jueves, 5 de julio de 2007

[Editorial] Adopción simbólica




Es innegable que el conflicto que vive Colombia no tendría la misma importancia en el plano internacional si no fuera por los extranjeros que están en poder de las Farc.

Para corroborar esta afirmación basta repasar los reportes periodísticos anteriores al año 2002, antes de que la entonces candidata Íngrid Betancourt cayera en las manos criminales de la guerrilla. Desde ahí la atención que tanto personajes políticos como periodistas foráneos –sobre todo europeos– le han dispensado al caso colombiano ha crecido significativamente. Y no sin razón. Adicionalmente, el secuestro en 2003 de los tres contratistas norteamericanos ha puesto a las Farc en la escena noticiosa de Estados Unidos y hace parte de la agenda diplomática bilateral.

Así las cosas, sería muy interesante el papel que podrían jugar otros países si decidieran nacionalizar [simbólicamente, desde luego] a quienes siguen secuestrados por las Farc, para que la suerte de los rehenes deje de ser una cuestión marginal de Colombia. Con 20 o 30 países de por medio, el manejo de esta crisis humanitaria tomaría otra dinámica que podría poner fin a esta incertidumbre.

La Rosa Blanca

Desde esta edición Un Pasquín presenta algunos cambios en su logotipo, que no afectan nuestra esencia como medio de oposición, ni nuestra filosofía ajena al consenso uribista, sino que por el contrario refuerzan nuestra imagen. Por una parte, hemos redibujado la tipografía del logo, poniéndole un acento más clásico.

Adicionalmente hemos incorporado un elemento gráfico que encierra un significado muy especial. Se trata del dibujo de una rosa blanca, elaborado especialmente por el pretigioso ilustrador canadiense Michael Custode. Con esta imagen queremos rendir un homenaje a los estudiantes de la Universidad de Múnich, integrantes de la sociedad La Rosa Blanca, quienes hace 65 años se enfrentaron a punta de panfletos al régimen nazi en Alemania, lo cual les costó la vida y cuya historia publicamos en esta edición.

Su vida y sus principios de resistencia pacífica son un ejemplo plenamente vigente en la coyuntura que atraviesan Colombia y muchos otros países.

Cartas (correo@unpasquin.com)

Ciegos. Dice el adagio: “En tierra de ciegos el tuerto es rey” y “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y en nuestro país no queremos ver el monstruo que está en las entrañas de nuestra paracocracia, que va devorando poco a poco como Saturno a sus hijos. Siquiera hay alguien que nos informa con realidad, objetiva y concienzudamente. Felicitaciones.
—Dagoberto Melo
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Voluntad política. No nos digamos mentiras, al Gobierno Nacional y a las FARC lo que les ha faltado es voluntad política para, por lo menos, disminuir los efectos de la guerra.
Ahora, ante el fatal desenlace de la muerte de los 11 ex-diputados de la Asamblea del Valle los colombianos esperamos que el Gobierno Nacional y las FARC tomen una decisión que permita un acuerdo que conlleve, en la practica, la liberación de los otros secuestrados por la aplicación del derecho internacional humanitario.
La situación por el último y fatal acontecimiento tocó fondo y es de allí donde las partes en conflicto deben y tienen que practicar el tan afamado y deseado DIH.
Como bien lo señalan los diversos documentos del Comité Internacional de la Cruz Roja, CICR, “El derecho internacional humanitario (DIH) es un conjunto de normas que, en tiempo de guerra, protege a las personas que no participan en las hostilidades o que han dejado de hacerlo. Su principal objetivo es limitar y evitar el sufrimiento humano en tiempo de conflicto armado. Las normas estipuladas en los tratados de DIH han de ser respetadas no sólo por los Gobiernos y sus fuerzas armadas, sino también por grupos armados de oposición y por cualquier otra parte en un conflicto. Los cuatro Convenios de Ginebra de 1949 y los dos Protocolos de 1977 adicionales a éstos son los principales instrumentos de derecho humanitario”.
— Jorge Enrique Giraldo Acevedo

Contra la amnesia selectiva

Aquí hablamos de La Violencia como si fuera prehistoria; y de las violaciones de derechos humanos en los últimos 30 años como si se tratara de otro país.

Opinión de Jorge Arenas da Silva
Especial para Un Pasquín

Las movilizaciones ciudadanas que ha desatado el cobarde asesinato de los diputados de la Asamblea del Valle son un buen síntoma en medio de la apatía que ocasiona en Colombia la violencia recurrente. No obstante, es lamentable que se haya tenido que producir semejante barbarie por parte de las Farc para que el país en masa reaccionara contra la violencia. Es decir, estamos actuando cinco años y once muertos después de lo debido. Es probable que otra suerte hubieran corrido ellos y muchos otros secuestrados si el país hubiera salido antes a las calles a desafiar a las Farc por los atentados, los secuestros y el boleteo; o a los paramilitares por las masacres, los magnicidios o las desapariciones.
Razón le asiste a monseñor Luis Augusto Castro al decir que el asesinato de los diputados “pesa en la conciencia de los colombianos” [porque] “todos pudimos hacer mucho más para que regresaran vivos. La insistencia en un acuerdo humanitario no fue escuchada. Fuimos inferiores en este esfuerzo”.
En este caso, como en muchos otros, los colombianos resolvimos mirar para otro lado, o preferimos directamente acudir al olvido, en medio de tanta masacre, de tanto secuestro y de tanto muerto que sólo nos importa si es cercano a nosotros.
En vez de caer en esta amnesia selectiva otros pueblos, en cambio, han decidido reconstruir su historia para tener una memoria colectiva de su pasado. Alemania, por ejemplo, está permanentemente recordando su pasado. El cine, la literatura, la música, las ciencias sociales vuelven una y otra vez, desde distintas perspectivas, a reconstruir el relato colectivo de su propia historia.
En cambio los colombianos hemos decidido negarnos el derecho a la memoria colectiva. Hablamos de La Violencia no sólo como si fuera prehistoria, sino como si hubiera ocurrido en otra parte; y nos referimos a las masivas violaciones de derechos humanos de las últimas tres décadas como si se tratara de otro país. Escasas excepciones están representadas en algunas películas y series de televisión, que abordan el tema de la violencia, pero desde la perspectiva de los sicarios o los ‘traquetos’ del narcotráfico, pero por fuera del contexto de la violencia política que desde hace décadas azota al país.
A su vez, muchos de los más recientes éxitos editoriales nos proponen ahondar en lo bueno, pues en su criterio las reflexiones sobre la violencia sólo sirven para entorpecer el camino glorioso a un mejor futuro.
¡Qué gran equivocación!

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¿Saben los jóvenes colombianos –por no decir los oficinistas, los profesionales, las amas de casa o los banqueros– qué pasó en El Aro o en Mapiripán o en Trujillo, o en Honduras y La Negra? ¿Tienen idea de qué pasó en Bojayá o en Vigía del Fuerte? ¿Saben lo que han hecho los paramilitares que ahora gozan de un trato privilegiado por parte del gobierno, o lo que han sufrido los indígenas del Cauca o de la Sierra Nevada de Santa Marta por las bárbaras incursiones guerrilleras? No. No tienen la menor idea. Lloran amargamente con las historias de Ruanda contadas en el cine, pero no alcanzan a percatarse de lo que pasa en nuestro propio país. Así no vamos a llegar a ningún Pereira.
No es posible construir una sociedad fundada en el respeto por valores democráticos si negamos todo el tiempo nuestros propios horrores. Tampoco si los convertimos en alharaca de un día para luego olvidarlos por la noticia de un nuevo escándalo. Lo que debería existir es la decisión consensuada de reconstruir seriamente nuestra historia reciente y juzgarla con claros criterios éticos. Hay cosas que han estado mal y quienes las han hecho merecen una sanción ejemplar y sus víctimas una reparación integral. Esto debería quedar claro para todos, reflejarse en los libros de historia, en las artes y las letras y ser objeto de reflexión e investigación en la academia y en los medios. Pero nada de esto está ocurriendo.

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Mientras no reconozcamos colectivamente todos los hechos de barbarie que enlutan a nuestro país hace más de medio siglo y no sepamos distinguir con claridad y sin contemplaciones lo que está bien de lo que está mal, difícilmente vamos a salir de esta espiral de violencia en la que estamos inmersos. Y poco ayudan a este proceso las contemplaciones del gobierno con los paramilitares, los micos de los congresistas para evadir los juicios a los para–políticos, la decisión del Presidente de liberar sin contraprestación a criminales de las FARC, los eufemismos de José Obdulio Gaviria o los insultos de ex ministros de este Gobierno a las cortes internacionales e incluso a tribunales extranjeros como el que adelanta el pleito contra la Drummond en Estados Unidos.
Tampoco ayuda que el Alto Comisionado de Paz considere que los colombianos no somos capaces de aceptar nuestra propia historia; ni que la Fiscalía carezca de herramientas para investigar la verdad de los hechos narrados por paramilitares en sus versiones libres o encontrados en computadores y documentos fruto de la investigación criminal. No ayuda tampoco el hecho de que los medios (especialmente la televisión) nieguen su parte de responsabilidad y sigan convencidos de que la imagen poco negativa que los colombianos tienen de los paramilitares no tiene nada que ver con la forma como informan a la población. O que la academia no tenga centros de investigación dedicados a entender el fenómeno que vivimos y a proponer salidas inteligentes y sostenibles a esta crisis perpetua. Igualmente dañino resulta que los escasos académicos hasta hace poco dedicados a escudriñar estos fenómenos de violencia con cierta objetividad, resuelvan alinearse burocrática o electoralmente con el gobierno para reescribir esa historia reciente.
Sin embargo sí sirve el apoyo que han recibido la Fiscalía y los jueces regionales que tienen que enfrentar solitariamente a poderosos grupos delincuenciales, y el respaldo a la Corte Suprema de Justicia en sus valerosas investigaciones. Sirve respaldar y promover a la prensa valiente que investiga y denuncia. Sirve que existan investigaciones rigurosas que nos permitan entender un poco más seria y serenamente las circunstancias que vivimos. Y, sobre todo, sirve –o serviría– que dejáramos de justificar a los criminales y actuáramos decentemente. Es decir, que tomáramos las decisiones éticamente correctas y que actuáramos en consecuencia. Sólo de esta manera podremos responder con la cabeza en alto y con voz fuerte cuando nuestros hijos nos pregunten dónde estábamos nosotros cuando todo esto sucedía.

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Indudablemente, a partir de ahora –y una vez apaciguados estos momentos de efervescencia y calor– lo que se necesita es que ese buen síntoma mencionado al comienzo se traduzca en acciones permanentes en defensa de la vida y en manifestaciones regulares contra la violencia en todas sus formas, siguiendo el ejemplo de las madres de la Plaza de Mayo, de Argentina, que durante tres décadas [y ya transformadas en abuelas]no se cansan de clamar por que se haga justicia con los hijos y nietos desaparecidos durante la dictadura.

Los pétalos de la resistencia

La historia de ‘La Rosa Blanca’ es una lección de entereza y valor civil, protagonizada hace 65 años por un puñado de estudiantes de la Universidad de Múnich, que pagaron con su vida la osadía de repartir panfletos que denunciaban la tiranía y barbarie de los nazis.

Una lección de vida
Especial de Un Pasquín

En mayo de 1942 mientras las tropas alemanas se encontraban en los campos de batalla de Rusia y del Norte de África, unos estudiantes de la Universidad de Múnich asistían a clases en las que compartían su amor por la medicina, la teología y la filosofía, así como su aversión hacia el régimen nazi.
Ellos hacían parte de La Rosa Blanca, una organización basada en principios cristianos que rechazaba el militarismo prusiano de la Alemania de Adolf Hitler y que redactaba panfletos clandestinos contra la guerra y denunciaban enfáticamente la barbarie de los nazis.
La Rosa Blanca estaba integrada por unos pocos alumnos de la Universidad de Múnich que rondaban los 20 años. Hans Scholl y su hermana Sophie lideraban el grupo, que incluía a Christoph Probst, Alexander Schmorell, Willi Graf y Jurgen Wittenstein. Luego se les unió Kurt Huber, profesor de psicología y filosofía, quien preparó las dos últimas series de folletos.
Los hombres de La Rosa Blanca eran veteranos de guerra que habían luchado en el frente francés y en el ruso; habían sido testigos de las atrocidades nazis, tanto en el campo de batalla como en el Holocausto, y eran conscientes de que el revés que la Wehrmacht había sufrido en Stalingrado finalmente llevaría a Alemania a la derrota.
Los hermanos Scholl habían nacido en Forchtenberg am Kocher, un pueblo donde era alcalde su padre, Robert Scholl. A los 12 años Sophie se unió a las Juventudes Hitlerianas, pero luego se desilusionó. El arresto de su padre por haberse referido a Hitler frente a un empleado suyo como “el flagelo de Dios”, le causó una profunda impresión. Para la familia Scholl la palabra “lealtad” significaba obedecer los dictados del corazón.“Lo que quiero para ustedes es vivir con rectitud y libertad de espíritu, sin importar lo difícil que esto resulte”, les decía su padre.

Cada vez más críticos. Cuando en 1942 comenzó la deportación masiva de judíos, Sophie, Hans, Alexander y Jurgen se dieron cuenta de que había llegado el momento de la acción. Compraron una máquina de escribir y una copiadora. Hans y Alex escribieron el primer panfleto con el encabezamiento: “Panfletos de La Rosa Blanca”, que en su texto decía cosas este tenor: “nada es tan indigno de una nación como el permitir que sea gobernada sin oposición por una casta que ha cedido a los bajos instintos... La civilización occidental debe defenderse contra el fascismo y ofrecer una resistencia pasiva antes de que el último joven de la nación haya derramado su sangre en algún campo de batalla”.
Los miembros de La Rosa Blanca trabajaron día y noche en secreto, produciendo miles de panfletos que eran despachados a estudiosos y médicos desde sitios no detectables dentro de Alemania. Sophie compraba papel y estampillas de correo en sitios diferentes para que sus actividades no llamaran la atención.
En el segundo panfleto de La Rosa Blanca se leía: “Desde la conquista de Polonia 300.000 judíos han sido asesinados, un crimen contra la dignidad humana... Los alemanes alientan a los criminales fascistas cuando carecen de un sentimiento que clame a la vista de semejantes acciones. Es preferible el fin del terror antes que un terror sin fin”.
Hans, el hermano de Sophie, sirvió dos años en el ejército y estudió medicina en la Universidad de Múnich. Luego en 1942 se desempeñó como médico en el frente oriental con Alex, Willi y Jurgen. Jurgen transportó montones de panfletos a Berlín. El viaje era peligroso. “Los trenes estaban repletos de policía militar. Si uno era un civil y no podía probar que había logrado una prórroga, se lo llevaban de inmediato”, recordaba.
El partido [Nazi] controlaba las noticias, la policía, las fuerzas armadas, el sistema judicial, las comunicaciones, la educación, las instituciones tanto culturales como religiosas.
El tercer panfleto pedía: “Sabotaje en las fábricas de armamento, periódicos, ceremonias públicas y del Partido Nacional Socialista... Convencer a las clases más bajas de la falta de sentido que tiene continuar la guerra, donde estamos frente a la esclavitud espiritual a manos de los nacionalsocialistas”.
Cuando a Alexander Schmorell se le pidió que hiciera un juramento a Hitler pidió que se le diera de baja en el Ejército. Willi Graf se pasó a la resistencia pasiva, al igual que el resto, luego de servir como asistente médico en Yugoslavia. Fue asignado a la Segunda Compañía de Estudiantes en Múnich, donde conoció a Sophie, Hans, Alexander, Christoph y Jurgen. Christoph Probst era el único miembro de La Rosa Blanca que estaba casado y tenía hijos, de modo que los demás trataron de protegerlo.
En el cuarto folleto escribieron: “Le pregunto a usted como cristiano si duda en la esperanza de que algún otro levante su brazo para defenderlo... Para Hitler y sus seguidores ningún castigo tiene proporción con la magnitud de sus crímenes”.
Cada folleto contra Hitler y el pueblo alemán era más crítico que el anterior. El quinto decía que “Hitler está llevando al pueblo alemán hacia el abismo. Siguen ciegamente a sus seductores hacia la ruina... ¿Hemos de ser para siempre una nación odiada y rechazada por toda la humanidad?”

Los últimos días. Luego de la derrota de los alemanes en Stalingrado en 1943 y la exigencia de Roosevelt de que las fuerzas del Eje se rindieran incondicionalmente, la invasión aliada estaba ya muy próxima.
Esa noche Hans, Willi y Alexander escribieron en paredes las consignas: “Libertad” y “Abajo Hitler”, y dibujaron cruces esvásticas tachadas en algunos edificios de Múnich.
Su profesor de filosofía, Kurt Huber, terriblemente impactado cuando se enteró de las atrocidades cometidas por el Estado en Alemania, trabajó en la edición de los últimos panfletos de La Rosa Blanca. También se sintió motivado para dar conferencias sobre temas prohibidos, tales como los escritos del filósofo judío Spinoza.
La Gestapo había estado buscando a los autores de los panfletos desde que apareciera el primero. A medida que el lenguaje de los folletos se hacía más vehemente, redoblaron sus esfuerzos. Arrestaron a personas ante la menor sombra de sospecha.
El 18 de febrero de 1943 Sophie y Hans llevaron una valija llena de los folletos finales escritos por el profesor Huber a la Universidad, y los dejaron en los corredores para que los estudiantes los encontraran y los leyesen.
Con la mayoría de los folletos ya repartidos en sitios clave, Sophie Scholl tomó la decisión de subir las escaleras hasta lo alto del atrio y lanzar los últimos folletos sobre los estudiantes. Jakob Schmidt, un empleado de mantenimiento de la Universidad y miembro del Partido Nazi, sorprendió a Sophie y a Hans con los folletos y los denunció. Fueron llevados bajo arresto a la Gestapo. El ‘interrogatorio’ de Sophie fue tan cruel que apareció ante el tribunal con una pierna rota.
El 22 de febrero de 1943 Sophie, Hans y Christoph fueron juzgados. Roland Freisler, el Juez Supremo del Tribunal del Pueblo de Alemania – creado por el Partido Nacional Socialista para eliminar a los enemigos de Hitler– los encontró culpables de traición y los condenó a ser ejecutados en la guillotina ese mismo día.
“¿Cómo podemos esperar que prevalezca la justicia cuando casi no hay gente que se brinde individualmente en pos de una causa justa”, dijo Sophie. “Un día tan lindo, tan soleado, y debo irme” —continuó diciendo— “pero, ¿qué importa mi muerte, si a través nuestro miles de personas se despiertan y comienzan a actuar?”
Las últimas palabras que Hans Scholl gritó desde la guillotina fueron: “¡Viva la Libertad!”.
Luego de meses de interrogatorios por parte de la Gestapo para obtener los nombres de sus camaradas, Willi Graf fue ejecutado. Su pensamiento final fue: “Ellos continuarán lo que nosotros hemos comenzado”.
Alexander Schmorell y el profesor Kurt Huber fueron ejecutados el 13 de julio de 1943. Los sobrevivientes recuerdan las últimas palabras de Huber como una reafirmación de su postura humanitaria; una lección de orgullo y fortaleza.
Jurgen Wittenstein fue interrogado por la Gestapo pero no pudieron probar su participación, de modo que lo dejaron en libertad. Consiguió ser transferido al frente, más allá del control nazi, y resultó ser el único sobreviviente. Luego de la guerra se trasladó a Estados Unidos, donde obtuvo el título de doctor, y recibió un premio del gobierno de Alemania Occidental por su valor.

Nadando contra la corriente. Con la caída de la Alemania Nazi, La Rosa Blanca pasó a representar la oposición a la tiranía en la psique alemana, al no haber tenido interés en un poder personal o un autoengrandecimiento. Su historia se hizo tan conocida que el compositor Carl Orff declaró (según algunos sin fundamento) a sus interrogadores aliados que fue un miembro fundador de La Rosa Blanca, siendo por ello liberado. Y aunque conocía personalmente a Huber, se carece de otros indicios (salvo las palabras del propio Orff) de que estuviera realmete involucrado en el movimiento, por lo que es posible que su afirmación no tuviera otro propósito que evitar la cárcel.
La plaza donde se encuentra el hall central de la Universidad de Múnich fue rebautizada “Geschwister-Scholl-Platz”, en recuerdo de Hans y Sophie Scholl; y la plaza contigua, “Professor-Huber-Platz.” Varias calles y lugares en toda Alemania recibieron nombres en memoria de los miembros de La Rosa Blanca y doscientas escuelas alemanas llevan el nombre de los Scholl.
Las actividades del grupo han sido tema de dos películas alemanas: Die weiße Rose, de 1982, dirigida por Michael Verhoeven, y presentada en Estados Unidos como The White Rose, y Sophie Scholl; Die letzten Tage, de 2005, dirigida por Marc Rothemund [recientemente exhibida en Colombia].
“La Rosa Blanca es una página radiante en los anales del Siglo Veinte. El coraje de nadar contra la corriente de la opinión pública, aún cuando fuera equivalente a un acto de alta traición, y el convencimiento de que la muerte no era un precio demasiado alto a pagar por seguir los dictados de la conciencia”, escribe Clara Zimmerman en La Rosa Blanca: su Legado y su Desafío.

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*Nota elaborada a partir de un artículo de Margie Burns, en el website de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, con datos adicionales de Wikipedia y otras fuentes.

El reversazo del año

Nuevos y viejos vicios políticos hundieron la ley que otorgaba derechos a parejas del mismo sexo.

Análisis
Programa Congreso Visible*
Especial para Un Pasquín

“Para ser un tema tan polémico y espinoso como lo son los derechos LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas) en Colombia, las bancadas funcionaron bastante bien; al fin y al cabo tan solo 16 de los 102 senadores –15.6%– se apartaron de la decisión mayoritaria de sus respectivos partidos”. Hace ocho meses, estas optimistas palabras sirvieron para reseñar el resultado del segundo debate del proyecto de ley que busca reconocer los derechos patrimoniales a las parejas del mismo sexo.
Sin embargo, del optimismo inicial y de la relativa disciplina partidista observada a lo largo de su trámite no quedó mucho: la iniciativa, a pesar de haber sido aprobada en los cuatro debates reglamentarios en el Congreso, se hundió el pasado martes 19 de junio durante la sesión plenaria del Senado convocada para conciliar el texto del proyecto. El procedimiento y posterior decisión de archivarla, aunque legales, no dejan de producir escozor.
“Artimaña de última hora”, “recoveco judicial” y “traición”, fueron algunos de los calificativos que usaron los partidarios del proyecto para explicar tan nefasta decisión. Pero más allá de las suspicacias que se puedan generar, el interrogante a responder, y que debe estar rondando la cabeza de muchos ciudadanos en Colombia y en la comunidad internacional, es cómo un proyecto puede a último momento recibir 34 votos en contra y 29 a favor, después de haber alcanzado 49 y 62 votos de apoyo en su segundo y tercer debate, respectivamente, y de recibir el apoyo público de la bancada del Liberalismo, el Polo Democrático y el Partido de la U, que juntos suman 48 senadores.
Una primera respuesta se puede encontrar en el ausentismo parlamentario y que en la sesión de ese martes 19 puso en riesgo el quórum para el debate de este proyecto de ley. El hecho de que un alto número de los parlamentarios ausentistas fueran del PDA y, en menor medida, del Liberalismo –ambos impulsores de la iniciativa– fue definitivo para que la propuesta en beneficio de las cerca de 300 mil parejas homosexuales que se calcula existen en Colombia no alcanzara las mayorías necesarias, logradas anteriormente.
Un factor aun más grave fue la inoperancia de la Ley de Bancadas, como lo denunciaron parlamentarios de todas las tendencias políticas. Por lo menos seis miembros del Partido de la U (José David Name, Luis Élmer Arenas, Adriana Gutiérrez, Jorge Visbal, Jairo Clopatofsky y Juan Carlos Vélez) votaron negativamente, desatendiendo la decisión interna de la bancada de apoyarlo. Incluso el PDA –que manejó como caballito de batalla en la campaña electoral de 2006 el apoyo a proyectos de ley de esta naturaleza– no pudo evitar que el senador Jesús Bernal votara negativamente. Claro que, en su defensa, Bernal a lo largo del trámite del proyecto votó sistemáticamente en contra, algo que no pueden decir senadores como Mario Uribe (Colombia Democrática) y José David Name (Partido de la U), entre otros, quienes en el segundo debate se habían distinguido como abanderados del proyecto.
Resulta impugnable y preocupante que la colectividad más grande en el Senado no tenga una posición clara y coherente frente a temas tan relevantes como el de los derechos LGBT. Es inconcebible que un partido que se autodefine como moderno no pueda asegurarles a sus electores una posición ideológica congruente.
No se puede dejar de reseñar la falta de coherencia de tres senadores más, finalmente opositores de este proyecto de ley, pero que públicamente como candidatos [a través de la base de datos del programa Congreso Visible] aseguraron que de ser electos para el cuatrienio 2006-2010 apoyarían iniciativas sobre estas temáticas: Adriana Gutiérrez y Jorge Visbal, ambos del Partido de la U, y Óscar Darío Pérez, de Alas Equipo Colombia. Los tres incumplieron este compromiso de campaña. Conocer sus motivos y justificaciones se convertiría en un muy buen tema en un eventual ejercicio de rendición de cuentas.
Incoherencias e incumplimientos como los reseñados, le hacen mal a la ya deteriorada imagen del Congreso de la República, a la recién estrenada Ley de Bancadas y por ende al régimen democrático del país, al tiempo que niega los derechos mínimos a la población LGBT en Colombia, que, si de algunos sectores retardatarios del Congreso dependiera, deberían ser considerados como ciudadanos de segunda. Esta conducta no la puede pasar por alto la ciudadanía, deberá ser materia de seguimiento por parte de la Sociedad civil y deberá sopesarse cuando los partidos y parlamentarios involucrados se presenten a unas nuevas elecciones.

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*Depto. de Ciencia Política; Universidad de los Andes.

Los testaferros de la barbarie

Opinión de Jorge Gómez Pinilla*
Especial para Un Pasquín

Es de todos sabido que Pablo Escobar pasó de robar lápidas y desguazar carros, a transportar cocaína a Estados Unidos. Recogía la plata para pagar los envíos en las propias calles de Medellín, donde al que ponía determinada cantidad le devolvía el doble, en cosa de días. A esta cadena de la fortuna se ‘afiliaron’ empresarios y miembros de prestantes familias, quienes luego habrían de sufrir las consecuencias, cuando Escobar, al ver que lo dejaron solo, le declaró la guerra al país entero. Guerra que terminó ganando, con la aprobación de la no extradición, en la Constituyente del 91. Después se fue a vivir a una finca, desde donde seguía delinquiendo y rumbeando, hasta el día en que el presidente César Gaviria se enteró y quiso aplicarle el tatequieto.
Hoy, otra espada de Damocles pende sobre el país. Ante los ojos de muchos, unos porque intencionalmente se los vendaron y otros porque fueron puestos a mirar hacia otro lado, los dineros y las mañas y los cabecillas de esas mafias que heredaron las rutas y el inmenso poder del capo di tutti capi, siguieron haciendo de las suyas. Carlos Castaño empezó como narcotraficante, Salvatore Mancuso como ganadero. Cuando a Castaño las FARC le secuestraron y mataron al papá, juntó armas y amigos y hermanos y voluntades y les declaró su propia guerra, y nacieron y crecieron y se reprodujeron por todo el territorio las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). A medida que a punta de masacres y motosierras le arrebataban terreno a la subversión, fueron obteniendo por la trastienda la complaciente colaboración de empresarios, políticos, ganaderos y, lo que es ya inocultable, el apoyo táctico o logístico de numerosos “miembros aislados” en los organismos de seguridad del Estado.
Hace diez años, en círculos paisas se hacían colectas de joyas para enviárselas a Castaño y/o a Mancuso, no con el fin de obtener réditos como en la era Escobar, sino convencidos de que por fin iba a ser posible derrotar a la guerrilla. Si en cuatro décadas las Fuerzas Militares no lograron derrotar a la insurgencia, fue una especie de ‘bendición’ que comenzaran a aparecer sujetos rudos, malosos y dispuestos a actuar como testaferros de la barbarie. (A cambio de algunos favores, claro, pues “no hay almuerzo gratis”).
En la cresta de la ola antisubversiva, fortalecida por la soberbia intransigente y asesina de las FARC durante el Gobierno de Andrés Pastrana, surgió redentora la imagen de un Álvaro Uribe en quien los sectores guerreristas de derecha pusieron sus complacencias, por simple coincidencia de intereses. Así abunden los indicios, no existe aún la prueba reina de que éste haya prohijado el contubernio entre paras y política, pero en algún momento tendrá su costo político que alguien de su más íntima confianza como el ex director del DAS Jorge Noguera –a quien no deja de defender- resultara uña y mugre de Jorge 40 (¡hasta usaba el carro presidencial!), o que el Luis Camilo Osorio que absolvió de toda culpa al nefando general ® Rito Alejo del Río sea el mismo de quien Uribe dijera que “a ese Fiscal deberían clonarlo”.
La paradoja radica en que el escándalo por la vinculación de políticos y funcionarios del Gobierno con los grupos paramilitares beneficia a estos últimos, pues acrecienta su ya inmenso poder sobre el establecimiento, en directa proporción con la capacidad de intimidación que adquieren. En palabras de Marshall McLuhan, “el que tiene la información, tiene el poder”. Y tan cierto como que “no hay almuerzo gratis”, lo es que el país comienza a padecer de una terrible indigestión… moral.

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*Periodista; director del periódico ‘El Sábado’.

Buscar salidas

Las Farc siguen haciendo de las suyas, en una evolución ‘polpotiana’ de esa organización, que acude al terror indiscriminado.

Opinión de Ricardo Sánchez Ángel*
Especial para Un Pasquín

En el laberinto de las guerras colombianas, la que está más perdida que el hijo de Lindberg, es la que desde finales del siglo pasado se adelanta contra el narcotráfico. La fumigación y erradicación del cultivo de coca no progresa significativamente y en datos de las agencias norteamericanas, el área de cultivos alcanza cifras de alta peligrosidad, más de 150.000 hectáreas sembradas. Según los datos de la ONU-Sinci, son 78.000 hectáreas, una cifra alta y que no muestra progresos.
Esto indica, sin eufemismos que la comercialización internacional está consolidada y en proceso de expansión en Europa, Rusia, Asia y América Latina; que las rutas se han diversificado, sofisticado y que nuevos grupos de narcotraficantes experimentados han ocupado la escena del negocio. Indica, igualmente, que la corrupción de las autoridades, la violencia y el armamento de grupos de sicarios aumenta.
La política del señor presidente ha sido la de profundizar la guerra contra el narcotráfico, haciendo énfasis en la siembra y en las áreas rurales. La cadena del negocio sufre golpes pero no se rompe y se endurece en sus eslabones. Sectores de la policía y de las fuerzas armadas están envueltos en la participación de esta empresa criminal, afectando en materia grave las instituciones. La masacre en Jamundí del cuerpo élite de la policía antinarcóticos por miembros del ejército es elocuente. Las campañas electorales se han visto comprometidas, y las próximas de gobernadores, alcaldes, concejales y diputados ya lo están con la influencia de estos dineros, estiércol del Diablo, que junto con la acción intimidatoria de los paramilitares, hacen, en buena parte, de la democracia electoral un fraude en Colombia.
Por su parte la subversión guerrillera continúa haciendo de las suyas. Forma parte del legado heroico de las Farc, la masacre de los Diputados del Valle del Cauca, el mantenimiento de los secuestrados-retenidos, en una evolución Polpotiana de esa organización, que acude al terror indiscriminado. Algo repugnante y repudiable. Y el gobierno del señor presidente lavándose las manos ante su fracaso por omisión en el acuerdo humanitario, ya que escogió la vía militar para el rescate.
La acción de sometimiento de los paramilitares se está cumpliendo en forma inversa; son la sociedad y el Estado de Derecho supérstite los que están sometidos a los intereses de esta capa de neolatifundistas y financieros. El colapso de la Fiscalía y la justicia penal está a la vista de todos.
En el escenario internacional, la exhibición de las realidades criminales de la sociedad y el establecimiento han producido duras reacciones, incluso en aliados tradicionales. En Estados Unidos la alta política del partido demócrata, los sindicatos, los afroamericanos, los latinos e intelectuales han repudiado las acciones y omisiones del gobierno del señor presidente en la parapolítica. El propio gobierno de Bush, el gran protector del señor presidente, ha expresado reservas sobre el Plan Colombia–Patriota en la lucha antinarcóticos y antisuvbersiva. El congreso americano reorienta los recursos para los planes y condiciona duramente su aplicación en materia de derechos humanos y lucha contra el crimen organizado. El señor presidente se enfrenta con Francia, España y Suiza por su postura ante el acuerdo humanitario. La extradición ha resultado ineficaz para combatir el delito y más bien ha generado la desmoralización de las instituciones de la justicia al aumentar el tutelaje sobre ellas.
Se hace urgente un viraje en la política antidrogas, que parta de soluciones propias, colombianas y latinoamericanas, y no las soluciones “impuestas” por las agencias norteamericanas. Existe un contexto andino favorable para esa búsqueda con las posturas soberanas y de colaboración de los gobiernos de Correa en Ecuador y de Evo Morales en Bolivia, al igual que de Chávez en Venezuela. El presidente García del Perú, identificado con el colombiano, apoyaría, al igual que el presidente Lula de Brasil. El corredor centroamericano y el Caribe, así como México estarían interesados en participar en soluciones latinoamericanas al grave asunto del narcocapitalismo.
Una iniciativa colombiana de gran calado, para concertar en una Conferencia continental, un pacto que saque al continente del narcocapitalismo, tendría un buen recibo en la opinión colombiana e internacional. Sin desafiar a nadie, pero con autonomía y creatividad, debemos legitimar el debate de soluciones, de políticas públicas, buscando la colaboración de las Naciones Unidas y el mundo científico de los europeos y norteamericanos. Colombia sola no puede encontrar soluciones, si realiza un viraje hacia su destino común, el de los países andinos y latinoamericanos, podrá encontrar caminos ciertos y no seguir dando palos de ciego.

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*Profesor de la Universidad Nacional y de la Universidad Externado.

El ‘perico’ y el perro que se muerde la cola

Nuestros más valientes compatriotas han muerto embestidos por el monstruo del narcotráfico. Nos debería indignar que el gobierno siga pagando con nuestras vidas la doble moral de los gringos.

Opinión de Guilario
Especial para Un Pasquín

Preguntar quién es el culpable de la guerra en Colombia es la manera ideal de empezar una pelea. Que la guerrilla, que el abandono del Estado, que los corruptos, que la oligarquía, que los paramilitares… A primera vista parecería que todos tienen algo de culpa y sin embargo mirando a América Latina Colombia no es el caso más grave en ninguno de estos aspectos. Casi todos los países de Centroamérica tuvieron guerrillas; países como Perú y Bolivia tienen a su gente en un abandono muchísimo mayor que el que la tiene el gobierno colombiano; la corrupción mexicana hace palidecer a la nuestra y los paramilitares nicaragüenses fueron igual de bárbaros a los colombianos. Y sin embargo ninguno de los países latinoamericanos sigue poniendo 20.000 muertos al año por un conflicto armado.
¿Por qué? El único fenómeno que aqueja exclusivamente a nuestro país y que permite financiar ejércitos gigantescos dedicados a asesinarse mutuamente tiene nombre propio: la cocaína. Y contrario a todos nuestros señalamientos y golpes de pecho no es culpa ni de la guerrilla, ni de los paras, ni de la oligarquía. Es culpa de una gente que no sabe escribir el nombre de nuestro país y que tendría una enorme dificultad para encontrarlo en un mapa.
Tan solo hace un par de semanas el periódico The New York Times publicó un artículo documentando lo casual que se ha convertido el consumo de cocaína en la sociedad gringa. Según el artículo el consumo ya ni siquiera es motivo de vergüenza y cita a un periodista de la vida social neoyorquina diciendo que la cocaína es más aceptada socialmente que el cigarrillo. Según el periodista “uno puede entrar a una fiesta y meterse una raya y nadie se da cuenta, pero si uno saca un cigarrillo reaccionan como si uno hubiera sacado una pistola”. Otro tipo que trabaja en bolsa dice: “yo meto todos los días” y explica que “si yo me tengo que levantar a trabajar a las 6 de la mañana y quiero estar en control, lo hago. Me meto un gramo de coca y me gano un millón de dólares” .
No es que yo crea que meter cocaína es malo en sí, si los yupis quieren quemarse el cerebro no me podría importar menos. Lo que sí me parece inaudito es que nos sigamos matando a este ritmo para mantenerlos “sanos”. Creo que a veces no estamos muy conscientes de cuánto nos cuesta pelear una guerra que tiene como único objetivo salvaguardar la salud de la élite gringa. Nuestros más talentosos y valientes compatriotas han muerto embestidos de una u otra forma por el monstruo del narcotráfico. La sangre de Galán, de Bernardo Jaramillo, de Carlos Pizarro, de Álvaro Gómez, de Jaime Garzón son el precio que pagamos para que Paris Hilton, Kate Moss, Britney Spears y Lindsay Lohan puedan continuar con su estilo de vida. Estas niñas que imponen la moda en música, en formas de vestir y que simbolizan el tipo de vida de alguien exitoso, evidentemente también imponen la moda en consumo de estupefacientes. Eso sí, a ellas no las fumigan, ni las extraditan, ni las acosan; ellas son todo lo que alguien puede aspirar a ser y su mala maña de polvearse la nariz es parte esencial del glamour que derrochan. Como dice otro escritor citado en el artículo de The New York Times, “en una cultura obsesionada con la fama, el hecho de que la cocaína te hace sentir rico y famoso la convierte en la droga perfecta para nuestra era”.
El hecho de que al gobierno gringo le preocupe más la salud de los yupis de Wallstreet y las vedettes de Hollywood que la muerte y la corrupción en Colombia no nos debería sorprender. Pero sí nos debería indignar que nuestro gobierno siga pagando con nuestras vidas la doble moral de los gringos. Como un perro que se trata de morder la cola, el gobierno sigue poniendo en práctica una estrategia que no va a ser exitosa jamás, porque no está diseñada para solucionar el problema sino para que los gringos lo puedan seguir evadiendo. ¿Cuántos muertos más estamos esperando para rebelarnos, cuántos edificios del DAS, cuántos Centros 93, cuántas Ingrids Betancourt queremos que pasen para que tengamos el coraje de diseñar una política que haga a Estados Unidos asumir su responsabilidad en el problema de la droga? Al paso que vamos, nuestros hijos y nietos verán un país igual de partido en dos por el narcotráfico que el que le tocó a la actual generación.
Hace unos días, muy ingenuamente, la revista Semana titulé en su portada: “Se metieron al rancho”, en referencia a la intervención de Sarkozy, Pelosi y Bush en asuntos internos colombianos. Señores de Semana, “el rancho” es y ha sido de ellos hace rato y en gran parte por eso es que no funciona. Mientras sigamos obedeciendo órdenes de los países desarrollados Colombia seguirá sacrificando a sus más valiosos hijos en el altar de la cocaína, o si lo prefieren así, en el altar de Paris Hilton.

Del manejo de los ‘subsidios’

Opinión de Juan Manuel López Caballero*
Especial para Un Pasquín

El Gobierno ha defendido en su retórica un modelo supuestamente ‘no asistencialista’, que rechaza los subsidios, y que debe evitar cualquier distorsión en contra de la ‘libre competencia’.
La realidad contradice mucho de tal presentación, pero no parece ser porque se haya optado por renunciar a él.
Las relaciones naturales en cualquier comunidad hacen que haya grupos de individuos que se encuentran en condiciones desfavorables ante otros que se benefician del orden existente. Lo que los exégetas de ese modelo llaman despectivamente ‘asistencialismo’ es la ayuda que se les da a esas personas con capacidad inferior de competencia para así compensar esas desigualdades y permitirles sobrevivir en condiciones si no de igualdad por lo menos sí dignas; con ello se busca la igualdad de oportunidades, o, por lo menos que no queden elementos marginados y subalternos en una sociedad.
No es eso lo que está sucediendo aquí.
La exoneración de impuestos a ciertos sectores privilegiados ya ha sido reiteradamente denunciada (y en todos los estudios se ha recomendado desaparecerlas por ineficientes e inequitativas).
Ahora, con la situación producida por la revaluación del peso, el Presidente o sus Ministros presentan como ‘esfuerzo del ejecutivo’ los ‘auxilios’ que están dando a ciertos sectores para superar la crisis. Pero los subsidios o ‘ayudas’ que hoy el gobierno reparte a manos llenas no se insertan dentro del propósito de subsanar las deficiencias de un modelo sino en el de reforzar su característica principal, en este caso el culto de la personalidad y el autoritarismo.

Dos ejemplos parecen claros:
En el caso de la revaluación del peso, con los recursos que se destinan a cubrir las pérdidas que esta produce a los exportadores no se busca corregir ese fenómeno sino aceptarlo y respaldarlo; en la medida que selectivamente se privilegia a un sector (y dentro de él a pocos individuos) es inequitativo además de nocivo; pero sí logra el objetivo de que dependa de una decisión presidencial a dedo quien recibe la gracia del poder.
Igualmente se habla de los miles de millones de pesos que se otorgan a 750 mil familias bajo los programas de ‘familias en acción’ de acción social’, etc., repartiendo entre 16.000 y 300.000 en cheques para ancianos o por cada niño que vaya a la escuela. Pero así no se están creando las escuelas, hospitales y sobre todo puestos de trabajo que responderían a las necesidades de esa población, sino condicionando a quienes los reciben a depender de esa ‘semilimosna’, lo cual equivale a decir a depender de quien la reparte.
Otros gobiernos montaban programas como el DRI o el Sisben que funcionaban anónimamente y buscaban dar respuesta institucional a ciertos problemas; hoy todo el que recibe un subsidio se lo atribuye –y con razón– a la voluntad soberana del presidente, y casi siempre lo recibe directamente de sus manos.

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*Economista e investigador.

¿Libertad de prensa?


&uotPeriodistas sin garantías para cubrir proceso de justicia y paz.

Denuncia de Alianza FLIPYS*
Especial de Un Pasquín

En medio de la zozobra trabajan los periodistas que cubren las audiencias judiciales de los desmovilizados de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) en Medellín, capital del departamento de Antioquia. Con mayor frecuencia, su labor está siendo observada y documentada –a través de grabaciones y fotografías– con fines desconocidos. Adicionalmente, reciben mensajes y respuestas intimidantes en las entrevistas que llevan a cabo afuera del centro administrativo de esa ciudad, donde se realizan las diligencias. Además de autocensurar a los periodistas, este espiral de miedo y desconfianza comenzó a silenciar a las víctimas de las AUC, quienes habían salido del anonimato para exigir verdad y reparación.
El 15 de julio de 2003, el gobierno y las AUC firmaron el Acuerdo de Santa Fe de Ralito, según el cual este grupo armado se comprometió a desmovilizarse gradualmente hasta desaparecer. Hasta finales de 2006, el gobierno afirma que 31.671 combatientes de este grupo se han desmovilizado. Según informó el periódico El Tiempo el 17 de junio pasado, seis meses después de iniciadas las audiencias preliminares de la Ley de Justicia y Paz (marco legal del proceso) y hasta entonces, 40 paramilitares de un total de 2.812 han rendido versión libre en el país.
“Normalmente, en este tipo de eventos los periodistas se encuentran en el lugar mientras hacen ‘lobby’ para conseguir entrevistas. Como no pueden ingresar a los recintos donde los paramilitares rinden sus testimonios a los fiscales de Justicia y Paz, esperan afuera, donde confluyen familiares de víctimas y amigos de los mismos paramilitares”, explicó la Revista Semana el pasado 8 de junio sobre la manera como se hace el cubrimiento. Es allí donde algunos desmovilizados de las AUC y desconocidos allegados a este grupo han registrado de manera sutil la actividad de los periodistas. Con algo de recelo y miedo, los comunicadores se acostumbraron a la extraña vigilancia: rondas en moto, fotografías y apuntes.

Intimidación, provocación. El pasado 6 de junio la situación se tornó crítica. Por un lado, el ex jefe paramilitar del ‘Bloque Élmer Cárdenas’, Fredy Rendón Herrera, alias ‘El Alemán’, afirmó en la audiencia que la prensa era tendenciosa y estaba “infiltrada por la guerrilla”. Por el otro, en las afueras de la Fiscalía un grupo de desmovilizados, familiares y gente al parecer contratada para el efecto, realizaron una enorme concentración. Una manifestación de jolgorio que se convirtió en un ultraje y una provocación para el disminuido número de víctimas. Mientras los primeros celebraban, los segundos trataban simplemente de leer un comunicado con los delitos atribuidos a ‘El Alemán’.
El periódico El Colombiano afirmó que se trató de por lo menos 370 seguidores del ex jefe paramilitar que llegaron en 13 buses de la población de Necoclí, con alimentación y alojamiento pago durante dos días.
Explicaron que apoyaban el “trabajo social” realizado por Rendón Herrera en la región de Urabá. Apabullaron y opacaron a las cerca de 70 víctimas, familiares y representantes de éstas, con un ‘carnaval’ con banda de música papayera, conjunto vallenato, danzas, papel picado, animación con megáfonos, aplausos, gritos y flores.
Fredy Rendón acompañó la manifestación de los desmovilizados bailando asomado por una ventana. Según le dijo una funcionaria de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación a un grupo de periodistas, Rendón explicó que pararía de bailar si realmente aliviara el sufrimiento de las víctimas, pero como no era así, continuaría haciéndolo.
Una periodista de un noticiero de televisión explicó la sensación generalizada de ese día:
Si bien otras veces hemos notado la presencia de ellos, pendientes de qué hablamos con las víctimas, ese día fue algo muy descarado. Todo el tiempo hubo dos tipos parados a menos de metro y medio. Nunca me dijeron nada, pero miraban de una manera agresiva, diciendo “aquí estamos”. Era una forma de intimidar. El camarógrafo me hacía señas, me decía: “pilas con estos tipos”. La misión de ellos era estar pegados al lado mío como un chicle.

El temor ronda las salas de redacción y de prensa, y las preguntas son obvias: ¿para qué nos toman fotos, nos graban y nos siguen en las entrevistas que hacemos?, ¿qué uso le van a dar a ese material?, ¿qué va a venir en las próximas audiencias si no se toman las medidas necesarias?
“Es una forma de amedrentamiento e intimidación. No creemos que esas fotos se tomen para hacer una memoria o un libro histórico. Son fotos e imágenes individualizadas de cada uno de los periodistas”, comentó Fernando Cifuentes, periodista de Teleantioquia y Presidente de la Asociación de Periodistas de Antioquia (APA).
Como también son intimidaciones los calificativos de los desmovilizados, voceros políticos y jefes de prensa de las AUC para referirse a los periodistas. Las declaraciones de ‘El Alemán’ son apenas un ejemplo. En ocasiones han dicho públicamente frases como las siguientes: “Este es un periodista amigo del proceso…”, “este es un periodista enemigo del proceso…”, “hay periodistas menos responsables que otros…”.
Esta clasificación estigmatiza a los periodistas y los sitúa de manera arbitraria en uno u otro bando. Nuevamente, los interrogantes son lógicos e igualmente preocupantes: ¿quiénes son los hombres y mujeres que están en la lista de los ‘amigos’ del proceso y quiénes en la lista de ‘enemigos’? ¿Qué consecuencias puede traer ser considerado enemigo del proceso?

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*Fundación para la Libertad de Prensa e Instituto Prensa y Sociedad.

¡NO MÁS!


Es hora de que los colombianos recuperen las riendas de su voluntad, hoy en manos de guerreros enloquecidos.

Opinión de Iván Marulanda Gómez*
Especial para Un Pasquín


Les diré cuál es mi interpretación de lo que acontece en el país: La angustia entrampó a los colombianos, los anuló. Desde hace años, en su gran mayoría, se volvieron gregarios, perdieron la voluntad, el criterio, entregaron la iniciativa, están postrados y aturdidos por el desconcierto. Los problemas que derivaron en el desmadre de la violencia, los doblegó y los llevó a la desesperación, se desorientaron.
Las gentes van al garete, sin ánima. Desfilan dejadas, con las mentes ausentes, como autómatas, detrás del jefe de la manada que las conduce por riscos y abismos espeluznantes que escoge a su arbitrio, sin controlarse y sin quién lo controle. El guía marca el paso de esta excursión de fantasmas a punta de gritos y aspavientos, para que no lo pierdan de vista. Va desaforado, es teatral, patético, trágico. Sus sentidos no discurren por los escenarios de la razón, sino de la pasión. Da tumbos embriagado y extraviado en sus iras, en sus instintos más primitivos, furioso.
En este teatro del absurdo, las Farc entran por sus presas como hienas, se sacian en ellas y luego se escurren por los meandros del monte que las devuelve a sus guaridas. Son hordas de bárbaros.
Y les diré qué creo se debe hacer.
¡No más! La situación a la que llegó Colombia con sus diputados secuestrados en el Valle del Cauca, abandonados durante más de cinco años por el gobierno y la sociedad, para rematar la infamia asesinados y sus restos tirados en el monte, es demencial, insoportable, intolerable. La población tiene qué sacudirse, despertar de la perplejidad, recuperar su autocontrol y zafarse de los delirios del presidente. De la locura a la que se ha llegado, no se sale de la mano de este hombre arrobado en el fanatismo de la guerra, en su odio y en su sed de venganza.
Acuerdo humanitario es la orden que obliga dar al pueblo, que es soberano.
Álvaro Uribe sacó del infierno al que se metieron por voluntad propia narcotraficantes y paramilitares, genocidas es su verdadera denominación, otras hienas. A cumplir esa misión llegó al gobierno de entrada. A sacarlos con guante de seda, impunes e indemnes, de su lodazal. Les entabló diálogos en zona de tolerancia y les hizo leyes y promesas que son motivo de vergüenza ante la humanidad. Es explicable, son sus aliados políticos.
Álvaro Uribe suelta de las cárceles a guerrilleros sin penas ni contraprestaciones. Vaya usted a saber qué lógica tiene esto dentro del laberinto que armó con tanta meticulosidad.
Álvaro Uribe deja que se pudran en el infierno de la selva miles de inocentes que soportan la agonía del secuestro y sus familiares que se consumen en la espera sin esperanza de sus seres queridos. Y como si fuera poco, mientras se jacta en la alharaca y el delirio de sus discursos, los asesinan. Esas víctimas sin culpas e indefensas no son para él sujetos de derecho ni merecen compasión. Para ellas no hay zona de tolerancia, ni diálogos, ni leyes, ni concesiones. Sólo sufrimiento y para rematar, el martirio. Tiro de gracia y tumbas en el rastrojo.
¡No más! La actitud de sumisión en la que vienen postrados millones de colombianos durante los últimos años, da vergüenza, debe superarse. Es hora de que recuperen las riendas de su voluntad y de su destino, hoy en manos de guerreros enloquecidos.
Acuerdo humanitario tiene que ser la orden, desde las calles hoy mismo, desde las urnas en octubre. Por la libertad de los inocentes. Por la justicia con sus familias. Por la dignidad de esta nación, demolida en la infamia y la desidia.
Las familias del Valle que sufren el suplicio al que las sometió este país de violentos y de gentes sin corazón, saben lo cerca que estoy de su dolor. Las familias de los secuestrados que aún sobreviven, saben lo cerca que estoy de su causa por la recuperación con vida y cuanto antes de los seres queridos en cautiverio.
Del lado de unas y otras no me he movido, no me moveré nunca. Hasta que esta pesadilla llegue a su final.

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*Ex Constituyente.

La Patria 11, Colombia 0

Opinión de Sumercé*
Especial para Un Pasquín

¡Bendito sea mi Dios! —como diría nuestro bienamado Patrón—, y la selección Colombia de fútbol perdió con todas las de la ley en su enfrentamiento contra Paraguay y contra Argentina. ¡Bendito, bendito sea mi Dios!, porque si hubiera ganado el jolgorio en la jinca sería de tal magnitud que, a esta hora, muy pocos recordarían que apenas nos enteramos de la siniestra muerte de 11 colombianos.
Aquí vamos, con un esplendoroso 0 de la selección Colombia, versus un pavoroso 11 de la patria y… no pasa, no pasará nada. ¿Qué son 11 muertos en cautiverio, cinco años de secuestro, para un pueblo dispuesto a olvidar en segundos la tragedia del país por cuenta de un gol? Qué vergüenza con los familiares de los diputados quienes, si les va bien, luego de cinco años de un sufrimiento indescriptible deberán resignarse a recibir como premio por su lucha, por su persistencia, los restos de sus seres queridos.
Sumercé está hasta la coronilla de oír y leer que si el Patrón o si las Farc hacen o no hacen; si tienen voluntad o no la tienen. ¡NO LA TIENEN! Y punto. Tanto para el uno como para los otros la vida de los colombianos secuestrados, cautivos, retenidos (como quieran denominarlo) importa menos que nada. Al paso que vamos la historia de realizar un Intercambio Humanitario terminará extinguiéndose por simple sustracción de materia. Pero eso sí la soberbia de ambos proclamará dentro y fuera de la paaaaatria, que resultaron ganadores en una contienda sobre la que la mayoría de los colombianos se hicieron los pendejos.
Eso es lo peor de esta historia. La indolencia de un pueblo incapaz de solidarizarse con quienes padecen el secuestro. ¿Cómo es posible, se pregunta Sumercé, que las calles de todas las ciudades de Colombia no estén inundadas de ciudadanos dolidos, aterrados, que exigen a quienes tienen en sus manos la libertad de los secuestrados, su inmediato regreso? ¿Dónde están los colombianos que consideran el secuestro un horror? ¿Dónde están los colombianos que no soportan la idea, que son incapaces de dormir, comer, sin pensar que a esa misma hora cientos de colombianos se pudren en las selvas de la paaaaatria? ¿Dónde…?
Seguramente pendientes de ver en su televisor “el partido definitivo para la selección”. Eso es lo verdaderamente importante. Así lo demuestran los raitings televisivos y la bendita indolencia de los programas radiales que, una vez confirman la muerte de 11 colombianos sacrificados en una guerra, como todas las guerras, absurda, ponen músiquita, hablan de Paris Hilton y siguen igual que antes de conocer la noticia: dándole tratamiento de informe ligth a un conflicto que pone miles de muertos al año.
Ahora sí sacan notas sobre los 11 diputados muertos, sus familias, sus pruebas de supervivencia, enredadas en noticias superficiales, claro está, pero las emiten. ¿Y por qué no lo hicieron antes? ¿Por qué no lo hacen con TODOS LOS SECUESTRADOS, todos los días? Los colombianos debemos vivir, sin olvidar ni por un segundo la inhumana condición que padecen los secuestrados y sus familias. Si no lo hacemos, si no tomamos conciencia de que su situación es un asunto de todos los colombianos y que es un deber humano exigir un Acuerdo Humanitario inmediato, corremos el riesgo de que este drama concluya con un marcador que habrá de acecharnos por siempre: La Patria 42’888.592 – Colombia 0.

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*Analista virtual de la realidad.

Boogie, el Aceitoso; por Fontanarrosa

TRES EN UNO



Opinión de Antonio Jiménez Castañeda
Especial para Un Pasquín


NO
Las FARC, ese hervidero de narcotraficantes, secuestradores y asesinos, no van a devolver los cadáveres de los diputados ni a liberar a los secuestrados. Ambos, los vivos y los muertos que tienen en su poder, son su mercancía y principal herramienta de chantaje.


HABRÁ
Sin los secuestrados las FARC no son nada. Solamente porque tienen a Íngrid Betancourt, que es francesa, y a los tres militares gringos es que el mundo tiene en cuenta la existencia de esa organización de homicidas. Por la búsqueda de la libertad de los secuestrados y por la necesidad de sepultar a los asesinados que tienen en su poder es que el mundo les envía mensajes y les hace propuestas.


LIBERADOS
El Presidente Álvaro Uribe, esa otra desgracia que también le debemos a las FARC, contribuye a que los cinco mil secuestrados continúen amarrados a los árboles en las profundidades de las selvas, en aras de una dignidad que no tiene. Rechaza la mejor cooperación internacional que se ofrece para buscar las liberaciones pero él, como las mismas FARC que dice combatir, solamente quiere muerte y sangre. A Uribe tampoco le conviene que haya soluciones. Todos sus esfuerzos están dirigidos a proteger a los genocidas y narcotraficantes de Ralito y a sus amigos. Se necesitó que masacraran a los once diputados para que pudiéramos volver a decir que en este país hay cerca de cinco mil secuestrados por los que el gobierno ni nadie hace nada. No son 44, son miles de millares. Y aun así, Uribe y el Mono Jojoy pueden dormir tranquilos.