martes, 29 de enero de 2008

El plebiscito que no es

Resulta a todas luces absurdo caer en la trampa de asumir la marcha convocada para el próximo 4 de febrero como un plebiscito a favor o en contra del gobierno.

El hecho de que millones de personas quieran manifestar su repudio hacia las farc es tan respetable como la decisión que pueda tomar otro buen número de ciudadanos de no alterar sus rutinas y abstenerse de salir a la calle a gritar consignas contra el secuestro o a favor de un acuerdo humanitario.

Aunque una gran mayoría de colombianos rechaza los objetivos y los métodos de las farc, en una democracia cada cual tiene el legítimo derecho a expresar su inconformismo como mejor le parezca; o a callarlo, sin temor a ser señalado por ello.

Sin embargo, pese a que en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se estipula que todo individuo tiene derecho a “no ser molestado a causa de sus opiniones”, algunos periodistas, analistas y dirigentes políticos están promoviendo un peligroso juicio maniqueísta para clasificar a los colombianos, dependiendo de si apoyan o no la manifestación del lunes.

Así como no se ha juzgado a quienes nunca salieron a pronunciarse contras las atrocidades de las AUC, ni los crímenes de la mafia, tampoco se puede convertir esta manifestación en un termómetro para medir el grado de colombianidad de nadie.

Del holocausto nazi a la barbarie de las FARC

La gravedad de los crímenes las FARC es más que suficiente para que tengan su propio espacio en la galería mundial de la infamia; las comparaciones sobran.
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Desde cuando el periodista Jorge Enrique Botero dio a conocer hace unos años las imágenes de los secuestrados de las farc en medio de alambre de púas, muchos colombianos nos hemos llenado de más argumentos aún para salir a condenar la brutalidad de ese grupo guerrillero. El trato al que las FARC someten a sus miles de rehenes –la mayoría civiles– están tipificados en los estatutos de la Corte Penal Internacional como crímenes de guerra, los cuales no tienen justificación posible.

Sin embargo –y sin ánimo de restarle gravedad a la maldad de las FARC–, hay que decir que es un error comparar los campamentos de los secuestrados con los campos de concentración nazis; así en ambos casos se esté hablando de una atrocidad infinita y condenable desde todo punto de vista.

Para empezar, hay que tener en cuenta que la barbarie nazi no ha tenido parangón en la historia; ni por sus objetivos, ni por sus métodos, ni por las consecuencias, ni por la cantidad de víctimas. En la Alemania del Tercer Reich se trataba de un gobierno –autoritario pero legítimo– que emprendió una campaña sistemática de exterminio contra una minoría étnica. En cambio las FARC no son un gobierno, ni están revestidas de una legalidad como la que en su momento detentaba el régimen alemán. En Alemania era el Estado el que atentaba contra una parte de sus ciudadanos; en Colombia es un grupo criminal que, so pretexto de levantarse contra el Estado, convierte en víctimas a muchos conciudadanos.

Por otra parte, los judíos trasladados a los campos de concentración no estaban secuestrados, ni eran llevados a Treblinka o a Auschwitz para chantajear a las autoridades o cobrar por su posterior rescate, sino que al abordar los trenes se sabía que jamás regresarían de su destino incierto. De ahí se desprende otra diferencia protuberante entre las dos situaciones, porque en el caso de los secuestrados de las FARC existe una posiblidad –así sea muy remota– de que mediante algún tipo de negociación, éstos regresen a sus casas, cosa que era impensable en los viajes sin retorno que hicieron tantos judíos.

Adicionalmente, las víctimas del Holocausto no sólo eran sometidas a trabajos forzados en condiciones infrahumanas, sino que eran objeto de escabrosos experimentos médicos que hoy, casi setenta años después, todavía horrorizan. No quiere decir que las FARC no mantengan a sus rehenes en condiciones atroces –como lo atestiguan, entre otros, el coronel Mendieta e Íngrid Betancourt–, pero pretender echar en el mismo saco el genocidio nazi y la crueldad de la guerrilla colombiana no sólo es desconocer la historia, sino que es también un irrespeto con los millones de judíos, polacos y gitanos asesinados en las cámaras de gas y los hornos crematorios.

No se trata aquí de insinuar que el dolor de las víctimas de las FARC sea menor que el de los judíos del Holocausto; ni de cuantificar el sufrimiento de unos frente a otros. Pero sí vale la pena subrayar que son dos situaciones totalmente distintas, y que para condenar a las FARC no se necesitan comparaciones, pues el peso de sus propios crímenes ya es más que suficiente para que tengan un espacio reservado en la galería mundial de la infamia. / Vladdo

jueves, 3 de enero de 2008

Las contradicciones de Jhon Frank Pinchao

En la página web de la Presidencia bajo el título: “Volver a empezar - Relato de un policía secuestrado durante nueve años por las Farc”, se transcribe la rueda de prensa que dio en mayo de 2007 el Subintendente Jhon Frank Pinchao, en la cual dice algunas cosas que van en contravía de otras declaraciones del célebre policía, publicadas hoy en eltiempo.com y en otros medios.

Esta alusión se encuentra en la página 26 del mencionado documento:

Pregunta: ¿Qué sabe de Clara Rojas y su niño?
Respuesta: Clara Rojas tuvo su hijo. Lo tuvo cuando nos reunieron policía y militares en una casa. Y en una casa detrás de ésta re unieron los políticos y luego llegaron allí los gringos –gringos no se debe decir porque es algo despectivo– los americanos. Entonces a través de una rendija, porque como no había contacto visual, entonces hicimos unas rendijitas por unas tablas y mirábamos hacía allá, entonces ahí la veía pero nunca hablé con ella. De ese lugar se produce un desplazamiento, tuve la oportunidad de hablar cinco minutos con ella. Estando en el campamento ese que les digo de las dos casas, ahí nació el niño y yo tuve la oportunidad de alzarlo en mis brazos. Y después ya en la caminata había crecido un poquito más, ya estaba como de un añito, creo, más o menos, ya estaba muy saludable, y en ese tiempo como fue la separación en grupos, no volví a saber nada de ellos.

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Resulta muy curioso comparar eso con lo que publica hoy eltiempo.com:

“El subintendente señaló que nunca cargó al bebé porque le daba mucha impresión el estado del menor.
Dijo que el niño lloraba mucho y que por eso fue retirado del campamento en el que estaba cautivo junto con su mamá”.

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Después de leer las dos versiones surgen varias preguntas:

—¿Que edad tenía el niño que el Gobierno dice haber recibido, y que se cree que es Emmanuel? Porque si, como lo dijo Uribe, el niño tenía un año y estaba en mal estado, entonces no es el mismo niño que Pinchao vio.

—Si ese es el mismo niño, ¿al fin estaba o no estaba saludable, como lo dijo Pinchao en la citada rueda de prensa?

—¿Pinchao alzó o no al niño?

—Si de verdad estaba saludable, y así y todo lo entregaron al ICBF, entonces, ¿se podría decir que la salud del muchachito se deterioró estando bajo el cuidado de Bienestar Familiar?

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Nota: El documento completo con la entrevista de Pinchao, está en esta dirección, de la web de la Presidencia:

http://www.presidencia.gov.co/prensa_new/publicaciones/publicacion06_espanol.pdf