lunes, 7 de abril de 2008

El asesinato de Íngrid

Opinión de Carlos J. Villar Borda
Especial para Un Pasquín

Periódicamente nos acordamos de Íngrid porque conocemos una carta dirigida a su madre, Yolanda Pulecio, o se divulga una fotografía que hace estremecer al corazón más duro, pero esos recuerdos son efímeros y al día siguiente estamos inmersos en otras noticias del momento, como pueden ser los resultados de un partido de fútbol que conmocionan al país absorbiendosu fugaz atención porque aquí todo permanece vigente tan sólo por un día o escasamente por horas y aún por minutos. Mientras tanto, el asesinato de Íngrid sigue consumándose de la manera más vil, indigna, ruin y bochornosa, sin que surja un movimiento nacional que exija al gobierno a dar los pasos necesarios para su liberación.

Desde luego que el problema no es solamente Íngrid sino de todos los que permanecen secuestrados, pero ella es el símbolo del grave problema que tiene la nación y cuando hablamos de ella también hablamos en nombre de todos los que sufren la misma vejación.

Hay, sin embargo, una falta de solidaridad con estos conciudadanos sepultados en vida porque no existe entre nosotros la admisión de una responsabilidad colectiva que no es necesario demostrar porque resulta más que evidente. La sociedad colombiana padece de una gangrena que nos afecta a todos y que debíamos tratar de combatir, quitándonos la venda colectiva que nos impide ver y analizar el verdadero problema que tenemos entre manos.

Claro, algo se hace de vez en cuando, pero ese algo es tan poco atinado y tan alejado de la racionalidad, como puede ser una aspirina para curar un cáncer. El presidente viaja a Europa para convencer (o tratar de convencer) al mundo de que todo lo que está pasando en Colombia es por culpa del terrorismo. Se invita a naciones extranjeras a construir comisiones de apoyo para que ayuden a resolver el conflicto. Un día se le pide a Hugo Chávez y a Piedad Córdoba que hagan de facilitadores, pero se les despide en forma desobligante y sin la más elemental cortesía a los dos meses de habérseles llamado. Mientras tanto, Piedad es sometida a la más infame campaña de desinformación y tratan de impedir que ella se defienda.

La gangrena afecta a todos los estamentos del estado, sin excluir al poder ejecutivo, las fuerzas armadas, el congreso, las gobernaciones, las alcaldías. En lo que va del año al escribir esta nota (última semana de marzo) han sido asesinados siete concejales. Mientras tanto el presidente espera impulsar su demanda contra el presidente de la Corte Suprema de Justicia por haber supuestamente afirmado que el mandatario le hizo una llamada telefónica para indagar sobre una supuesta investigación a su primo Mario Uribe, uno de los congresistas envueltos en los enredos de la parapolítica.

En un estado que se encuentra en semejante desbarajuste no resulta extraño que el problema de Íngrid y los demás secuestrados vaya a discutirse con el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, cuando se sabe que la única gestión válida debe dirigirse hacia el Presidente Uribe Vélez, quien es el único que verdaderamente tiene las llaves para abrir esa puerta. Un solo acto del presidente (el despeje) bastaría para iniciar contactos que posiblemente no se limiten al llamado intercambio humanitario, sino al inicio de un verdadero proceso de paz.  Pero Uribe no tiene voluntad política para dar ese paso, porque está convencido de que en su quinta presidencia logrará la victoria militar definitiva. Y si no alcanza a la quinta presidencia, ya tiene su candidato para sucederlo, uno de los ministros del gabinete que se pasea  ufano por el país luciendo una llamativa camiseta con la consigna “No al despeje”, en letras bien grandes y en negro sobre blanco.

Se ha llegado al extremo de callar a Yolanda Pulecio con el argumento de que sus palabras obstaculizan un eventual intercambio humanitario, sin reconocer el derecho natural que tiene toda madre de clamar al cielo por su hija, especialmente cuando ve que no se hacen las gestiones debidas para lograr su libertad. Todo esto es lo que constituye un asesinato ( el de Ingrid) lento y torturante cuyo desenlace se aproxima cada día más. ¿ Los responsables? Desde luego las FARC, que fueron quienes dieron el primer paso con su secuestro. Pero también el gobierno, por estar ofreciendo simples caramelos que de antemano se sabe que no van a ser aceptados por la organización guerrillera. Ahora, cuando surje la versión de que la vida de Íngrid se está apagando, el presidente de la república sale diciendo que su gobierno ha ofrecido una jugosa recompensa monetaria para quien ayude a la salida de Íngrid de la selva. Todo por la plata. Pero ocurre que no todo el mundo tiene esa filosofía del arriero antioqueño que se fundamenta en la idea de que el dinero vence todas las resistencias.

Y mientras tanto Íngrid sigue lejos de nosotros, en una agonía desesperante e indescriptible. ¡Oh Colombia, Colombia, Colombia!

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Carlos J. Villar Borda es periodista.

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