lunes, 10 de marzo de 2008

El desastre diplomático

Más allá de la ‘buena noticia’ que para muchos significa la muerte del número dos de la s FARC y en claro contraste con el éxito militar que se anotaron las autoridades, el costo diplomático alrededor del affaire Reyes está saliendo demasiado alto.

En primer lugar se ha hecho evidente, otra vez, la falta de una gestión diplomática, que le serviría al gobierno para explicar en el exterior la verdadera dimensión del conflicto que se vive en Colombia, para lo cual es indispensable admitir que dicho conflicto sí existe. El presidente de la República no puede seguir diciendo que simplemente se trata de acciones terroristas, porque en Colombia conflicto no hay. Los hechos están demostrando no sólo que sí lo hay, sino que ese conflicto inexistente ya desbordó las propias fronteras del país.

Por otra parte, si hubiera una política internacional debidamente articulada –en especial con los vecinos– Colombia podría coordinar con autoridades y tropas de esos países, operaciones militares en contra de organizaciones como las FARC. En ese orden de ideas, y en el caso específico de Ecuador, Colombia debía estar en capacidad de ofrecerle a ese país mejores ‘garantías’ que las que supuestamente le ha ofrecido la guerrilla.

Es comprensible que Ecuador no quiera involucrarse en el conflicto colombiano y prefiera asumir un papel neutral frente a las FARC, procurando así evitar confrontaciones armadas con la guerrilla. Pese a ello experiencias anteriores, como la captura y posterior entrega a Colombia de Ricardo Palmera, alias ‘Simón Trinidad’, muestran que esa no intervención no necesariamente convierte a Ecuador en santuario de las FARC, ni al gobierno de ese país en su cómplice.

Si en el desarrollo de una operación tan meticulosamente planeada, acciones como la del pasado primero de marzo, en la que cayó Raúl Reyes, el gobierno Uribe hubiera tenido la delicadeza de poner al tanto al presidente ecuatoriano, muy seguramente Colombia se habría evitado la crisis diplomática que está atravesando. Es obvio que la dimensión de una operación tan grande y contundente contra las FARC habría justificado de sobra ese esfuerzo mancomunado, así Juan Manuel Santos hubiera tenido que compartir los aplausos.

Por otra parte, si el gobierno del presidente Uribe tuviera algo de perspicacia, debería entender que en las actuales circunstancias, con un personaje como Hugo Chávez saliendo con cada disparate, lo más deseable sería contar con el respaldo y la cooperación de Rafael Correa, que sólo es posible obtener por medio de una aproximación fraternal, de igual a igual, y no con la arrogancia con la que ha actuado últimamente Colombia frente al país del sur.

Lo que Colombia está haciendo con Ecuador es sólo comparable con la detestable actitud que hace unos años Venezuela asumía frente a Colombia, y que desencadenó varios incidentes en la frontera y más de un roce diplomático.

La diplomacia uniformada
En la dinámica de la confrontación armada que se vive en Colombia, es sabido que los integrantes de las FARC van a tratar de traspasar las fronteras cada vez que puedan, para ponerse a salvo de las tropas colombianas. Y en ese sentido, y teniendo en cuenta factores como la inaccesible geografía de la selva no se le puede endilgar responsabilidad a los países vecinos por dejar ingresar en su territorio a los guerrilleros, pues esa misma responsabilidad les debería caber a los militares colombianos por dejarlos salir.

Otra cosa sería que, tal como lo ha insinuado el gobierno de Colombia, las autoridades de Ecuador estuvieran permitiendo la permanencia de tropas irregulares dentro de sus límites o financiando sus actividades, pues tal actitud iría en contravía de múltiples disposiciones internacionales contra el terrorismo.

Sin embargo, el hecho de que el gobierno colombiano tenga indicios de posibles vínculos de Ecuador y Venezuela con las FARC, no le da derecho a armar shows en vivo y en directo, antes de verificar la autenticidad de la información obtenida en los campamentos del extinto Raúl Reyes. Poner a un alto oficial de la Policía, por respetable que sea, como lo es el general Óscar Naranjo, a señalar públicamente a un presidente de un país amigo como aliado de las FARC, no sólo es imprudente sino contrario a cualquier procedimiento diplomático.

Con tales actitudes, y tras haber incursionado de buenas a primeras en territorio ecuatoriano, el gobierno de Colombia no sólo consiguió ahondar el comprensible malestar de Correa, sino que con las acusaciones del director de la Policía se hizo evidente la falta de tacto que finalmente llevó a Ecuador a romper relaciones con Colombia.

Desde el aspecto meramente diplomático, el affaire Reyes ha sido una desafortunada cadena de errores, que empezó con un dispositivo bélico llevado a cabo en territorio extranjero, obviando las más elementales normas del Derecho Internacional y sin medir sus consecuencias políticas.

Luego, el manejo dado al asunto –donde han primado los argumentos militares sobre las consideraciones políticas– ha delatado las protuberantes fallas que en los últimos años ha exhibido el servicio diplomático colombiano, frente en el cual la administración Uribe ha sido particularmente torpe.

Esta vez, un problema que debía manejarse por la Cancillería, terminó en manos de la Policía Nacional, cuya eficiacia quedó más que probada en el terreno de las armas y la inteligencia, pero que no tiene nada qué aportar en cuestiones diplomáticas. Haber puesto en esta situación al general Óscar Naranjo no sólo constituye una imprudencia política, sino que representa un desgaste innecesario para un oficial con una hoja de vida tan respetable.

Este incidente con Ecuador, pues, deja muy mal parada a Colombia en el vecindario, tal como ha quedado evidente en las múltiples declaraciones adversas recibidas tras la publicitada operación contraguerrilla llevada a cabo por tropas colombianas en territorio ecuatoriano. El hecho de que países como Chile, Argentina, Paraguay y Costa Rica, entre otros, se desmarquen de la posición uribista ratifican el poco apoyo que las posiciones de fuerza tienen en este continente.

Al fin y al cabo, ni Uribe ni ningún otro mandatario de un país tercermundista puede darse el lujo de actuar dándoselas de Bush, saltándose todos los protocolos y procedimientos internacionales de derecho.

Es más, aun en el caso extremo e indeseable de que Colombia decidiera resolver a la fuerza los litigios con sus vecinos, en el Palacio de Nariño deberían entender que incluso para hacer la guerra, hay que saber de diplomacia.

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