martes, 29 de enero de 2008

Del holocausto nazi a la barbarie de las FARC

La gravedad de los crímenes las FARC es más que suficiente para que tengan su propio espacio en la galería mundial de la infamia; las comparaciones sobran.
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Desde cuando el periodista Jorge Enrique Botero dio a conocer hace unos años las imágenes de los secuestrados de las farc en medio de alambre de púas, muchos colombianos nos hemos llenado de más argumentos aún para salir a condenar la brutalidad de ese grupo guerrillero. El trato al que las FARC someten a sus miles de rehenes –la mayoría civiles– están tipificados en los estatutos de la Corte Penal Internacional como crímenes de guerra, los cuales no tienen justificación posible.

Sin embargo –y sin ánimo de restarle gravedad a la maldad de las FARC–, hay que decir que es un error comparar los campamentos de los secuestrados con los campos de concentración nazis; así en ambos casos se esté hablando de una atrocidad infinita y condenable desde todo punto de vista.

Para empezar, hay que tener en cuenta que la barbarie nazi no ha tenido parangón en la historia; ni por sus objetivos, ni por sus métodos, ni por las consecuencias, ni por la cantidad de víctimas. En la Alemania del Tercer Reich se trataba de un gobierno –autoritario pero legítimo– que emprendió una campaña sistemática de exterminio contra una minoría étnica. En cambio las FARC no son un gobierno, ni están revestidas de una legalidad como la que en su momento detentaba el régimen alemán. En Alemania era el Estado el que atentaba contra una parte de sus ciudadanos; en Colombia es un grupo criminal que, so pretexto de levantarse contra el Estado, convierte en víctimas a muchos conciudadanos.

Por otra parte, los judíos trasladados a los campos de concentración no estaban secuestrados, ni eran llevados a Treblinka o a Auschwitz para chantajear a las autoridades o cobrar por su posterior rescate, sino que al abordar los trenes se sabía que jamás regresarían de su destino incierto. De ahí se desprende otra diferencia protuberante entre las dos situaciones, porque en el caso de los secuestrados de las FARC existe una posiblidad –así sea muy remota– de que mediante algún tipo de negociación, éstos regresen a sus casas, cosa que era impensable en los viajes sin retorno que hicieron tantos judíos.

Adicionalmente, las víctimas del Holocausto no sólo eran sometidas a trabajos forzados en condiciones infrahumanas, sino que eran objeto de escabrosos experimentos médicos que hoy, casi setenta años después, todavía horrorizan. No quiere decir que las FARC no mantengan a sus rehenes en condiciones atroces –como lo atestiguan, entre otros, el coronel Mendieta e Íngrid Betancourt–, pero pretender echar en el mismo saco el genocidio nazi y la crueldad de la guerrilla colombiana no sólo es desconocer la historia, sino que es también un irrespeto con los millones de judíos, polacos y gitanos asesinados en las cámaras de gas y los hornos crematorios.

No se trata aquí de insinuar que el dolor de las víctimas de las FARC sea menor que el de los judíos del Holocausto; ni de cuantificar el sufrimiento de unos frente a otros. Pero sí vale la pena subrayar que son dos situaciones totalmente distintas, y que para condenar a las FARC no se necesitan comparaciones, pues el peso de sus propios crímenes ya es más que suficiente para que tengan un espacio reservado en la galería mundial de la infamia. / Vladdo

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