lunes, 7 de abril de 2008

El asesinato de Gaitán: un crimen que NO cambió al país

Opinión de Alexandra Cardona Restrepo
Especial para Un Pasquín

Otro gallo cantaría en Colombia si el 9 de abril de 1948 el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán no hubiera caído asesinado en pleno centro de Bogotá a la 1:05 p.m. La historia de esta patria habría sido muy distinta si el crimen de Gaitán hubiera fracasado. Pero ocurre que quienes planearon y quien ejecutó el homicidio lograron su objetivo: asesinar a Jorge Eliécer Gaitán y encadenar al charco de sangre que dejó el cuerpo herido, en la carrera séptima con Avenida Jiménrez, los millones de litros de sangre colombiana que se han derramando sin cesar desde el 9 de abril de 1948 hasta nuestros días.

Sangre y vidas que, además de sumarse a la imperdonable muerte de Gaitán, se entretejieron también con los cientos, miles, de vidas que desde antes de ese 9 de abril caían asesinadas en un lugar llamado Colombia. La razón de esta barbarie, en contra de cualquier pronóstico, se mantiene intacta en nuestra democracia: no se tolera a quienes piensan, opinan, actúan distinto a lo que impone el gobierno de turno.

“El negro Gaitán” como le llamaban (en una sociedad donde ser trigueño, aindiado y pobre, constituían razones suficientes para ser descalificado como dirigente del país), consiguió con su formación intelectual, su innata capacidad de orador y su actividad política, establecer un diálogo con un pueblo que, harto de ser segregado por negro, aindiado y pobre, vio en él la oportunidad de conquistar, por la vía democrática, un cambio en su país.

A Gaitán, cómo no, se le idolatraba o se le odiaba. Porque así estuvo y está establecido en Colombia, sin términos medios, sin matices, sin posibilidad de análisis de reflexión o diálogo. El problema para quienes le odiaban –una minoría que tenía a su haber el beneficio de detentar el poder del país– era que la mayoría –los pobres, aindiados y negros, pobres también– creían en Gaitán y muy seguramente de haber llegado vivo al día de las elecciones, lo habrían instalado en la Presidencia de la República con su voto. Porque ellos, los segregados de esta patria, eran mayoría en las urnas. Y, ahí sí, la historia de Colombia habría cambiado.

Por más especulaciones que se hagan nadie puede afirmar, con absoluta certeza, si ese cambio resultaría bueno o malo para Colombia, pero lo que sí se puede decir, sin temor a equivocaciones, es que se habría producido un cambio histórico en el país. Algo semejante a lo que pudo suceder en Estados Unidos si en lugar de asesinar al líder negro Martín Luther King, se le hubiera permitido desarrollar democráticamente sus ideales y aspiraciones políticas; o como pudo ocurrir en Sudáfrica, más temprano, si en lugar de encarcelar a Nelson Mandela durante más de veinticinco años, se le hubiera permitido proseguir su actividad política dentro de una democracia. El resultado de este cambio, con Mandela, está a la vista de la historia para ser evaluado. Los cambios que se pudieron producir con Martin Luther King y Jorge Eliécer Gaitán no existen. Nos fueron negados con la misma violencia que les segaron la vida.

Hoy, cuando volvemos la vista atrás para traer al presente los trágicos hechos que desde hace 60 años alimentan la rabia, el odio, la impotencia y muerte en el país, resulta oportuno que los miremos sin vendas ni pañitos de agua tibia para que, siguiendo las palabras del poeta, dejemos de llorarnos las mentiras y nos cantemos las verdades. Porque en ese cantarnos las verdades puede producirse el cambio que los asesinos de Jorge Eliécer Gaitán nos arrebataron: el de construir un país donde el homicidio de sus líderes constituya un hecho intolerable. Un país donde la sangre y vida de cualquier colombiano merezca el respeto y la dignidad a la que tenemos derecho todos los seres humanos; una Colombia donde impere la devoción por la vida y jamás, bajo ninguna circunstancia, se aplauda o acepte el homicidio de ningún colombiano como un suceso normal.

Entonces, cuando eso ocurra, cuando los colombianos respetemos el pensamiento de los otros como si fuera el propio, cuando se deje de acudir a las armas y con ellas a la muerte para arreglar nuestras diferencias, estaremos comenzando a construir el gran cambio que debió producirse el 9 de abril de 1948 a la 1:05 de la tarde cuando cayó acribillado e indefenso Jorge Eliécer Gaitán.

Entre tanto sólo estaremos hablando de un suceso que marcó la historia de un país llamado Colombia donde —como si la vida de Gaitán y de los millones de colombianos que por pensar distinto han sido asesinados durante estos sesenta años, no mereciera el mínimo respeto— seguimos asistiendo impávidos al espectáculo de intolerancia y desangre con el que día a día se escribe la historia de horror del país donde, hace ya muchos años, mataron a Gaitán.

1 comentario:

doppiafila dijo...

Hola Alexandra, gracias por escribir y publicar esta nota. Saludos, Doppiafila