lunes, 10 de marzo de 2008

La cosa no es como la pintan

Opinión de Iván Marulanda • Especial para Un Pasquín

La gente se contenta con poco en Colombia. Volver a las fincas y salir por las carreteras ha sido suficiente para que se crea que el presidente es extraordinario. El presupuesto de gastos en defensa se eleva este año a más de nueve mil millones de dólares, es decir, lo que exportan quinientas mil familias de caficultores en los doce meses del año no alcanza ni para pagar la tercera parte de lo que cuesta cuidar las caminos de herradura por los que transitan los finqueros y los veraneantes felices.

Más de un periodista se divierte y entretiene a la gente preguntando quién puede ser el próximo presidente de Colombia. No importa que no haya elecciones a la vista, al público le gusta que le hagan esas listas. El cálculo es sencillo. Quien mejor cuide las carreteras y los senderos a las fincas, ese es. Y nadie supera al que está montado, por aquello de que es mejor malo conocido.

Esa ecuación simple gusta mucho a otras personas de razonamientos más sofisticados, no pocas veces torcidos, que reciben a rodos favores del gobierno. Si con ese contentillo que se le de al electorado ellos pueden mantener puesta por más de una década la canal en el presupuesto nacional y en los decretos que prodigan sinecuras y prebendas, todos felices.

No se puede pretender que este país esté poblado de estadistas. Que cada individuo sea analista político, hacendista, internacionalista, planificador. La gente tiene demasiados problemas en la vida para dedicarle tiempo a estas complicaciones. Me refiero a los que saben leer y escribir, o mejor, a los que leen, que no son muchos. La gente no lee en Colombia. Entonces volvemos a lo mismo. La percepción de libertad y progreso que da salir por las carreteras es suficiente para resolver quién debe gobernar. Con la reelección se despacha el asunto y cada quien a lo suyo.

Es por lo que el punto no puede dejarse solo en manos de periodistas y gente del común que ellos encuestan para llegar a la misma conclusión. Los pocos que pueden darse el lujo de estudiar temas públicos con cierta profundidad, deben potenciar su papel y su trabajo y preguntarse cuestiones más complejas que las ordinarias que se oyen sobre el curso de la nación. Para que no se trague entero ni se pase de agache por la infinidad de problemas que están por resolverse.

El que fije los ojos y acerque la nariz a la situación del país, se queda con más de una preocupación. El atraso de la infraestructura es decepcionante para los estándares que exige la globalización. Tanto más, cuando la mayoría de las ciudades colombianas están lejos del mar. Las exportaciones que generan empleo de calidad agonizan, agobiadas por la sobre valoración del peso. La transferencia del patrimonio productivo nacional a corporaciones multinacionales que toman decisiones en escenarios internacionales en los que Colombia es un punto casi imperceptible, crea vulnerabilidades.

El narcotráfico, cada vez más ramificado y mimetizado, es opulento. La violencia y en general la criminalidad organizada, crean estructuras mafiosas cada vez más profundas en la sociedad. El crecimiento de la economía informal es arrollador. Los conflictos con los países vecinos y en general la política internacional son pésimos. La parapolítica y la mediocridad del Congreso anulan la democracia, lo mismo que las pugnas entre las ramas del poder público. El paramilitarismo, adentro y afuera de las cárceles, es ampuloso. La concentración de la riqueza desafiante. La pauperización de las barriadas urbanas y de los campesinos desespera. El desempleo profesional frustra y expulsa del país capital social. Las clases medias se estancan. Los desmovilizados y los desplazados son grupos a la deriva. Los desafíos ambientales son apremiantes, igual que los sanitarios. La corrupción hiede. Ningún color de rosa, señoras y señores, como lo pintan.

---
Iván Marulanda es ex Constituyente.

1 comentario: