lunes, 10 de marzo de 2008

De la mezquindad política

Opinión de Carlos J. Villar Borda • Especial para Un Pasquín

Mezquina, sórdida, roñosa ha sido la conducta del gobierno Colombia al perfilar su política en todos los campos, desde su tratamiento a la Corte Suprema de Justicia hasta los viajes del presidente a países de América y Europa con el fin de convencer al mundo de que las FARC son una organización terrorista, que no tienen la más mínima convicción política. Y como todos los medios de comunicación sólo existen para repetir una y mil veces la versión oficial del Palacio de Nariño sobre los acontecimientos del día, el tambor de la resonancia que se reproduce por el eco que resuena en todos los rincones del país, el manso pueblo concluye por creerse lo que le están diciendo varias veces diarias, así como la débil gota que termina perforando la roca más sólida.

Dicha política oficial ha servido para crear un remozado delito de traición a la patria, que en última instancia ha servido para calificar a quienes no pensamos como el señor Uribe y a quienes vemos algunas cualidades en el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Una de las repercusiones más alarmantes de esa política ha sido el canallesco tratamiento que se ha dado a la senadora Piedad Córdoba. Ante la inaceptable agresión de que fue víctima por parte del conductor de un taxi, la única reacción oficial la produjo el ministro del interior y justicia quien al ser interrogado sobre el episodio sacudió la cabeza eternamente somnolienta para decir: “¿Para qué se pone (la senadora) a hablar de esa forma?”. Es decir, se confirma la impresión de que en este país ya no se puede discrepar del pensamiento oficial, ya se trate de cuestiones de segundo orden o mucho menos de los grandes problemas nacionales.

Un ejemplo más reciente es el tratamiento que le ha dado el gobierno al problema de los secuestrados por las FARC y a la liberación de algunos de ellos por mediación del gobierno de Venezuela y del propio presidente Chávez. El ministro de defensa (del presidente, no de la patria) ni siquiera mencionó a Venezuela ni a Chávez cuando se produjo la liberación del último grupo de secuestrados. Haciendo malabares verbales, que se adivinaban por los gestos de su boca, anunció la liberación en términos tan confusos que sólo se podía atribuir a gestiones de la Cruz Roja Internacional. Desde luego que la Cruz Roja accedió a prestar su nombre para proteger a las aeronaves venezolanas durante su permanencia en cielos colombianos, pero seso no quiere decir que dicha entidad haya hecho todo el trabajo para lograr la liberación. Pero como elogiar a Chávez, o simplemente agradecerle su gestión, constituye un delito de traición a la patria, se emplea a la Cruz Roja como actora principal en todo el episodio. Entre tanto los presentadores de los diversos noticieros de televisión dejaban ver su convencimiento con la versión oficial.

La verdad es que todos estos problemas tienen como telón de fondo la mezquindad con que el alto gobierno analiza la situación de los dóciles colombianos. No hay de parte de la administración la aceptación de que el país tiene sentido para todos los ciudadanos y que cada uno de nosotros somos seres humanos que sentimos, sufrimos y reaccionamos con la misma electricidad que trae por dentro el cuerpo del señor Uribe. Desde luego que este ha sido un tratamiento que viene de muy atrás, pero que el actual gobierno ha llevado hasta los límites de creer que la única palabra válida es la del señor presidente.

El presidente y su ministro defensor ciertamente reconocen a las FARC para insultarlas y denigrar de sus acciones, algunas de las cuales han terminado en actos de terror, pero lo único que ve el gobierno es que son un grupo de terroristas con el cual no se puede tener el ningún contacto. Esto cierra las puestas a la idea racional de una negociación política, pero habría que partir de la base de que ellos también son colombianos, lo cual está por fuera de la capacidad de maniobra de Uribe y sus adláteres. Al mismo tiempo el gobierno sigue insistiendo en una imposible rendición a la vía armada, pero a pesar de toda la ayuda de la CIA y militares estadounidenses, no existe ninguna luz al final del túnel. Es la política guerrerista de la actual administración la cual confirma a quienes lo predijimos que Colombia no tendrá paz mientras Uribe siga de presidente.

Y como todavía nos queda por delante el tercer mandato, parecería que no queda sino agachar la cabeza y gemir: ¡Pobre Colombia!

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Carlos J. Villar Borda es periodista.

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