaran de buena parte del Congreso.

Y lo peor es que ese sucio proceso, que hoy indigna a tanto patriota, se llevó a cabo no sólo de cara a todo el país, sino con la anuencia del señor Presidente de la República, quien no sólo no hizo nada para atajarlo, sino que utilizó a muchos de esos personajes de dudosa reputación para fortalecer su candidatura reeleccionista. En una entrevista para un pasquín realizada en enero de 2006 en la Casa de Nariño, cuando le pregunté por qué no rechazaba el apoyo de dichos políticos, me dijo escuetamente: “Vamos a la otra pregunta”. Cuando yo le insistí, tratando de que respondiera, el Mandatario también insitió en su evasiva y se zafó diciendo: “¿Cuál es la otra pregunta?”.

En cualquier otra parte eso es complicidad y el responsable recibiría, si no un castigo penal o disciplinario, al menos una sanción política o moral. Aquí no: a pesar de cosas como esa, él es aplaudido y cuantas veces se lance será reelegido. No hay que olvidar que en otra ocasión el mismo doctor Uribe dijo sin sonrojarse que necesitaba que los parapolíticos apoyaran sus proyectos de ley, mientras no estuvieran en la cárcel.

Si a las intactas infraestructuras políticas y económicas de los parapolíticos, se le suma el aval presidencial, es obvio que en una nueva elección no sólo vuelven los mismos con las mismas, sino que regresan fortalecidos, legitimados por el voto popular. Si de limpiar el Congreso se trata, sería mejor que toda curul ‘contaminada’ se perdiera, en vez de que fuera ocupada por un suplente. Eso sí sería un castigo ejemplar no sólo para los parapolíticos y sus partidos, sino para un presidente que se ha valido de una bancada ilegítima para sacar adelante sus cuestionables iniciativas en el Congreso, como la infame ley de justicia y paz, o el vergonzoso proyecto de reelección. Aunque sería pedir demasiado, esa sí resultaría ser una saludable purga política.

En fin, soñar no cuesta nada. / Vladdo

Que venga Obama

[EDITORIAL] Indignados están en la Casa de Nariño por las declaraciones del senador Barack Obama, precandidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, contra la firma del TLC con Colombia.

Obama dijo en Filadelfia que se opone a la aprobación del tradado “porque la violencia contra los sindicatos en Colombia sería una burla a las mismas protecciones laborales que hemos insistido se incluyan en ese tipo de acuerdos”. El presidente Álvaro Uribe replicó diciendo que Obama no conoce a Colombia y le pidió que “repiense el tema y por lo menos tenga una información más completa y más objetiva ”.

Nosotros compartimos esa apreciación y creemos que Obama debería viajar a Bogotá (o, mejor aún, a Medellín) a empaparse de la situación real del país. Aquí puede leer los objetivos editoriales de El Tiempo, en vez de dejarse influenciar por un periódico empeñado en tumbar presidentes como The Washington Post; puede disfrutar de la seriedad de Noticias RCN en lugar del sensacionalismo de la CNN; puede mirar con atención La cosa política, y no los chismes de 60 minutes. Pero, eso sí, que no se le ocurra pararle bolas a Félix de Bedout, sino que se datee bien con Darío Arizmendi.

De hecho, el Gobierno debería extenderle a Obama y a su staff una invitación con todo pago, similar a la que les hizo a los ex voluntarios de los cuerpos de paz que hace poco estuvieron en Cartagena.

Preguntas sueltas

¿A quién sorprende el reciente informe de The Washington Post acerca de la malhadada costumbre de algunos militares colombianos que matan campesinos y luego los presentan como guerilleros dados de baja en combate?

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¿Por qué, en vez de ponerse a lanzar gritos desgarrados de patrioterismo indignado, los altos funcionarios del gobierno y mandos militares no se dedican a depurar el Ejército, para que estas ominosas prácticas sean erradicadas?

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¿No es muy torpe [¿o cínico?] el ministro del Interior y de ‘Justicia’ al referirse al tema diciendo que “cuando muere un guerrillero salen a decir que se trataba de un santo varón”?

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¿Habrá olvidado Holguín Sardi el caso de Mauricio Vives Lacouture, hermano del senador Luis Eduardo Vives, quien fue asesinado por militares y presentado luego en una bolsa plástica como si fuera un guerrillero muerto en combate?

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¿Y si eso ocurre con personas de la alta sociedad, cómo será con humildes campesinos o trabajadores, que no tienen como denunciar sus casos ante las autoridades, ni ante los medios de comunicación?

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¿O será que los informes de DD.HH. en que se basa The Washington Post fueron preparados por terroristas que quieren destruir a Colombia y desprestigiar a Uribe?

El bravucón del barrio

Opinión de Enrique Parejo González
Especial para Un Pasquín

Hasta hace unos años, este título lo tenía bien ganado el Presidente Bush, quien desafió al mundo representado en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para proceder, motu proprio, a invadir a Irak, so pretexto de impedirle a Saddam Hussein el uso de armas de destrucción masiva contra sus vecinos y contra otros países de occidente, que, en realidad, el dictador no tenía.

Todo lo que Bush anunció como una verdad inconcusa, resultó ser absolutamente falso e inventado sólo para justificar una guerra atroz, en defensa de intereses egoístas, que ha costado el sacrificio de cuatro mil vidas estadounidenses y de más de setenta mil víctimas de Irak. A Bush no le importó un bledo atentar contra el sistema jurídico de las Naciones Unidas, que había sido elaborado, incluso, con la colaboración de Colombia, entre muchos otros países.

El único mandatario de América del Sur que respaldó semejante atropello de la juridicidad mundial, apoyando la cruenta bravuconada de George Bush, fue nuestro “inefable” presidente Álvaro Uribe Vélez, quien ha demostrado que, al igual que al presidente estadounidense, poco le interesa defender dicho sistema, que ha venido siendo, con gran dificultad, es cierto, y con no pocas violaciones, un dique contra la guerra y contra la violación de la soberanía de los Estados.

En la misma línea que lo llevó a congraciarse con el presidente norteamericano, el Presidente Uribe, compitiendo en bravuconadas con él, de manera inconsulta y desafiando a los demás países de América Latina, decidió bombardear el territorio ecuatoriano, con el sólo propósito de darle muerte a uno de los cabecillas de las Farc. Sin que, previamente, se le hubieran pedido explicaciones al país vecino, ni se hubieran ensayado otros mecanismos diplomáticos.

La conducta del presidente Uribe empaña y ultraja una tradición de respeto al sistema jurídico interamericano, que Colombia siempre había acatado y que el actual mandatario ha vulnerado, sin reflexionar sobre las consecuencias nocivas que para el país y para la estabilidad de la región, podía representar una acción de fuerza semejante. Resolvió darle muerte al guerrillero, violando la soberanía del país vecino, sin intentar la solución diplomática que le ofrecía dicho sistema.

Ese comportamiento le ha inferido grave daño a la imagen internacional de Colombia. Uribe no tiene derecho a ofendernos de esa manera. Ya harto daño le ha causado a nuestro país con sus bravuconadas y órdenes impulsivas, que lo llevaron, en un momento dado, a asociarse con paramilitares y a cohonestar sus más atroces crímenes, con tal de derrotar a la guerrilla.

Y Uribe y su gobierno le han mentido al país y al mundo para tratar de justificar la agresión contra Ecuador. Después de bombardear el territorio ecuatoriano, primero afirmaron que se había tratado de una acción en caliente, porque, persiguiendo a la guerrilla y habiendo ésta ingresado al territorio de dicho país, las fuerzas armadas colombianas se habían visto constreñidas a disparar, ejerciendo el derecho a la legítima defensa, en respuesta a los disparos que la guerrilla había hecho desde ese mismo territorio.

Después, reforzando la mentira y haciéndola más descarada y abusiva, dijeron que la prueba de la anterior aseveración era que uno de esos disparos había causado la muerte de un soldado de las fuerzas armadas colombianas. Otra tremenda e irrespetuosa mentira. En efecto, se ha sabido después, y el gobierno no ha desmentido esa versión, que ese soldado en realidad murió a consecuencia de la caída de un árbol.

El Gobierno ha deshonrado su palabra, que siempre debe ser veraz, como lo ha sido la de todos los mandatarios colombianos. Y ha deshonrado el buen nombre de las Fuerzas Armadas, en éste y en muchos otros casos, en que han tenido que cumplir órdenes irreflexivas, dictatoriales y abusivas, a pesar de que eran manifiestamente ilegales, pero que fueron ejecutadas, a sabiendas de que con ello complacían al colérico gobernante.

Colombia no salió bien librada del incidente con el país vecino. Se salvó de ser condenada por el Consejo de la OEA y por la Cumbre de Presidentes, pero la Resolución que se aprobó tiene el sabor amargo de una desdorosa condena. A pesar de lo cual el Gobierno, por boca del ministro de Defensa, ha tenido la osadía de insistir en que Colombia tiene el derecho de bombardear el territorio de todo país en el que se puedan guarecer los guerrilleros, sin concierto con el país afectado. Lo cual le inflige un golpe mortal al sistema jurídico interamericano. Porque, ante un hecho similar, todas las Naciones, sin acudir a los mecanismos pacíficos establecidos, se sentirán facultadas a actuar de la misma manera. ¡Como en las peores épocas de las tiranías americanas!

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Enrique Parejo González fue Ministro de Justicia.

¿Informando o desinformando?

Opinión de Juan Manuel López Caballero
Especial para Un Pasquín

Se falsifica una cédula para que aparezca como si Piedad Córdoba acabara de recibir la nacionalidad Venezolana; se divulgan fotos de un ciudadano argentino como si fuera un ministro del Ecuador en reuniones con Raúl Reyes; se denuncian entregas del Presidente Chávez a la guerrilla de las FARC por 300 millones de dólares, cuando en las cartas encontradas en el computador de Raúl Reyes no hace mención a ‘dólares’ y menos a millones de dólares; se habla de un triunfo judicial cuando se produce un fallo de la Corte Internacional de La Haya en que niega las pretensiones de Colombia; se habla de un triunfo diplomático cuando le toca a Colombia pedir excusas y firmar un documento donde reconoce el principio de soberanía territorial y se rechaza el de ‘defensa preventiva’ o de ‘legítima defensa’ que Colombia alegaba; se reivindica gran habilidad para convencer a los gobernantes de otros países de la razón que asiste al gobierno colombiano en su actitud ante las FARC, pero toca dejar una constancia protestando porque en la declaración final no se acepta tratar de terroristas a los grupos irregulares.

En todos estos casos habría algo de aparente o posible verdad, y de cualquier forma se podría hacer una presentación que ciñéndose a la verdad mostrara lo que se cuestionaba; pero la verdad no produciría escándalo ni el efecto que se busca: Piedad Córdoba es apreciada por el gobierno venezolano y como todos los colombianos tiene derecho a recibir esa nacionalidad, pero decir eso no fomentaría el odio que se busca crear contra ella; el Ministro Larrea informó que había tenido una reunión con  Raúl Reyes (en otro país) pero mostrarlo en su campamento y en el momento de la Asamblea de la OEA debía producir un efecto diferente que atizara la descalificación a quien no necesariamente comparte la visión del Gobierno Uribe; Colombia no logró ganar el fondo del pleito como era que la Corte negara su propia competencia, o que en caso de asumirla reconociera la frontera marítima con Nicaragua, pero no sería mostrar la mala posición de la contraparte (¿casi enemigo?) declarar que solo se ganó que la Corte no declarara inválido el tratado; el conjunto de países americanos estuvo en contra de las acciones internacionales de Colombia pero nuestros  ‘representantes’ lograron que aceptando todo (excusas por el ataque, renunciando a la tesis de la ‘soberanía humana’ y a la calificación de terroristas, y retirando las fragatas de dónde se había negado a hacerlo después del fallo de La Haya) se evitara no solo la guerra (que parece un absurdo, pero que sus acciones habían llevado a ella), sino una ‘condena’ que en términos diplomáticos es bastante más fuerte que un repudio.

¿No es evidente la complicidad de los medios con el Gobierno, siguiendo la intención de desorientar la opinión más que cumplir con informar en forma veraz y completa?

P. S.: Si el que los directores de ‘El Tiempo’ sean respectivamente hermanos del Vicepresidente y del Ministro de Defensa no fuera suficiente, el nombramiento del hijo de José Obdulio como subdirector de ‘El Tiempo’ hace superflua tal pregunta.

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Juan Manuel López es economista e investigador.

Para parar a los ‘paras’

Opinión de Yolanda Soler Mantilla
Especial para Un Pasquín

Hay un letrero en la película Los Simpsons que quizá ayuda a entender lo que ha ocurrido con los bien llamados grupos paramilitares en los últimos 30 años: “La Administración no aprueba la justicia por cuenta propia. (A no ser que dé resultados)”.

No son claros los orígenes del paramilitarismo, pero el norteamericano Noam Chomsky -uno de los intelectuales más lúcidos y mejor informados del planeta- brinda una importante pista: “En 1962 Kennedy envió a Colombia una misión de fuerzas especiales para aconsejar a las Fuerzas Militares colombianas, y el consejo era que había que controlar a la población a través del terror paramilitar” (El Espectador, 30 de marzo).

Grupos paramilitares los ha habido en diferentes países del Cono Sur, y su principal característica ha sido la de tomar la justicia por cuenta propia, casi siempre alentados por regímenes de facto. Los colombianos llevaron desde su génesis una ominosa ventaja, como fue la de crecer bajo la ubre billonaria del narcotráfico, a la par con su Némesis, la guerrilla; de modo que la existencia (o mejor, la subsistencia) de ambos se explica por el poder corruptor y desestabilizador del dinero a chorros.

Ya por los tiempos de Pablo Escobar, los parientes de Martha Nieves Ochoa se aliaron con el capo de tutti capi para enfrentar el secuestro del que ella fue víctima por una célula del M-19, y nació el movimiento Muerte a Secuestradores (MAS), que logró liberarla en cuestión de días (Ver Lara, novela real de Nahum Montt).

Muchos creyeron que eso era bueno, y en menos de un lustro los grupos de justicia privada se regaron por la geografía nacional, todos con talante mafioso y gran parte de ellos (Castaño, Mancuso, Giraldo, etc.) apoyados desde la trastienda por empresarios, ganaderos, industriales, políticos y/o militares, que establecieron como principal escenario de operaciones continuadas a la Costa Atlántica y el Urabá antioqueño -donde más masacres y desplazamientos forzados hubo- y del que es imposible sustraer de responsabilidad a personajes como el general Rito Alejo del Río, el ex fiscal Luis Camilo Osorio o “la joya de la Corona ”, el ex director del DAS Jorge Noguera, de quien el Presidente dijera que es “un buen muchacho”, sin que se le haya oído retractarse.

Si hay un gobierno al que se le pueda aplicar la máxima de Óscar Wilde (“piensa mal y acertarás”) es a éste, porque nunca antes un Presidente estuvo tan mal rodeado. Hay voces subidas de tono como la de Piedad Córdoba, que pretenden alertar sobre un estado mafioso, pero las hay también reposadas como la de un Luis Jorge Garay, quien se refiere a “la captura del Estado” (Revista Semana, 31 de marzo). En cualquier caso, se está ante un fenómeno cada día más preocupante, pues las que hasta ayer eran fuerzas oscuras hoy ganan preeminencia y copan espacios de legalidad (¿vieron el recibimiento a Los Mellizos?), bajo la mirada hasta cierto punto cómplice de los grandes medios. ¿Por qué estos –para poner un solo y triste ejemplo- le han evitado a Álvaro Uribe la molestia de preguntarle por su ex hombre de confianza, Jorge Noguera?

Si a una le tocara escoger entre los políticos al que quizá pudiera de verdad parar a los ‘paras’ (y demás mafias enquistadas en la administración pública), el único nombre que viene a la cabeza es el de Gustavo Petro, porque fue el que dio el campanazo de alerta. A Uribe habremos de agradecerle que haya derrotado a la guerrilla, pero va a dejar muchos platos rotos.

Y en lo referente a los paras, pues… el asunto es más delicado de lo que parece.

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yolandasolermantilla@yahoo.es

El modelo desplazador

Opinión de Cecilia López Montaño
Especial para Un Pasquín

El debate de control político sobre Carimagua, realizado el 11 de marzo en el Senado de la República, fue de gran importancia para el país. Señaló y describió cómo el Gobierno Nacional y particularmente, el Ministro de Agricultura, asume la tensión que existe entre el deber constitucional de garantizar los derechos de los ciudadanos, en este caso de los desplazados que tienen que tener protección especial, y el favorecimiento y defensa de los intereses económicos particulares. Las decisiones sobre Carimagua, suspendidas por inconstitucionales según la Procuraduría General de la Nación, dejaron en claro el “modelo desplazador” que está impulsando este Gobierno en el sector rural. Y ese es el gran mérito del debate así los amigos del Ministro de Agricultura lo hayan rodeado para aplaudir su gestión y desviar la atención sobre el centro del debate.

Son dos las premisas fundamentales de este modelo: la primera afirma que los desplazados son inválidos productivos, y la segunda, que los empresarios son el eje del desarrollo, y para el caso de Carimagua, los empresarios rurales. Estas son las razones expuestas por el Ministro que justifican desobedecer la Constitución y el mandato de la Corte Constitucional del 2004, para entregarles a grandes empresarios no solo Carimagua sino cuatro proyectos más que pueden sumar casi 100 mil hectáreas. Y todo esto, incomprensiblemente respaldado por el señor Presidente Uribe, un buen conocedor del campo colombiano.

Sin embargo, existen argumentos sólidos que claramente demuestran la falsedad de dichos planteamientos. Frente a la primera premisa, una serie de investigaciones premiadas mundialmente demuestran su falsedad. La gran mayoría de los desplazados, si no todos, son campesinos y antes de que fueran violentamente expulsados de sus parcelas, el 55% de ellos tenía acceso a tierra –14 hectáreas en promedio– muchos con títulos de propiedad y con más éxito que los campesinos pobres.

Pero ahora, fruto del desplazamiento viven peor que los pobres extremos de las urbes. Las cifras son contundentes: en el 2004, cuando los desplazados eran un millón y medio de personas, se perdió 2.1% del PIB agrícola y actualmente, con unas cifras de desplazamiento cercanas a los 3 millones de personas, la pérdida del PIB agrícola se aproxima peligrosamente al 3%.

Ahí está parte de la explicación de que el sector rural esté creciendo una tercera parte de la economía. De manera tal que la supuesta invalidez productiva de los campesinos es una premisa falsa. Lo que sí es cierto es que gracias a la violencia perdieron sus tierras, sus otros activos fijos, su crédito, su capital social y su capacidad productiva que es definitivamente agrícola y no urbana.

Ahora, frente a la segunda premisa que sostiene que el eje del desarrollo son los empresarios, el caso de Carimagua puso en evidencia que existe una clara estrategia burocrática para asegurar la rentabilidad de los empresarios a punta de exorbitantes subsidios. Tierras arrendadas a 50 años, con cánones bajos y toda clase de prebendas como créditos de Finagro sin costos durante 5 años, ICR, Agro Ingreso Seguro que va en un 95% a grandes productores y, sobre todo, acceso a información privilegiada. Existen relaciones confusas entre el Gobierno y los empresarios que se reflejan en el nombramiento de empresarios amigos del Presidente como representantes en las Juntas Directivas de instituciones públicas. Deja muy mal sabor que personas cercanas al Ministro de Hacienda, representante personal del señor Presidente en Acción Social, participen en la licitación de Carimagua.

Este modelo desplazador demuestra claramente cómo el Gobierno resuelve la tensión entre derechos e intereses, a favor de los empresarios. Y, bajo las dos premisas anotadas, justifica que se viole la obligación que tienen autoridades y ciudadanos, de hacer todos los esfuerzos para garantizar la vida digna de los desplazados. Vida digna implica vivir como se quiere, es decir, gozar de condiciones de libertad y autonomía para escoger el proyecto de vida propio; vivir bien o poseer condiciones materiales mínimas para vivir y sobre todo, vivir sin humillaciones, lo que significa tener garantías para proteger la integridad física y moral de cada persona. El modelo desplazador prioriza los intereses económicos de los empresarios y pone en riesgo la posibilidad de restaurar la vida de personas que, por la ineficiencia del Estado, perdieron sus bienes y su dignidad.
Gracias a las acciones del Procurador y a que se dio este debate, hoy el país puede por fin entender y analizar este modelo desplazador que olvida a los desplazados. Llegó la hora de defender su derechos y esto empieza por devolverles su acceso a la tierra.

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Cecilia López Montaño es Senadora de la República por el Partido Liberal.

El asesinato de Gaitán: un crimen que NO cambió al país

Opinión de Alexandra Cardona Restrepo
Especial para Un Pasquín

Otro gallo cantaría en Colombia si el 9 de abril de 1948 el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán no hubiera caído asesinado en pleno centro de Bogotá a la 1:05 p.m. La historia de esta patria habría sido muy distinta si el crimen de Gaitán hubiera fracasado. Pero ocurre que quienes planearon y quien ejecutó el homicidio lograron su objetivo: asesinar a Jorge Eliécer Gaitán y encadenar al charco de sangre que dejó el cuerpo herido, en la carrera séptima con Avenida Jiménrez, los millones de litros de sangre colombiana que se han derramando sin cesar desde el 9 de abril de 1948 hasta nuestros días.

Sangre y vidas que, además de sumarse a la imperdonable muerte de Gaitán, se entretejieron también con los cientos, miles, de vidas que desde antes de ese 9 de abril caían asesinadas en un lugar llamado Colombia. La razón de esta barbarie, en contra de cualquier pronóstico, se mantiene intacta en nuestra democracia: no se tolera a quienes piensan, opinan, actúan distinto a lo que impone el gobierno de turno.

“El negro Gaitán” como le llamaban (en una sociedad donde ser trigueño, aindiado y pobre, constituían razones suficientes para ser descalificado como dirigente del país), consiguió con su formación intelectual, su innata capacidad de orador y su actividad política, establecer un diálogo con un pueblo que, harto de ser segregado por negro, aindiado y pobre, vio en él la oportunidad de conquistar, por la vía democrática, un cambio en su país.

A Gaitán, cómo no, se le idolatraba o se le odiaba. Porque así estuvo y está establecido en Colombia, sin términos medios, sin matices, sin posibilidad de análisis de reflexión o diálogo. El problema para quienes le odiaban –una minoría que tenía a su haber el beneficio de detentar el poder del país– era que la mayoría –los pobres, aindiados y negros, pobres también– creían en Gaitán y muy seguramente de haber llegado vivo al día de las elecciones, lo habrían instalado en la Presidencia de la República con su voto. Porque ellos, los segregados de esta patria, eran mayoría en las urnas. Y, ahí sí, la historia de Colombia habría cambiado.

Por más especulaciones que se hagan nadie puede afirmar, con absoluta certeza, si ese cambio resultaría bueno o malo para Colombia, pero lo que sí se puede decir, sin temor a equivocaciones, es que se habría producido un cambio histórico en el país. Algo semejante a lo que pudo suceder en Estados Unidos si en lugar de asesinar al líder negro Martín Luther King, se le hubiera permitido desarrollar democráticamente sus ideales y aspiraciones políticas; o como pudo ocurrir en Sudáfrica, más temprano, si en lugar de encarcelar a Nelson Mandela durante más de veinticinco años, se le hubiera permitido proseguir su actividad política dentro de una democracia. El resultado de este cambio, con Mandela, está a la vista de la historia para ser evaluado. Los cambios que se pudieron producir con Martin Luther King y Jorge Eliécer Gaitán no existen. Nos fueron negados con la misma violencia que les segaron la vida.

Hoy, cuando volvemos la vista atrás para traer al presente los trágicos hechos que desde hace 60 años alimentan la rabia, el odio, la impotencia y muerte en el país, resulta oportuno que los miremos sin vendas ni pañitos de agua tibia para que, siguiendo las palabras del poeta, dejemos de llorarnos las mentiras y nos cantemos las verdades. Porque en ese cantarnos las verdades puede producirse el cambio que los asesinos de Jorge Eliécer Gaitán nos arrebataron: el de construir un país donde el homicidio de sus líderes constituya un hecho intolerable. Un país donde la sangre y vida de cualquier colombiano merezca el respeto y la dignidad a la que tenemos derecho todos los seres humanos; una Colombia donde impere la devoción por la vida y jamás, bajo ninguna circunstancia, se aplauda o acepte el homicidio de ningún colombiano como un suceso normal.

Entonces, cuando eso ocurra, cuando los colombianos respetemos el pensamiento de los otros como si fuera el propio, cuando se deje de acudir a las armas y con ellas a la muerte para arreglar nuestras diferencias, estaremos comenzando a construir el gran cambio que debió producirse el 9 de abril de 1948 a la 1:05 de la tarde cuando cayó acribillado e indefenso Jorge Eliécer Gaitán.

Entre tanto sólo estaremos hablando de un suceso que marcó la historia de un país llamado Colombia donde —como si la vida de Gaitán y de los millones de colombianos que por pensar distinto han sido asesinados durante estos sesenta años, no mereciera el mínimo respeto— seguimos asistiendo impávidos al espectáculo de intolerancia y desangre con el que día a día se escribe la historia de horror del país donde, hace ya muchos años, mataron a Gaitán.

El asesinato de Gaitán: un crimen que NO cambió al país

Opinión de Alexandra Cardona Restrepo
Especial para Un Pasquín

Otro gallo cantaría en Colombia si el 9 de abril de 1948 el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán no hubiera caído asesinado en pleno centro de Bogotá a la 1:05 p.m. La historia de esta patria habría sido muy distinta si el crimen de Gaitán hubiera fracasado. Pero ocurre que quienes planearon y quien ejecutó el homicidio lograron su objetivo: asesinar a Jorge Eliécer Gaitán y encadenar al charco de sangre que dejó el cuerpo herido, en la carrera séptima con Avenida Jiménrez, los millones de litros de sangre colombiana que se han derramando sin cesar desde el 9 de abril de 1948 hasta nuestros días.

Sangre y vidas que, además de sumarse a la imperdonable muerte de Gaitán, se entretejieron también con los cientos, miles, de vidas que desde antes de ese 9 de abril caían asesinadas en un lugar llamado Colombia. La razón de esta barbarie, en contra de cualquier pronóstico, se mantiene intacta en nuestra democracia: no se tolera a quienes piensan, opinan, actúan distinto a lo que impone el gobierno de turno.

“El negro Gaitán” como le llamaban (en una sociedad donde ser trigueño, aindiado y pobre, constituían razones suficientes para ser descalificado como dirigente del país), consiguió con su formación intelectual, su innata capacidad de orador y su actividad política, establecer un diálogo con un pueblo que, harto de ser segregado por negro, aindiado y pobre, vio en él la oportunidad de conquistar, por la vía democrática, un cambio en su país.

A Gaitán, cómo no, se le idolatraba o se le odiaba. Porque así estuvo y está establecido en Colombia, sin términos medios, sin matices, sin posibilidad de análisis de reflexión o diálogo. El problema para quienes le odiaban –una minoría que tenía a su haber el beneficio de detentar el poder del país– era que la mayoría –los pobres, aindiados y negros, pobres también– creían en Gaitán y muy seguramente de haber llegado vivo al día de las elecciones, lo habrían instalado en la Presidencia de la República con su voto. Porque ellos, los segregados de esta patria, eran mayoría en las urnas. Y, ahí sí, la historia de Colombia habría cambiado.

Por más especulaciones que se hagan nadie puede afirmar, con absoluta certeza, si ese cambio resultaría bueno o malo para Colombia, pero lo que sí se puede decir, sin temor a equivocaciones, es que se habría producido un cambio histórico en el país. Algo semejante a lo que pudo suceder en Estados Unidos si en lugar de asesinar al líder negro Martín Luther King, se le hubiera permitido desarrollar democráticamente sus ideales y aspiraciones políticas; o como pudo ocurrir en Sudáfrica, más temprano, si en lugar de encarcelar a Nelson Mandela durante más de veinticinco años, se le hubiera permitido proseguir su actividad política dentro de una democracia. El resultado de este cambio, con Mandela, está a la vista de la historia para ser evaluado. Los cambios que se pudieron producir con Martin Luther King y Jorge Eliécer Gaitán no existen. Nos fueron negados con la misma violencia que les segaron la vida.

Hoy, cuando volvemos la vista atrás para traer al presente los trágicos hechos que desde hace 60 años alimentan la rabia, el odio, la impotencia y muerte en el país, resulta oportuno que los miremos sin vendas ni pañitos de agua tibia para que, siguiendo las palabras del poeta, dejemos de llorarnos las mentiras y nos cantemos las verdades. Porque en ese cantarnos las verdades puede producirse el cambio que los asesinos de Jorge Eliécer Gaitán nos arrebataron: el de construir un país donde el homicidio de sus líderes constituya un hecho intolerable. Un país donde la sangre y vida de cualquier colombiano merezca el respeto y la dignidad a la que tenemos derecho todos los seres humanos; una Colombia donde impere la devoción por la vida y jamás, bajo ninguna circunstancia, se aplauda o acepte el homicidio de ningún colombiano como un suceso normal.

Entonces, cuando eso ocurra, cuando los colombianos respetemos el pensamiento de los otros como si fuera el propio, cuando se deje de acudir a las armas y con ellas a la muerte para arreglar nuestras diferencias, estaremos comenzando a construir el gran cambio que debió producirse el 9 de abril de 1948 a la 1:05 de la tarde cuando cayó acribillado e indefenso Jorge Eliécer Gaitán.

Entre tanto sólo estaremos hablando de un suceso que marcó la historia de un país llamado Colombia donde —como si la vida de Gaitán y de los millones de colombianos que por pensar distinto han sido asesinados durante estos sesenta años, no mereciera el mínimo respeto— seguimos asistiendo impávidos al espectáculo de intolerancia y desangre con el que día a día se escribe la historia de horror del país donde, hace ya muchos años, mataron a Gaitán.

Gaitán y la multitud

Opinión de Ricardo Sánchez Ángel
Especial para Un Pasquín

A los sesenta años del crimen de Jorge Eliécer Gaitán y de la insurrección popular del 9 de abril, como manifestación de dolor e ira colectiva y digna, quiero recordar las relaciones del caudillo popular con las multitudes que lo rodearon.
Gaitán se configuró en un líder de las mayorías nacionales, logró la unidad horizontal de los trabajadores, desde abajo, en torno a su figura, verbo y consignas, lo que le dio un marcado sello caudillista a su importante gesta cívica y política. Hay una movilización social gaitanista contra la violencia oficial, el hambre, por la conciliación y las reformas, con un pensamiento jurídico-político sobre el Estado Social de Derecho, la reforma social y la Democracia.

Las manifestaciones convocadas por Gaitán fueron acontecimientos multitudinarios de plaza pública o de desfile y concentración en que el acto central de la ceremonia política era el discurso teatralizado en lenguaje de gestos, arengas, consignas y explicación de sus conductas e idearios. El monólogo del caudillo con su pueblo-público, en ambiente de fiesta y ceremonia. El carácter multitudinario del gaitanismo está bellamente ilustrado en la obra Gaitán de la pintora Débora Arango. Así como el impacto de su asesinato en Masacre del 9 de abril.

La manifestación del sábado 7 de febrero de 1948 debe ser considerada como la más importante movilización político-social en la historia nacional, convocada como Manifestación del Silencio. No fue la única de gran impacto, en la propia Bogotá se había realizado la Marcha de las Antorchas, caudalosa y disciplinada, imponente en su ritual de llamamiento a las autoridades a poner fin a la violencia acrecentada. La manifestación tiene significados a resaltar. El silencio como mensaje de protesta desde la dignidad de la movilización, elocuente en el cambio radical del teatro de la protesta social y política bullanguera y combativa, de ¡abajos! y ¡arribas!, gritados con pasión y coro ante las arengas del jefe. Es un no-discurso contundente porque se calla, en su no verbo está su comunicación más profunda de desobediencia civil y de ética orgullosa de desafiar sin ser desafiantes. Un lenguaje de los cuerpos, en acción y movimiento. Sólo se escuchaba el rumor de las millones de banderas negras y el ruido suave, como queriendo desparecer, de los caminantes. Lo de las banderas negras, símbolo del luto, en su Oración por la Paz Gaitán dijo ese día: “que aquí se han traído para recordar a nuestros hombres villanamente asesinados”. En su discurso, unos días después en Manizales, lo llamó: el silencio es grito y demuestra el significado de esta política pacifista: como presencia de los caídos y la expresión de la protesta.

Las ideas de la no-violencia y la desobediencia civil tenían en esos tiempos circulación internacional amplia, especialmente ejercidas por Gandhi y el movimiento independentista, confrontando el colonialismo británico. En Colombia esa influencia es temprana, ya Laureano Gómez había publicado su libro El Cuadrilátero contra Hitler, Mussolini, Stalin y a favor de Gandhi. La evolución de la praxis de Gómez tomaría un curso de identidad con los totalitarismos de derecha con una presentación católica-republicana.

La resistencia civil liberal-gaitanista y las grandes jornadas de movilización popular debieron ser concebidas por Gaitán en clave de Gandhi. Hay una particularidad en el pensamiento de Gaitán y es la doctrina de la legítima defensa que aplicó con brillo en sus célebres procesos penales, que fueron otra de sus tribunas favoritas. Es la violencia justa ejercida como defensa ante la agresión armada

Pienso que el enfrentamiento de Gaitán con la CTC, dirigida por liberales y comunistas, quienes votaron por Gabriel Turbay, ha llevado a minimizar la influencia en los trabajadores que habían sido asesorados en sus negociaciones por Gaitán. Piénsese en el proletariado agrícola en el Magdalena, Cundinamarca y Tolima, en Bogotá era el asesor del sindicato de Bavaria cuando logró una histórica Convención Colectiva.

Es posible que esa minoría sindical tan activa y leal a la CTC, lo fuera sólo en lo sindical y se diesen desplazamientos a lo político. Gaitán había opinado y actuado en materia laboral durante años, e incluso fue Ministro del Trabajo de López Pumarejo. Y el escenario de la clase trabajadora para actuar fue más el barrio, la calle, los cafés, tiendas, plazas, el teatro municipal, las casas donde se oían las conferencias del jefe y las emisoras de radio que le permitieron llegar con permanencia al país profundo, con su propia voz y las de su movimiento. La radio fue el personaje colectivo socializador de la información del 9 de abril.

El gaitanismo era popular, de lucha de clases, encuadrado en un repertorio populista con su caudillismo mesiánico, con acento en la distribución de la riqueza y abolición de los privilegios pero igual en el marco de un Estado Social de Derecho y democracia. Gaitán era un liberal socialista que se rodeó de amplias muchedumbres y las convocó a la resistencia civil, allí está su fortaleza y su tragedia. Era un intelectual que se rodeaba de intelectuales y se asesoraba de sus aportes. Tanto la Plataforma del Colón, de enero de 1947, como el Plan Gaitán para la acción del Congreso, contaron con el aporte de Guillermo Hernández Rodríguez, Antonio García y Luis Rafael Robles.

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Ricardo Sánchez Ángel es profesor de la Universidad Nacional.

Vivir en Venezuela

Opinión de Joanna Ruiz Méndez
Especial para Un Pasquín

Hugo Chávez es famoso por sus continuas y extensas, extensísimas, intervenciones presidenciales por televisión en las que anuncia el progreso social que se evidencia en Venezuela. Los canales de comunicación oficiales se hacen eco de estos mensajes y si fueran los únicos medios de información existentes, nadie dudaría que el país, sino es el paraíso, está bastante cerca de serlo.

Por otro lado, están los opositores al gobierno que emiten informaciones apocalípticas del país a través de los cada vez menos numerosos medios de comunicación de tendencia contraria al gobierno de Chávez. Atarse a esta visión de Venezuela es condenarse a vivir deprimido, angustiado o en pie de guerra permanente en contra del presidente y sus seguidores.

Entonces, ¿a quién creerle? ¿Cómo definir el tipo de vida que se lleva en este país? Atenerse a la realidad maniqueísta que presentan los medios de comunicación deja un estrecho margen de criterio al ciudadano común que es quien percibe de cerca la realidad circundante. Sólo comparando ésta con los indicios de verdad en unos y otros mensajes es que se puede construir un panorama acertado del escenario venezolano. Basta con tomar ejemplos.

Una constante en las comunicaciones emitidas por entes oficialistas es destacar las excelentes labores realizadas en el área de la salud, la seguridad y alimentación. Un paseo por un hospital cualquiera revela la terrible infraestructura con la que cuenta la salud pública, la falta de recursos y servicios que hay y la casi displicencia con que se atienden a la mayoría de los pacientes en estas instituciones. La seguridad, que pretende reforzarse con la creación de una Policía Nacional “comunitaria, preventiva, humanista y revolucionaria”, tal como la definiera Chávez, es ahora prácticamente inexistente y podría decirse, sin temor a equívocos, que ningún organismo en el país garantiza que una persona regrese sana y salva a su casa, ni que lo esté dentro de la misma. Los anaqueles vacíos de productos básicos en la mayoría de los supermercados y las infinitas colas para conseguirlos en los Mercales –red de mercados creados por el gobierno– advierten también una crisis en el ámbito alimentario.

Por su parte, los opositores advierten que los índices de pobreza aumentan sin cesar, que la dictadura se cierne amenazante sobre el país y que este ha sido el peor gobierno de la historia venezolana. En el país hay dinero, de eso no hay duda. En tal caso, no hay cosas para comprar, pero si existiera la pobreza crítica que se proclama los artistas no tendrían llenos completos en sus conciertos –aun en los más caros–, las peluquerías no estarían abarrotadas diariamente y algunos ranchos –humildes viviendas ubicadas en las zonas más pobres de Caracas– no exhibirían orgullosos sus antenas de DirecTV.

Tampoco es mentira que la libertad de expresión y de prensa se han visto lesionadas durante el gobierno de Chávez, pero no es la primera vez que esto ocurre en Venezuela durante el período democrático y no por eso se había hablado antes de dictadura. Este punto conduce al último: la creencia casi estúpida de que tiempos pasados fueron mejores. Si hoy Venezuela exhibe problemas políticos y sociales graves es porque estos venían germinándose en los gobiernos anteriores y evidentemente nunca fueron resueltos, ni lo han sido ahora. Desde esta perspectiva, esos gobiernos fueron tan malos como el actual, que puede superarlos, eso sí, en polémicas y duración.

Basándose en este escenario de discursos encontrados –entre sí y con la realidad– cabría suponer que no hay manera de definir qué significa vivir en Venezuela, ni siquiera aunque lo intentara un venezolano. Pero sería demasiado simplista llegar a esta conclusión. Más bien valdría la pena hacer un esfuerzo y reconocer los múltiples matices que invaden cada situación, cada problemática, cada personaje político o ciudadano que participa dentro de la dinámica existente en el país.

Los defensores de cada postura parten de una pizca de verdad en la mayoría de los casos para defender sus argumentos, pero casi siempre la envuelven en el artificio que decora la realidad cuando están en juego poderes políticos y económicos. Todos dicen la verdad y todos mienten y le toca al ciudadano reconocer, atisbar, recoger esos pedazos de certezas que hay en cada discurso y unirla a sus propias vivencias para tener un panorama más o menos realista del país ante sus ojos.

Pero aún más. Es evidente que cualquier contexto involucra a gobernantes, opositores y ciudadanos por igual. Por eso, no sólo vale la pena que cada individuo se responda a sí mismo qué significa vivir en Venezuela sino que también sería válido –necesario, más bien– que se interrogue acerca de cómo está contribuyendo a que esa situación sea buena, regular o mala.

Cualquier ciudadano puede ser el mejor crítico de la sociedad en que vive, pero también de sí mismo como actor de esa realidad.
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Joanna Ruiz Méndez es una periodista venezolana.

El asesinato de Íngrid

Opinión de Carlos J. Villar Borda
Especial para Un Pasquín

Periódicamente nos acordamos de Íngrid porque conocemos una carta dirigida a su madre, Yolanda Pulecio, o se divulga una fotografía que hace estremecer al corazón más duro, pero esos recuerdos son efímeros y al día siguiente estamos inmersos en otras noticias del momento, como pueden ser los resultados de un partido de fútbol que conmocionan al país absorbiendosu fugaz atención porque aquí todo permanece vigente tan sólo por un día o escasamente por horas y aún por minutos. Mientras tanto, el asesinato de Íngrid sigue consumándose de la manera más vil, indigna, ruin y bochornosa, sin que surja un movimiento nacional que exija al gobierno a dar los pasos necesarios para su liberación.

Desde luego que el problema no es solamente Íngrid sino de todos los que permanecen secuestrados, pero ella es el símbolo del grave problema que tiene la nación y cuando hablamos de ella también hablamos en nombre de todos los que sufren la misma vejación.

Hay, sin embargo, una falta de solidaridad con estos conciudadanos sepultados en vida porque no existe entre nosotros la admisión de una responsabilidad colectiva que no es necesario demostrar porque resulta más que evidente. La sociedad colombiana padece de una gangrena que nos afecta a todos y que debíamos tratar de combatir, quitándonos la venda colectiva que nos impide ver y analizar el verdadero problema que tenemos entre manos.

Claro, algo se hace de vez en cuando, pero ese algo es tan poco atinado y tan alejado de la racionalidad, como puede ser una aspirina para curar un cáncer. El presidente viaja a Europa para convencer (o tratar de convencer) al mundo de que todo lo que está pasando en Colombia es por culpa del terrorismo. Se invita a naciones extranjeras a construir comisiones de apoyo para que ayuden a resolver el conflicto. Un día se le pide a Hugo Chávez y a Piedad Córdoba que hagan de facilitadores, pero se les despide en forma desobligante y sin la más elemental cortesía a los dos meses de habérseles llamado. Mientras tanto, Piedad es sometida a la más infame campaña de desinformación y tratan de impedir que ella se defienda.

La gangrena afecta a todos los estamentos del estado, sin excluir al poder ejecutivo, las fuerzas armadas, el congreso, las gobernaciones, las alcaldías. En lo que va del año al escribir esta nota (última semana de marzo) han sido asesinados siete concejales. Mientras tanto el presidente espera impulsar su demanda contra el presidente de la Corte Suprema de Justicia por haber supuestamente afirmado que el mandatario le hizo una llamada telefónica para indagar sobre una supuesta investigación a su primo Mario Uribe, uno de los congresistas envueltos en los enredos de la parapolítica.

En un estado que se encuentra en semejante desbarajuste no resulta extraño que el problema de Íngrid y los demás secuestrados vaya a discutirse con el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, cuando se sabe que la única gestión válida debe dirigirse hacia el Presidente Uribe Vélez, quien es el único que verdaderamente tiene las llaves para abrir esa puerta. Un solo acto del presidente (el despeje) bastaría para iniciar contactos que posiblemente no se limiten al llamado intercambio humanitario, sino al inicio de un verdadero proceso de paz.  Pero Uribe no tiene voluntad política para dar ese paso, porque está convencido de que en su quinta presidencia logrará la victoria militar definitiva. Y si no alcanza a la quinta presidencia, ya tiene su candidato para sucederlo, uno de los ministros del gabinete que se pasea  ufano por el país luciendo una llamativa camiseta con la consigna “No al despeje”, en letras bien grandes y en negro sobre blanco.

Se ha llegado al extremo de callar a Yolanda Pulecio con el argumento de que sus palabras obstaculizan un eventual intercambio humanitario, sin reconocer el derecho natural que tiene toda madre de clamar al cielo por su hija, especialmente cuando ve que no se hacen las gestiones debidas para lograr su libertad. Todo esto es lo que constituye un asesinato ( el de Ingrid) lento y torturante cuyo desenlace se aproxima cada día más. ¿ Los responsables? Desde luego las FARC, que fueron quienes dieron el primer paso con su secuestro. Pero también el gobierno, por estar ofreciendo simples caramelos que de antemano se sabe que no van a ser aceptados por la organización guerrillera. Ahora, cuando surje la versión de que la vida de Íngrid se está apagando, el presidente de la república sale diciendo que su gobierno ha ofrecido una jugosa recompensa monetaria para quien ayude a la salida de Íngrid de la selva. Todo por la plata. Pero ocurre que no todo el mundo tiene esa filosofía del arriero antioqueño que se fundamenta en la idea de que el dinero vence todas las resistencias.

Y mientras tanto Íngrid sigue lejos de nosotros, en una agonía desesperante e indescriptible. ¡Oh Colombia, Colombia, Colombia!

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Carlos J. Villar Borda es periodista.

No confíe en nadie que tenga más de 30 años

Opinión de Mario Quadros
Especial para Un Pasquín

Un escorpión quería cruzar un río y pidió a un sapo cruzarlo montado en su espalda. El sapo de inmediato se negó. Como se te ocurre, dijo. Me vas a picar y a matar. El escorpión imploró y dijo que aunque podría hacerlo, eso significaría morir con el sapo en medio del río. El sapo después de mucha insistencia accedió. Cuando estaban en la mitad del río el escorpión lo picó en la espalda. Estás loco, gritó el sapo, ahora vamos a morir los dos. Ya sé, replicó el escorpión. Pero no pude resistir a mi temperamento.

El artículo de Rafael Nieto en la revista Semana titulado “La Ruleta Rusa de Barack Obama” me recordó el temperamento del escorpión. A pesar de saber lo que representa la continuidad de la política de Bush para el mundo y para Estados Unidos, Rafael Nieto, así como el escorpión, no puede cambiar su temperamento.
Dice el columnista que el gobierno de Bush es mediocre, torpe y mentiroso. Mentiroso, es probablemente la única acusación válida. Pero, mentir es normal en esa clase de gobierno. Mediocre es en la realidad un elogio y torpe es lo único que Bush y su grupo no es.

Bush adoptó en su gobierno una política coherente, a sus planteamientos de campaña y a su visión del mundo. Además, muy de acuerdo con las fuerzas políticas y grupos económicos que lo apoyaron. Empezó ganando unas elecciones con todas las características de un robo en la Florida, donde su hermano era Gobernador, en una decisión de una Corte Suprema politizada, de la cual Al Gore, el contrincante, cuestionó fuertemente y al final no le resto otra opción que acatarla.

De forma oportunista, sacó provecho del ataque a las torres gemelas de Nueva York e invadió a Irak para controlar su petróleo. Emprendió una campaña “anti-terrorista”, que atropelló la constitución americana, con la finalidad de restituir el poder a la presidencia, disminuído desde el corrupto gobierno de Richard Nixon. Redujo los impuestos a los ricos que lo llevaron al poder.

Con la guerra, con el precio del petróleo y a costa del inmenso déficit económico, llenó los cofres de los grupos y empresas ligadas a su campaña y a su gobierno. Aún más, en un golpe de extrema astucia y atrevimiento, usando un fiscal de bolsillo (parecido al de acá) politizó la justicia, y abrió investigaciones contra los demócratas, afín de usarlas con fines electorales.

Resumiendo, una actuación digna de una pandilla.
Aparte de eso, torpe en realidad, es no comprender con profundidad la tragedia que ha significado la política de Bush para Estados Unidos y para el mundo y más trágico aún, es lo que pueda significar su continuismo.

Afortunadamente, el pueblo americano ha demostrado estar atento a eso. El éxito de Barack Obama, un Senador con un perfil de izquierda, ya representa una demostración de avance de las fuerzas legítimamente demócratas de Estados Unidos. Obama barre en la preferencia de los electores con buen nivel de educación y un efectivo y consciente repudio a la política actual.

Apoyar la candidatura republicana para que Estados Unidos proteja a Colombia del “teniente coronel de al lado” no es más que una expresión de la mentalidad colonizada que todavía nos atormenta, muy común en la derecha.

Para estar sintonizado con esta edición de UN PASQUIN, mi generación, la rebelde de 1968, la que partió estos tiempos modernos en antes y después, decía: “No confie en nadie con más de 30 años”. El candidato republicano ya tiene más de 70 años, un viejo con una mentalidad anticuada e intervencionista, formada en los tiempos de la guerra del Vietnam.

Contrario a lo que algunos digan, es claro para el mundo y para el pueblo americano que la verdadera ruleta rusa es McCain y no Obama, con una diferencia: el revólver tiene seis balas y apunta a nosotros y no a su cabeza.
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Mario Quadros es Ingeniero industrial y estudiante de Ciencias Políticas.

TRES EN UNO

Opinión de Antonio Jiménez Castañeda
Especial para Un Pasquín

LA
Resulta que ahora, seis años después del secuestro, el Paladín de Tranquilandia sale con que su “seguridad democrática” sí puede hacer absolutamente de todo por liberar a Íngrid Betancourt: están listos $ US100 millones en efectivo para pagar las recompensas, liberará a todos los hampones de las FARC presos en las cárceles, detendrá los operativos militares… Claro, ofrece hacer de todo cuando sabe que ya no hay nada que hacer. El Paladín sabe que con seis años de hepatitis B, paludismo y leishmaniasis y un mes entero en huelga de hambre nadie sobrevive y entonces sí hace todas las ofertas.

HIPOCRESÍA
¿Por qué el jefe del primo hermano de Pablo Escobar no ofreció lo mismo hace seis años para salvar de verdad a Íngrid y a los demás secuestrados? Porque a él no le interesa que los liberen, al menos que los liberen vivos. Le encanta ir a dar abrazos en los entierros, como en el de Pedro Juan…

DEMOCRÁTICA
Curioso que Uribe y sus Joseobdulios lleven ya seis años sin preocuparse tampoco por la libertad de los secuestrados de sus amigos los narcoparamilitares de Ralito ¿Alguien recuerda haber oído a algún funcionario del actual régimen reclamar por la liberación de los 500 ó más secuestrados que tienen los paramilitares. A los grandes narcos les dieron todos los beneficios de la mal llamada ley de “justicia y paz” sin exigirles que entregaran niños combatientes, secuestrados, laboratorios de cocaína, rutas y las caletas en donde esconden cientos de miles de millones de dólares. “Discreción, muchachos”, dice cada vez con más frecuencia el Paladín de Villacoca.

Boogie, por Fontanarrosa

Colombia y Venezuela: un solo pueblo, un solo país

Honorable Unidad Investigativa del Aquelarre (HUIDA) • Especial para Un Pasquín

Siguiendo el ejemplo de los arquitectos del Nuevo Orden Mundial, George W. Bush y Osama Ben Laden, y con el fin de evitar las nefastas consecuencias de un recalentamiento global, Colombia decidió iniciar un proceso de integración con la hermanastra República de Venezuela.
La idea empezó a andar en la pasada cumbre del Grupo de Río, en República Dominicana, cuando el mandatario venezolano, Hugo Chávez Frías, le extendió sorpresivamente a su homólogo Álvaro Uribe, una rama de olivo que el colombiano generosamente aceptó.

El proyecto para hacer de estas dos naciones un gran y superdesarrollado país está contenido en un documento secreto que empezó a ser estudiado por una comisión precoz-tituyente, presidida por Piedad Górdoba y Micolás Masduro. Por fobias razones, la identidad de los otros patriotas encargados del asunto ha sido mantenida en reserva. Los puntos clave tienen que ver con los aspectos para-político, para-económico, para-religioso, para-militar, para-humanitario, para-soberano y paralinfático.

A pesar del hermetismo de los dos gobiernos, gracias a un informante, la HUIDA (Honorable Unidad Investigativa del Aquelarre), tuvo acceso a documentos ultrasecretos hallados en el computador de alias ‘El Primo JOG’, de donde extractamos los siguientes apartes:

•El nuevo país se llamará República Bolivariana de la Gran Colombia. Será un Estado unitario, dividido en ‘detestados’, que a su vez estarán integrados por frentes.
•El poder ejecutivo será presidido en partes iguales, por los inamovibles El León de Apure y La Fiera del Ubérimo, elegidos a perpetuidá.
•El Parlamento se compondrá de dos cámaras (una de gas y la otra digital, que se pueda manejar con un dedito), y tendrá 200 miembros elegidos por veto popular. Podrá ser aspirante a congresista todo ciudadano que disfrute de cualquier tipo de indulto o perdón judicial; o en su defecto que posea algún paz y salvo expedido por Jorge 40, Salvatore Mancuso o Luis Carlos Restrepo.
•Los yacimientos petrolíferos del Golfo de Maracaibo serán explotados por los desmovilizados Gabino, Antonio García y Pablo Beltrán, nuevos cabecillas de la junta directiva de Venecopetrol.
•La nueva República tendrá cardenal civil, cargo que se rotará cada cinco años entre el ilustrísimo Belisario Betancur de Álvarez y de Navarro y el excelentísimo Rafael Caldera del Diablo.
•El Estado garantizará la libertad de cultos y de venezolanos.
•En el nuevo engranaje institucional del país las Fuerzas Armadas –o lo que quede– dejarán de ser una rueda suelta, para converirse en dos. El ministro de Defensa será religioso. (Qué pena, JM Santos, nos referimos al padre Alfonso Llano, S.J.) El Ejército ya no se dividirá en brigadas, sino en cuadrillas.
•A partir de los 18 años, se establece el servicio paramilitar obligatorio.
•En las escuelas de formación militar se incuirán las siguientes materias: Falsos Positivos I, II y III; Cátedra de Autodefensa Preventiva; Ablandamiento de Discos Duros; Cacería de Recompensas y Levantamiento de Cadáveres.
•El peso y el bolívar se fusionarán bajo el nombre de PESAR, emitido por el Banco Grancolombiano, que será gerenciado por Luis Carlos Zar–Miento.
•La nueva nación seguirá rigurosa y ortodoxamente las políticas trazadas por el Banco del Sur.
El nuevo Estado se declarará en Consejo Comunal permanente, que sesionará todos los fines de semana en campamentos de paso y en los estadios no vetados por la Confabulación Suramericana de Fútbol.
•El plato nacional será el cuy a la llanera con frisoles.
•Todo venezolano que sea sorprendido leyendo será automáticamente nombrado miembro de la Academia Grancolombiana de la Lengua en Salsa.
•La Casa Editorial El Tiempo y la cadena Capriles se fusionarán en el nuevo diario oficial El Planeta Universal, que será dirigido por Max Henríquez.
•El Instituto Grancolombiano para la Juventud y el Deporte estará a cargo de las ex estrellas de Factor X Plinio Apuleyo Mendoza y Teodoro Petkoff.
•Se adopta el inglés como segunda lengua, y para su enseñanza se nacionalizará el British Council, que será dirigido por Ferdinand Araujo.
•Los deportes nacionales serán el tejo a caballo, la persecución en caliente y el canto del Himno Nacional.
•Todo colombiano que diga la verdad recibirá una jugosa recompensa.
•La televisión tendrá una sola cadena perpetua que inaugurará sus emisiones con el nuevo programa de variedades ¡Quiubo, pues, presidente...!

‘Por qué tengo razón en todo’

Lamentamos informar que Por qué tengo razón en todo no es el título de la autobiografía de Álvaro Uribe sino el de una obra del respetado filósofo polaco Leszek Kołakowski (1927). “Kołakowski es un filósofo, un escritor brillante y un historiador de ideas y movimientos sociales, y sus libros ofrecen una gran inspiración moral para todas las luchas del hombre por su libertad en la sociedad”, dijo el año pasado el jurado del Premio Jerusalén de Literatura, al otorgarle este galardón precisamente por su aporte a “la lucha por la libertad del individuo en la sociedad”.

El libro, del cual reproducimos –por cortesía de la editorial– el capítulo Gran enciclopedia de la filosofía y las ciencias sociales, es una deliciosa selección de escritos breves, llenos de humor e ironía, en el cual el autor demuestra plenamente que la irreverencia y la provocación no riñen con la profundidad de sus planteamientos sobre el hombre, la sociedad, la religión o la política. Por qué tengo razón en todo | Leszek Kołakowski | Editorial Melusina, 2007 | 347 páginas.
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Gran enciclopedia de la filosofía y las ciencias sociales
No todos tienen tiempo para quemarse las pestañas estudiando filosofía y ciencias sociales. ¿Por qué no hacerles la vida más fácil y publicar la presente Gran Enciclopedia? El lector debe observar que el orden de las entradas, como en toda enciclopedia que se precie, es alfabético. Sin embargo, no se trata del ridículo alfabeto de toda la vida, sino de otro más moderno, deconstruccionista. El lector descubrirá fácilmente sus ventajas.

Liberalismo: que cada uno se ocupe de sus asuntos y no meta las narices en los de los demás, ¡y va que chuta!
Socialismo: que si el gobierno se lo quita todo a todos, viviremos felices y comeremos perdices, y el pueblo gobernará.
Conservadurismo: que, cuando el Caudillo, se vivía mejor.
Nacionalismo: que somos los mejores y los más nobles, y todo el mundo lo sabe y por eso quiere destruirnos.
Hegel: que Dios se diluyó por completo en el mundo, porque no le quedó otro remedio.
Spinoza: que no hay nada más que Dios.
Materialismo: que todo es más o menos como una silla o un ladrillo.
Círculo vicioso: véase: circulus vitiosus.
Circulus vitiosus: véase: círculo vicioso.
Leibniz: que mejor de cómo es no puede ser, porque Dios se las sabe todas.
Aristóteles: que si te mantienes en el centro no morirás.
Wittgenstein (joven): que mejor no hablar demasiado, sobre todo de filosofía.
Wittgenstein (viejo): que podemos hablar todo lo que queramos, pero antes hay que inventarse algunas reglas.
Postmodernismo: que todo es lícito.
Deconstruccionismo: que dígase lo que se diga, no tendrá ningún sentido.
Postestructuralismo: no sé qué es.
Escepticismo: que nunca se sabe.
San Agustín: que lo más probable es que vayas al infierno y, si por casualidad vas al cielo, será porque Dios lo ha querido así.
Freud: que desde el mismo momento de nacer, la gente sólo quiere copular y copular, pero no lo dice en voz alta.
Absoluto: una cosa de la que no puede decirse nada de nada.
Pascal: que admitas que eres un canalla y un imbécil, y tal vez logres la salvación (o no).
Estoicos: que todo está bien como está.
Democracia: que todo el mundo se imagine que gobierna, pero que no deje de quejarse por gobernar demasiado poco.
Descartes: que hay Dios, ¡cómo no!, pero no se ve en ninguna parte; por lo visto, nos dio la razón, y así sabemos lo que es verdad y lo que es mentira.
Rousseau: que todo va de mal en peor y, ¡a dónde iremos a parar!
Marx: que Dios no existe, sólo la gente, y que andamos a la greña por cuatro chavos, pero dentro de un par de años la vida será muy pero que muy alegre, porque no habrá dinero y todo se distribuirá con cartillas de racionamiento.
Strauss: que debería ser como en los buenos viejos tiempos: ¡los doctos a gobernar y los palurdos a obedecer sin decir ni mu!
Historicismo: que hoy esto es verdad, pero mañana será otra cosa.
Hobbes: que gana lo que es más fuerte y más grande, y, en general, los puños mandan.
Platón: que no hay nada más bello que la belleza, nada más ridículo que la ridiculez, nada más tonto que la tontería, etcétera.
Tomismo: que el mundo es pistonudo y todo está en su sitio.
Popper: que las cosas pueden explicarse de una manera o de otra, pero de hecho no se sabe cómo son de verdad.
Existencialismo: que tú también puedes ser un personaje trágico.
Positivismo: que no pierdas el tiempo haciendo preguntas estúpidas como: ¿por qué algo es así o asá? o ¿qué es bueno y qué es malo?
Metafísica: que algo es o no es.
Física: véase: metafísica (pero sustráigase: «meta»).
Fenomenología: que hay que ver las cosas como son y no preguntarse si realmente son o no son.
Heidegger: que no se sabe de dónde has salido, pero tienes que ser bizarro y no hacer caso de lo que dice la gente.
Husserl: que si miras dentro de ti mismo, verás toda la verdad.
Marxismo-leninismo científico: que al gobierno –¡pero únicamente si es comunista!– no sólo hay que obedecerlo, sino también amarlo con locura.
Kant (filosofía teórica): que hay una Razón y con un trozo modelamos el mundo; pero, bien mirado, no se sabe cómo es este mundo.
Kant (filosofía práctica): que cuando haces algo, no debes sentir nada ni pensar en las consecuencias, sino preguntarte si estaría bien que todo el mundo hiciera lo mismo.
Bergson: que no hay nada, pero todo cambia, Dios incluido.
Teología: ciencia sobre la teología y, en particular, sobre lo sabia que es.
Espíritu: eso tan sabio que rige el mundo.
Berkeley: que lo que ves es y lo que no ves no es.
Nietzsche: que todo está a matar con todo, y siempre será así a pesar de que no tiene ningún sentido.
Relativismo: que puede ser así o asá.
Utilitarismo: que si te das un gustazo, por ejemplo, comer bien, perpetras un acto moralmente encomiable, porque aumentas la masa global de felicidad en el universo.
Futurología: una ciencia muy científica que trata sobre lo que no existe en absoluto y nunca podrá existir, es decir, el futuro.
Hume: que ves lo que ves, pero jamás podrás demostrar lo que piensas.
Justicia social: que decididamente ganas demasiado poco.
Tales: que el agua.