lunes, 2 de abril de 2007

Edición 19 ::: Portada



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Señor Escritor


[Editorial] En medio de todos los merecidos homenajes que se le han ofrecido en estos días a Gabriel García Márquez, no han faltado quienes resuelven posar de originales, o rebeledes, o independientes, o escépticos, para emprenderla contra el autor, por distintas causas.

Los de derecha le recriminan su amistad con Fidel Castro; los de izquierda lo critican por su cercanía con Bill Clinton (“se rindió al Imperio”, dicen); otros le exigen obras para Aracataca, como si él fuera el alcalde; algunos más, le reprochan que viva en México; y no faltan quienes lo acusan de haberse convertido en un fenómeno de mercadeo.

Ninguno de esos reclamos vale la pena en estos momentos, porque ahora lo verdaderamente importante es el reconocimiento que se le hace no sólo en Colombia, sino en el mundo entero, a su capacidad creadora, a su indiscutible aporte a la literatura y a la vitalidad que le ha inyectado al idioma español.

La disciplina puesta al servicio de la inventiva han hecho del Nobel un Señor Escritor, por cuya obra se merece todas las palmas que ha recibido y las que falten. Lo demás son nececedades.

Cartas de la edición impresa de Un Pasquín

Recién llegada.
Sabía pero no les había leído. Realmente nos hemos devorado esta edición del 26 de febrero, en la que por lo menos respiramos tranquilos porque descubrimos que no estamos en el lugar equivocdo. Tanto unanimismo estúpido y lambón nos está quitando el último espacio de libertad que podría tener el ser humano, cual es su pensamiento crítico. Gracias por existir.
—Constanza González

De Medellín. Es interesante tener una cara amiga acerca de todo lo que está pasando, por fin alguien que no tiene miedo de expresarse. Les mando todo el apoyo desde Medellín, hay que seguir con la labor de despertar, de contar la verdad. Gracias.
— Daniel Paniagua

De una colega. Aunque trabaje en una entidad del Estado, disfruto, no imaginan cuánto, de la publicación; soy periodista también y aplaudo el trabajo de su equipo.
—Sandra Liliana Rendón

Por el diseño. Felicitaciones a Un Pasquín y a su equipo por el reconocimiento de la SND.
— Luis Carlos Castro

Felicitaciones por su periódico y por el premio al mejor diseño. Su trabajo es una magnífica cerilla en medio de esta oscuridad.
—Luis Domingo Rincón (Domingó)

Oposición. De manera atenta me tomo la atribución (algo abusiva) de felicitarlo porque a través de este medio se puede conocer el espíritu de la resistencia civil a la democrática dictadura del estado comunitario.
—Gerald Andrei Bermúdez.

Reclamo. Casualmente vi una de las imágenes que estaba en el sitio web, una que simula un Cristo o un Santo, la cual me resulta por demás ofensiva (ya que es una imagen burlona) si usted supiera la grandeza que se encuentra en la religión, definitivamente no lo haría. Tal vez su intención no fue directamente un ataque contra la fe, pero aún así resulta grosera. Le pediría por favor que respete algo tan sublime y que se abstenga de publicar tales imágenes, por respeto. Cordial saludo.
— Alejandra Álvarez

R. Efectivamente, en esos casos la intención no es ofender, pero no nos pida autocensura.

Via Crucis anticipado

Informes de la prensa de EE.UU. sobre posibles nexos de los más altos oficiales de las Fuerzas Armadas con grupos paramilitares opacan la visita de grandes personalidades al país.

PORTADA

Redacción de Un Pasquín

El reciente informe del periódico Los Angeles Times, LAT, que vincula a los generales Freddy Padilla de León y Mario Montoya (comandantes de las Fuerzas Militares y del Ejército, respectivamente) en actividades relacionadas con el paramilitarismo, es una bofetada en pleno rostro a la administración Uribe, en momentos en que el Presidente se encuentra arrinconado por el escándalo de la parapolítica.

Del general Padilla la nota de LAT –ampliamente recogida por otros medios y agencias internacionales– decía que “podría estar implicado” en nexos con paramilitares desde cuando fue jefe del Ejército en Barranquilla.

Pero el informe es más duro con el general Mario Montoya, quien es reconocido amigo y aliado del Primer Mandatario, quien también resulta salpicado en el reportaje del periódico californiano.
Como era de esperarse, las autoridades colombianas cerraron filas para reivindicar la honra de los oficiales y desde la embajadora en Estados Unidos, hasta los propios implicados sacaron a relucir los mismos argumentos de siempre, para estas ocasiones: que muestren las pruebas, que hagan las denuncias del caso, que van a demandar a la publicación, que es una campaña de desprestigio contra el país, etcétera.

Sin embargo, digan lo que digan en Colombia el efecto ya es irreversible, y no por culpa del periódico –que con semejante prestigio no va a arriesgar su reputación basado en simples conjeturas–, sino porque pone de nuevo al gobierno, esta vez en el plano internacional, a demostrar que no tiene nada que ver con los paramilitares, señalamiento que se ha convertido en una pesada cruz para Álvaro Uribe.
Aunque el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, dijo a periodistas que estudia la posibilidad de iniciar un proceso judicial contra LAT, fuentes cercanas al estamento militar indicaron a Un Pasquín que no ven viable que el Ministro, los generales implicados o el propio Presidente acudan a la justicia estadounidense en contra de LAT.
De hecho, Santos no dijo cuáles serían los argumentos para la demanda. “Solamente van a esperar a que se aplaque este escándalo, como ha sucedido con otros”, opinó una de las fuentes.
Por su parte, en su afán por limpiar su buen nombre, el general Montoya –experto en armar shows publicitarios– acudió a un acto público de solidaridad que le fue tributado el pasado martes 27 en la Comuna 13 de Medellín, precisamente donde se desarrolló a fnales de 2002 la Operación Orión, que supuestamente le devolvió la seguridad a esa zona de la capital antioqueña.

Sin embargo el informe de la CIA citado por LAT indica que el general Montoya y paramilitares se unieron para realizar dicha operación con el fin de eliminar a posibles simpatizantes de las guerrillas en cinturones de miseria de Medellín.
Al menos 14 personas fueron asesinadas durante la operación y docenas desaparecieron.

El informe de la CIA fue entregado a LAT por un funcionario del Gobierno de Estados Unidos que se declaró desilusionado porque la administración Bush no hace mayores esfuerzos por exigirle responsabilidad al gobierno de Uribe.

Sin embargo, si en el mencionado acto lo que se buscaba era limpiar el nombre del alto oficial, al general Montoya le salió el tiro por la culata, no sólo porque lo que en principio se presentó como una acción cívica, fue promovido en buena medida por el Ejército, sino porque muchos de los que concurrieron al mismo –al que no asistió ninguna autoridad local– fueron llevados gratuitamente en busetas de la empresas de transporte público Bellanita y Tax & Col. Limitada, propiedad de Albeiro Quintero, cuestionado por supuestos nexos con el narcotraficante y paramilitar Diego Fernando Murillo, alias Don Berna.

Vale la pena recordar que a Don Berna las autoridades norteamericanas lo tienen entre ojos, pero su extradición, aunque fue autorizada por la Corte Suprema –al igual que las de Salvatore Mancuso y Ernesto Béaez–, está congelada por el presidente Uribe, como parte de los acuerdos de paz con las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC.

Por otra parte, es curioso que el segundo oficial con más alto rango del ejército colombiano acuda a semejantes estrategias, comparables con las utilizadas por el extinto narcotraficante Pablo Escobar en sus mejores tiempos, cuando era aclamado por los sectores más paupérrimos de Medellín, que lo veían como un héroe.

No resulta fácil entender por qué se presta para tales artificios el general Montoya, comandante de uno de los tres ejércitos del mundo en los que Estados Unidos invierte mayor cantidad de recursos. Con 120 mil hombres en armas y planes en marcha para incorporar 25 mil más en 2007, el Ejército colombiano es el más numeroso de Suramérica, por encima, incluso, del brasileño.

Y como si lo anterior fuera poco, funcionarios de Estados Unidos, cuyos nombres se mantienen en reserva, le dijeron a LAT que han investigado extensamente si Uribe mismo ha colaborado con los paramilitares en actividades ilegales y que hasta ahora no han encontrado pruebas. Pero subrayaron –según el diario– que tampoco lo podían descartar.

Así las cosas, y al igual que hace un año –esa vez por cuenta de las acusaciones contra el ex director del DAS Jorge Noguera– el presidente Uribe empieza otra Semana Santa con el via crucis anticipado.

Somos pobres, ¡carajo!

Cualquier argumento vale con tal de negar que gracias a la miseria nuestros niños se mueren de hambre.

OPINIÓN

De Sumercé*
Especial para Un Pasquín

Sumercé ha estado callada, pero no en silencio. ¿Quién puede gozar de la quietud del pensamiento cuando vive en un país donde las palabras lo son todo? Esta semana el barullo arrancó con la muerte por hambre (desnutrición, que suena más bonito, dicen las autoridades) de un número indefinido de niños chocoanos. Han dicho que los niños muertos son veinte, dieciséis, diez y, para hoy, llevan la cifra en seis. Con eso, arreglan el lío. Como si por el hecho de que muera un niño de hambre, y no quince o veinte, el horror disminuyera.

Pero como las palabras no cesan, al mismo tiempo nos llega la increíble noticia de que en esta indolente finquita la pobreza ha disminuido. ¿No le creen a Sumercé? Pues miren como son las cosas, un sesudo estudio, presentado por la directora de Planeación Nacional, Carolina Rentería, muestra que hemos avanzado tenazmente en la erradicación de la pobreza. Los datos son contundentes: “la pobreza se redujo en 11 puntos porcentuales, al pasar de 56 por ciento a 45 por ciento entre junio de 2002 y junio de 2006”.

Traducción, gracias al mandato del actual Capataz de la Jinca, “en los últimos cuatro años se ha logrado reducir la desigualdad”. Eso afirma el análisis de Planeación Nacional y la Misión para la Erradicación de la Pobreza y la Desigualdad. Claro, claro, el tal estudio, como toda la palabrería que agobia a la Finca, tiene su truquito, que esa es la especialidad en esta tierra, muchas palabritas que pregonan verdades a medias y encubren mentiras totales. En este caso la treta está en los lugares escogidos para adelantar el estudio: las trece ciudades principales de Colombia. Ese es el engaño visible, porque vaya uno a saber qué otros tienen los magos de las encuestas bajo la manga.

De todas maneras, sólo por eso, difundir con bombos y platillos una investigación que explora menos de la mitad de capitales de los 32 departamentos del país; que sólo incluye 13 de los 1.070 municipios que componen la Finca, podría calificarse el estudio como una farsa más.

Pero si los niños muertos no hicieron sonrojar a la doctora Carolina Rentería al momento de presentar su examen sobre la pobreza, pues qué se puede esperar a la hora de preguntarle, ¿que cómo fue señora? ¿que cómo así que debemos considerar válida una “minuciosa investigación” hecha en menos de la mitad del territorio nacional? Nada. Para eso tenemos las palabrería que hará su trabajo. Como las palabras vociferadas ante los micrófonos pueden con todo, faltara poco para que nos digan que el estudio es cierto, cierto, y que los niños muertos no cuentan porque:

•Vivían en el Chocó un departamento que no existe en Colombia.
•Como se sabía que iban a morir, ni pa qué contarlos.
•En Colombia nunca ha habido Negros o indígenas. Que no salgan con cuentos.
•Si se murieron de hambre fue por culpa de los papás que descuidan el manejo de la dieta.
•Se trata de un fenómeno que nunca antes se había producido en la Finca y, con seguridad, no se repetirá.
•Eso les pasa por no aprender a alimentarse con los millones de balas en las que se invierte el presupuesto nacional.
•Como viven en un país donde no hay conflicto, pero sí se necesita plata pa la guerra, pues ellos igual ni vivían ni necesitaban comida o atención médica.
•Los dirigentes del Chocó les quitaron la platica pa comida, salud y vivienda porque resultaron unos tramposos, sólo los de allá porque en el resto de la Finca no pasa eso.
•Los órganos de control del Estado apenas ahora descubrieron que tenían que supervisar lo de la platica en el Chocó.
Claro, como insisten en tomar agua sucia del río, pero ¿quién les quita la maña? Por eso es que no vale la pena construirles acueducto.
•¡Bendito sea mi Dios!, desde la sede principal, la Casa Grande, se ha hecho hasta lo imposible para que esa gentecita deje de ser pobre: trabajo se les ofrece; salud, ni se diga; educación, gratis y buena por todos lados. Pero no se dejan ayudar. Ya no sabemos que mañas darnos pa que reciban la ayudita que con tanto amor les queremos dar.
•La Finca va bien, muy bien, todos vivimos muchísimo mejor, así que los dos niñitos (en eso terminará la cifra) que alguna vez murieron de hambre, sólo hacían parte de la campaña de calumnias de la oposición.

Y… mejor dicho, ni sigo. Porque el verbo con que tratarán –y conseguirán– echarle tierra a los cadáveres de tres niños que semanalmente mueren de hambre en el Chocó, podría apelar a argumentos tan inauditos que bien nada de raro tendría encontrarnos mañana con un titular de prensa donde se culpe a Pablo Escobar por la muerte de los pequeños. ¿Ah? ¿Que ya lo mataron? ¿Y eso qué? Cualquier argumento vale antes de admitir que somos pobres, ¡carajo!, y nuestros niños se mueren de hambre. Y lo peor: ni eso nos duele.

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*Analista virtual de la realidad cruel.

La asfixia democrática

OPINIÓN
De Diego Laserna*
Especial para Un Pasquín

Quizás una de las críticas más coherentes y profundas de la derecha y del Uribismo a los que nos oponemos a la militarización del conflicto en Colombia es que a todo el mundo le gustaría una solución negociada pero que la terquedad y ceguera de las FARC la hacen imposible. Por lo tanto los Uribistas insisten que la única posibilidad es arrastrar a las FARC a la mesa de negociación a través de derrotas militares y que solo así se alcanzara la paz. En un país que se ha visto traicionado constantemente por los impredecibles caprichos bélicos de las FARC esta teoría goza de bastante aceptación y apoyo, sobre todo porque no ha aparecido otra propuesta sólida de cómo terminar el conflicto.

Honestamente, a la propuesta de Carlos Gaviria a la presidencia le hacia falta profundidad en el tema y partía de asumir que si se realizaban unas reformas sociales las FARC estarían más dispuestas a negociar que si solo se las atacaba militarmente. Esta creencia aunque puede ser valida, peca al pasarle el balón a las FARC y esperar que si estas están de acuerdo con las reformas negocien y que si no el país quede a la deriva con un gobierno que se opone a la militarización y una guerrilla que no quiere negociar. Aunque Gaviria puede tener razón que una voluntad de negociar varios temas que ni Pastrana ni Uribe han estado dispuestos a negociar puede facilitar un dialogo con las Farc, el riesgo de que las Farc no quisieran negociar a pesar de eso es uno que no muchos están dispuestos a correr.

Viendo a la izquierda democrática algo dubitativa frente a esta encrucijada entre el militarismo uribista y cederle la iniciativa a la guerrilla, muchos colombianos la han considerado un proyecto ilusorio y poco viable. Sin embargo, el análisis de por lo menos algunos miembros del PDA es uno mucho más profundo del que se vio en el material de campaña de Gaviria y uno que se debe resaltar a como dé lugar porque es la primera propuesta que parece sacar a la izquierda de la encrucijada.

La propuesta, conocida como ‘La asfixia democrática’, parte de la base de que el gobierno colombiano no ha podido derrotar a la guerrilla no por falta de poderío militar sino por falta de legitimidad en por lo menos algunas de las estructuras que defiende. Es decir, el gobierno no puede ganar mientras el pueblo colombiano no sienta al gobierno y a la lucha contra la guerrilla como propios y mientras no tenga claro exactamente que es lo que gana con la paz. Y la mejor forma de comprometer al pueblo colombiano en la lucha contra todo tipo de grupos armados es haciéndolo el principal beneficiario del sistema político y económico del país, es decir ampliando la democracia. Un gobierno democrático, en todo el sentido de la palabra, asfixiaría a la guerrilla sin necesidad de más militarización.

El senador Petro comparó en días pasados la situación en Colombia con la de Estados Unidos durante la segunda guerra mundial y en Irak. En la segunda guerra EE.UU. venció a un enemigo organizado y poderoso porque tenía la legitimidad de luchar por la causa correcta, mientras en Irak un puñado de muchachos armados lo tienen arrinconado porque nadie está interesado en defender lo que ellos buscan. Si en Colombia un gobierno luchara contra la desigualdad social y por la soberanía activaría a las masas a su favor en lugar de tenerlas como observadoras apáticas de un conflicto que esperan que solucione el ejército.

Esta visión de cómo solucionar el conflicto, a diferencia de la expuesta en la campaña presidencial no es pasiva y pasa por encima de lo que quieran las Farc. Si a las Farc les gusta una reforma agraria, la integración latinoamericana y que cinco gatos no sean dueños del país y eso las hace negociar con un gobierno de izquierda, bien; pero si no les gusta también están destinadas a perder porque ahora no va a estar solo el ejército tras ellas sino todo el pueblo colombiano que por fin puede ver claramente que lo único que lo separa de la prosperidad y una mejor existencia son ellas.

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*Estudiante de Economía y Ciencias políticas..

Don Quijote


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DOSIS MÍNIMA [DE RUMORES]


Mala salida. Antes de emprender su polémico viaje por Estados Unidos, el canciller Fernando Araújo recibió la advertencia del presidente Álvaro Uribe para que no se refiriera al presidente venezolano, Hugo Chávez.

Sin canciller. Sin embargo, el Ministro salió a dar las declaraciones que produjeron el agite diplomático con Venezuela, y que molestaron tanto a Uribe, que tras el incidente le dijo al propio Araújo: “No tengo canciller”.

Oídos sordos. Pero Uribe no fue el único que previno al Canciller sobre el tema. Antes del célebre viaje, Araújo se reunió con varios de sus antecesores y en una de esas reuniones le dijeron que se abstuviera de mezclar las relaciones que Colombia tiene con EE.UU. y las que tiene con Venezuela. Desoyó la voz de la experiencia.

Noticia de un secuestro. A propósito, el Canciller está trabajando con la periodista D’Arcy Quinn en un libro con el relato de su odisea de cinco años en poder de las Farc. Hay varias editoriales interesadas en publicarlo.

Más páginas. Otro libro que viene es el del periodista Gonzalo Guillén, con las conversaciones que sostuvo en un año con Virginia Vallejo, de quien se distanció hace varios meses. La obra incluye testimonios desconocidos de la ex modelo y otros testigos sobre el asesinato del ex ministro Rodrigo Lara Bonilla y la toma del Palacio de Justicia.

A la calle. Hace poco, en medio de una de sus rutinas de ejercicio en el prestigioso Club Las Lomas de México, Fernando Botero Zea fue reconocido por varios socios que, tras insultarlo, lo expulsaron del lugar. No contentos con eso, en la cartelera del club fijaron un recorte de prensa donde aparece la noticia de su condena.

La desaparición forzada de ‘Simón el bobito’

Durante la visita de Bush, el ‘genocidio’ contra las ilusiones infantiles sólo fue anécdota.

OPINIÓN

De Carlos J. Villar Borda*
Especial para Un Pasquín

Ya pasaron suficientes calendas desde el histórico domingo en que visitó a Bogotá el señor W (como lo llama Fidel) para que esto sea noticia, pero como los medios de información hicieron lo posible por ocultar los lunares de tan magno acontecimiento, nos parece que todavía es válida una relación fidedigna de un hecho tan trascendental.

Lo primero y posiblemente más importante fue la desaparición de Simón el bobito, Rin Rin Renacuajo, el Gato Bandido y, ¡ay! la Pobre viejecita. Es decir, un verdadero genocidio a las ilusiones infantiles de casi dos siglos de niñez nacional. Ocurrió que quienes organizaron la espléndida piñata para homenajear a Mrs. Laura W., contrataron cuatro desechables de la Calle del Cartucho para que se disfrazaran como los personajes de Pombo y presidieran un festín como nunca antes se había visto por estas tierras.

Las brigadas del Servicio Secreto, el FBI y la CIA que invadieron a Colombia desde meses antes de la magna efemérides, sin embargo, tuvieron un olfato más fino que el de los oragnizadores de la fiesta criolla y sospecharon que los personajes de Pombo podían esconder entre sus vistosos ropajes la bomba atómica casera, de manera que optaron por “desaparecerlos” por el método más sencillo a su alcance y de esta manera impidieron que la Pobre Viejecita muriera de mal de arrugas y encorvada como un 3, como lo relata Pombo. La única que se salvó de la carnicería fue Juanita Santos, directora del Museo, por pertenecer al clan para-Bipresidencial. Resulta obvio.

Estos fueron los mismos gringos que introdujeron el desorden en la llegada de Mr. W., cuando desviaron la caravana de su ruta original para evadir los peligros de las calles bogotanas. Y fueron también los que palaparon y manosearon a nuestros soldaditos para cerciorarse de que ninguna arma estuviese cargada de su correspondiente munición. Y así se aseguraron de que todas las actividades del día fuesen limpias e inofensivas.

Cortesía militar. En todas estas actividades no se oyó la más mínima protesta de nuestros pundonorosos militares porque todos consideraron que estaban dentro de los límites permitidos por el honor nacional. Mindefensa se rió y lo tomó a chiste y ningún diario protestó por lo que en otras circunstancias se hubiera podido considerar como un mancillamiento al honor nacional. El ilustre bipresidente, ocupado en rendirle honores al himno nacional de USA, consideró que lo impensable sería ultrajar a los visitantes y deploró una vez más que su chapuecero inglés no le permitiese cantar  a grito herido el himno del Imperio. En cuanto a los periódicos impresos, ninguno editorializó sobre estos episodios y el de mayor circulación se lavó las manos como Poncio Pilatos, insertando un par de cartas de lectores que se sintieron ofendidos.

Para rematar con broche de oro tan magno acontecimiento, la brillante piñata convirtió el Palacio de Nariño en una feria de pueblo para la repartición de los regalos sin necesidad de suspender en el aire una olla, por el peligro de que estuviese cargada de dinamita. Pero la repartición fue caótica y ajena a las tradiciones nacionales. A Mr. W. le entregaron una bolsa de mujer, sin darle explicaciones y los sombreros y los ponchos también fueron entregados sin dar explicaciones sobre su uso. El desorden fue causado en parte por el propio Bipresidente, irritado porque uno de sus hijos se había metido la mano en el bolsillo del pantalón y porque los periodistas lo acosaron con preguntas impropias sobre la extradición de nacionales.

De las siete horas exactas que el avión Air Force One pasó en tierra bogotana, solamente dos horas (como máximo) fueron utilizadas para un diálogo privado de los dos mandatarios. Diálogo facilitado porque el léxico aprendido por nuestro Bipresidente incluía las infaltables palabres “Yes, Mr. President” cada vez que el otro le decía “amigo”. Alguien quiso comparar a los dos personajes con la leyenda que se ha tejido en torno a ellos. Así se pudo descrubrir que Mr. W. no es tan tonto como dice su fama, a pesar de que sigue empeñado en decir “grikcianos” en lugar de griegos y nuestro Bipresidente no es tan inteligente como lo pintan sus amigos porque se aprovechó de una pregunta que le hicieron a Mr. W en la conferencia de prensa para tratar de vender durante diez minutos su Seguridad Democrática, esta vez en español sin tacha pero sin que nadie se creyerea el cuento de que es el ardid más ingenioso que se haya inventado desde los Reyes Magos para resolver todos los problemas de la humanidad.

Lo que causó perplejidad entre los corresponsales extranjeros fue que dos días antes de la llegada de Mr. W. un sargento de la Guardia de Honor presidencial se hubiera robado del Palacio de Nariño un cuadro del maestro Obregón y que no se encontrara preso dicho sargento, sino quienes lo descubrieron y recuperaron la valiosa obra. Esto no suele ocurrir en la Casa Blanca y nuestro Bipresidente cerró el episodio con beatífica fruición: “Ave María Purísima, siquiera recuperamos el cuadrito”.

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*Periodista.

¿El gran encubridor?

Es absurdo afirmar que los delitos de los paramilitares y de sus aliados políticos se conocieron y son investigados gracias a la Ley de Justicia y Paz y a la voluntad del Presidente.

OPINIÓN

De Enrique Parejo González*
Especial para Un Pasquín

El Presidente de la República –quien ya tiene por costumbre faltar a la verdad–, ha dicho en forma reiterada, que las investigaciones sobre la “parapolítica” son consecuencia de la Ley de Justicia y Paz, y que, de no ser por esa ley, no se habría conocido ese enorme escándalo sobre los vínculos entre la clase política –en su mayoría, uribista– y los paramilitares. O sea, que el mérito es suyo.

Nada más alejado de la verdad. En primer lugar, hay que recordar que el proyecto inicialmente presentado por el Presidente al Congreso, llamado de alternatividad penal, era muy distinto del que, después, se convirtió en la Ley de Justicia y Paz. Aquél, además de no prever la imposición efectiva de penas privativas de la libertad, no obligaba a los paramilitares a confesar toda la verdad sobre sus delitos atroces, ni sobre sus vínculos con la clase política.

Si el primer proyecto presentado por el Presidente, el de alternatividad penal –que recogía los acuerdos del Gobierno con los paramilitares– hubiera sido aprobado, la impunidad para los crímenes de éstos habría sido absoluta. En tal caso, la verdad sobre esos crímenes y sobre los nexos entre los políticos y los paramilitares habría quedado definitivamente sepultada.

Más tarde, al Presidente debieron hacerle caer en la cuenta de que un proyecto que no impusiera penas acordes con la gravedad de los delitos, no impediría la intervención de la Corte Penal Internacional. Por eso, tuvo que presentar un nuevo proyecto de ley, el de Justicia y Paz, que establecía penas privativas de la libertad, pero irrisorias. ¡Era una manera de tratar de soslayar, tramposamente, la competencia subsidiaria de la Corte Penal Internacional!

En la práctica, la Ley de Justicia y Paz consagra la impunidad de los crímenes atroces de los paramilitares. Y, no obstante la exigüidad de las penas previstas en ella, concede una rebaja adicional de hasta 18 meses, por el tiempo de permanencia en Santafé de Ralito –a pesar de que éste no era un lugar de reclusión–, mientras se negociaba el fementido acuerdo de paz.

Pero la Corte Constitucional, al revisar la Ley, exigió la confesión plena de los delitos, por parte de los paramilitares. Al mismo tiempo, suprimió la rebaja de pena por la permanencia en Santafé de Ralito. Estas dos decisiones –ajenas a la voluntad del Presidente y de los paramilitares–, le abrieron las puertas a que se conociera toda la verdad sobre sus delitos y sobre sus nexos con la clase política.

En el colmo de la condescendencia con los criminales -quienes vieron en la determinación de la Corte Constitucional un incumplimiento de los compromisos contraídos con ellos por el Presidente-, el primer mandatario ha dictado un Decreto Reglamentario para revivir, en un acto abiertamente contrario a la Constitución, los beneficios suprimidos o modificados por la Corte.

Como ya hemos dicho, es absurdo afirmar que los delitos de los paramilitares y de sus aliados políticos se conocieron y son investigados gracias a la Ley de Justicia y Paz y a la voluntad del Presidente. De no ser por el hallazgo, es decir, el encuentro casual, del “computador de Jorge 40”, y por las denuncias del ex jefe de informática del Das y la firme determinación de la Corte Suprema de Justicia, que merece por ello los más altos elogios, nada de eso habría sido posible.

Nadie duda hoy de la infiltración de los paramilitares en el Das, ni de la responsabilidad de su ex director, Jorge Noguera. Es absurdo pensar que el presidente facilitó o apoyó la investigación de ese hecho gravísimo. Por el contrario, hizo todo lo posible por obstaculizarla. No sólo rechazó airadamente los cargos que se le hicieron al ex director, sino que llamó irresponsables a los directores de los medios que los divulgaron, por haberse basado, según él, en un testigo condenado por la Justicia, a quien, sin embargo, la Corte Suprema le ha otorgado plena credibilidad.

La parcialidad del Presidente frente al ex director del Das se puso de presente cuando, después del mencionado escándalo, al verse obligado a aceptarle la renuncia, lo designó, de manera casi subrepticia, en un cargo diplomático, so pretexto de proteger su vida. La falta de voluntad, por parte del Presidente, de que se investigue la infiltración de los paramilitares en el Das, fue evidenciada en una nota publicada por El Tiempo, en su edición del 11 de marzo. En ella se dice que el Fiscal General de la Nación le ha pedido al nuevo Director del Das, Andrés Peñate, que le remita las pruebas que dijo tener en contra de Noguera y que le entregó al Presidente Uribe. Esas pruebas, al parecer, no han sido puestas aún en manos del Fiscal.

¡De comprobarse esta circunstancia, estaríamos ante un acto de encubrimiento y de obstrucción a la Justicia que, por sí solo, podría dar lugar a que el Jefe del Estado fuera investigado penalmente por la Cámara de Representantes!

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*Ex ministro de Justicia.

Los juegos de palabras

OPINIÓN
De Juan Manuel López Caballero*
Especial para Un Pasquín

La controversia interna del Partido Liberal en vísperas de su III Congreso muestra hasta qué punto en nuestro mundo político se busca con lo formal borrar lo sustancial.

Lo evidente es que al interior de esa agrupación existe una división profunda entre dos visiones de Sociedad y de Estado. Corresponden éstas a los núcleos opuestos en términos del pensamiento político: la Socialdemocracia y el Neoliberalismo.

La diferencia radical es que el uno analiza en términos del ser humano y su relación en la sociedad, mientras el otro centra su atención en el mercado y su importancia en el desarrollo económico.

Por eso suena algo insólito oír a César Gaviria proclamar que bajo su dirección se está buscando consolidar el carácter socialdemócrata de esa colectividad.

Nada tiene de objetable el tener la convicción que la libre competencia y el mercado son lo mejor como ordenadores de las relaciones humanas; uno puede pensar que es un criterio equivocado, pero eso no lleva a descalificar a la persona que así piensa.

Lo que sí puede verse como inconveniente es que se juegue con las palabras para confundir a quienes están ansiosos de orientación.

El actual Jefe Único dice que su diferencia con el sector hoy enfrentado es alrededor de las relaciones con el Gobierno, porque él defiende la ‘oposición constructiva’, a diferencia de quienes asumen la posición radical de estar contra toda propuesta del Gobierno. Y que por eso bajo su liderazgo se apoyan las iniciativas buenas y se combaten las que se consideran malas.

Es obvio que sin necesidad de buscar juegos de palabras; así debe actuar y actúa cualquier individuo y cualquier colectividad. Donde se establece la diferencia es en esas calificaciones de ‘buenas’ o ‘malas’ que se atribuyen a las diferentes propuestas.
Por eso aclarar en qué se distancian las dos vertientes del momento es más importante que el prurito de la ‘unión’, con el cual solo se busca ganar unas mayorías sin resolver las contradicciones.

De los temas centrales, las dos líneas convergen en los cuestionamientos al proceso de ‘Justicia y Paz’ y en el rechazo a la modificación del sistema de transferencias. Pero porque no caracterizan la controversia entre las dos corrientes.

En cambio, distancia a las dos opciones es la percepción sobre la función de la autoridad y las bondades del ‘pragmatismo’ versus la prioridad del sometimiento a las leyes y las instituciones; esto no solo como visión teórica sino como aplicación real, puesto que de por medio está la controversia respecto a la citación al Congreso (el respeto a los estatutos –a su espíritu y a su letra– o la habilidad para maniobrar saltándoselos); y respecto a las alternativas que se buscan como conclusiones, o sea, una dirección plural y un consenso sobre las reglas que puedan ser sujeto de dudas, o una dirección única y una delegación en el individuo que se elija, dándole poder para sustituir directrices y designar candidatos como actos oficiales del Partido.

Y mientras para la vocería ‘oficial’ el apoyo al TLC parece ser lo que los aproxima al Gobierno (tanto por convicción como por interés en buscar algún acercamiento al poder), ese argumento del supuesto potencial desarrollo económico por encima de consideraciones de equidad, de sus efectos sobre nuestras relaciones sociales, de soberanía, etc. es contrario a la definición ideológica y de principios que defienden los afines a la socialdemocracia (esto siendo de más importancia y relevancia que las controversias que además existen sobre sus bondades propiamente económicas).

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*Economista e investigador.

La libertad de prensa según Uribe
[y Enrique Santos]

OPINIÓN
De Vladdo
Director de Un Pasquín

La reciente reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa en Cartagena fue el escenario en el cual su vicepresidente, Enrique Santos Calderón, resolvió absolver de toda culpa a Álvaro Uribe, pese a los repetidos atropellos del Mandatario contra varios medios y periodistas.

Naturalmente, dicha actitud desconcertó a más de un colega, que esperaba que quien tenía en ese instante la vocería del periodismo de Colombia y del Continente, no sólo tomara distancia frente al irascible presidente, sino que le exigiera más respeto y garantías para el ejercicio de nuestro trabajo. Infortunadamente no fue así.

Perdón y olvido. Al tomar el micrófono para presentar al Presidente en dicho foro, Enriquito (apelativo que le calzaba divinamente para la ocasión), se refirió a Uribe diciendo que “no ha tenido un solo acto que pueda considerarse como un atentado contra la libertad de prensa y de expresión”. Como preámbulo de esta singular frase Santos había dicho que el mandatario era “frentero”, “amigo de la polémica” y un poco más pelión de la cuenta. Y luego vino la incomprensible absolución.

Por obvias razones, y pese a lo desafortunadas, estas declaraciones de uno de los periodistas más reputados del país, debió llenar de alegría e inmensa satisfacción al Mandatario, mientras sembraban el desconcierto entre los periodistas que hemos visto los no tan escasos ataques del Presidente contra quienes desde la prensa no tragan entero, y se toman el atrevimiento de contradecirlo, de confrontarlo, de fiscalizar su gestión.

Olímpica e irresponsablemente, Enrique olvidó las múltiples arremetidas uribescas –producto de su conocido mal carácter y su poca capacidad de autocrítica– contra los periodistas colombianos y extranjeros y de las cuales se tiene noticia desde antes de que el célebre chalán ganara su primera elección presidencial.

Allá y acá. Una de las primeras víctimas de la irascibilidad de Uribe fue el periodista de la revista Newsweek Joseph Contreras, a quien hizo expulsar de su oficina el entonces candidato, debido a la incomodidad que le producían las inquietudes del reportero.

Ya en la presidencia, Uribe también entró en cólera con Ángela Patricia Janiot, de CNN, por razones parecidas, lo cual obligó a la periodista a suspender una entrevista que le estaba haciendo. Y recientemente a Uribe se le iba saltando el taco en un reportaje radial con la BBC de Londres, poco antes de la visita de Bush.

Y si eso es con los extranjeros, con los periodistas colombianos la cosa no es mejor. Para empezar, baste recordar las declaraciones que dio Uribe sobre el ex congresista Carlos Náder, muy amigo del Presidente, y por cuyas amenazas el periodista Daniel Coronell se tuvo que ir del país. Luego de conocerse las denuncias de Coronell, Uribe salió a decir que Náder es un hombre muy simpático y divertido.

Fuera de casillas. Inexplicablemente, a Enrique también se le olvidaron los insultos de hace un año contra su hijo, Alejandro Santos, por las denuncias de la revista Semana sobre el ex director del DAS Jorge Noguera. En vivo y en directo, el Presidente no ahorró adjetivos para descalificar al periodista y a la publicación, pese a las incontrovertibles pruebas en contra del ex funcionario, al que el propio Uribe había enviado a un exilio, pero diplomático. Tal vez esa noche el codirector de El Tiempo tenía sintonizado Citytv, en vez del Canal RCN.

Y si Enrique olvida tan fácilmente semejantes agresiones contra su propio hijo, no se puede esperar que salga en defensa de otros periodistas ajenos a sus afectos como Carlos Lozano, director del semanario Voz, o Hollman Morris, a quienes Uribe ha señalado como cómplices de las Farc.

También sería ingenuo esperar que Santos le exigiera al Presidente que concretara las denuncias según las cuales la guerrilla y los paramilitares tienen infiltrado al periodismo, acusaciones que hace sin especificar nombres ni aportar pruebas y que lesionan gravemente esta profesión y ponen en evidente riesgo a los periodistas del país.

Estos ejemplos son más que suficientes para dejar sin piso la absolución que Enriquito hizo de Uribe, en un escenario que debió ser aprovechado para todo lo contrario: recordarle que como Presidente está obligado a ofrecer garantías reales para el ejercicio del periodismo en el país y para exigirle que se abstenga de atacar y descalificar a los periodistas y a los medios que cuestionan al gobierno y a sus funcionarios.

Si ya de por sí era grave que Enrique Santos le extendiera ese inmerecido certificado de buena conducta a Uribe, resultó peor todavía el hecho de que lo hiciera ante un grupo de periodistas, directivas y empresarios de medios internacionales que, ignorando hechos como los mencionados, se debieron ir de Colombia completamente desinformados. Cosa que resulta muy curiosa en una asamblea de periodistas.
La cultura de cantina llevada a la nación desde las plazas de feria, donde se cultivaron el engaño y la ramplonería, nos lleva al despeñadero.

OPINIÓN

De Iván Marulanda Gómez*
Especial para Un Pasquín

Ocho años continuos puede ser mucho tiempo en la vida de una generación. Las huellas que dejan en la percepción de las personas dos períodos seguidos de gobierno envueltos en tormentas políticas y sociales, el influjo que pueden tener en la forma como se asume la vida y como se piensa que funciona la sociedad, pueden ser imborrables. Sobre todo para los jóvenes.

En los ocho años de gobierno en los que estamos embarcados, se hacen daños a la población que quizás tome mucho tiempo reparar. Pienso desde la idea que tenemos algunos, de que el camino hacia la civilización pasa por formar conductas democráticas en los individuos y en la sociedad.

Los legisladores que nos sometieron a la pedagogía de este periodo redoblado, no estaban en capacidad de medir los riesgos a los que exponían a la población. No les importaba, ni eran tan sutiles para advertirlo. Eran “políticos” en el sentido ordinario de la expresión, es decir, en el sentido despreciativo que le enseñaron a usar a la gente para describirlos de un plumazo.

Los colombianos, en especial los jóvenes, a partir de este recorrido de ocho años por la vaquería, asumen que el trámite de los asuntos públicos pasa por la intolerancia. El espacio público está congestionado de gritos, de insultos. De rabia, de amenazas. Lo demarca un ambiente crispado de alevosía, de desafío, de ira, que transmite a las gentes la certeza de que la política es así, sin remedio. Sí, la política que en Colombia invade la vida cotidiana, está congestionada de expresiones propias de cafres y mantiene al país ensangrentado.

Darío Echandía decía a mediados del siglo pasado que “Colombia es un país de cafres”. Eso que no sabía toda la verdad ni se la imaginaba, de hasta dónde llegaríamos. No se imaginó los tiempos que atravesamos. No calculó lo que llegaríamos a ser en ocho años seguidos con presidente energúmeno a bordo, echando micrófono y dándose pantalla a punta de alaridos y desafíos de peleador callejero.

Al país, que no era pera en dulce, lo invadió como plaga el tono procaz de la arriería, que si bien era pintoresco en el pequeño mundo de mis antepasados antioqueños, puesto en el universo de la nación como pauta y como paradigma, resulta por lo menos inapropiado. La cultura de cantina de la que se alardea, esa machería, esa ordinariez llevada a la nación desde las plazas de feria en donde se cultivó con eficacia la ignorancia, la ramplonería, el desprecio por la justicia y el culto al engaño, nos precipita al despeñadero.

Oír las cosas que dicen los dirigentes colombianos, incluso disparadas a personajes que no son colombianos, da miedo. La forma como las expresan y el veneno que contienen. El tono de venganza con que se espetan y la carga de odio que embargan. Del presidente para abajo, pareciera que estuviéramos entre cuchilleros retados a duelo.

Los guerrilleros, los paramilitares, el hampa, deben sentirse a sus anchas de ver que el país se impregnó de su ramplonería y terminó pareciéndose a ellos. Los asuntos de estado dejaron de existir. La suerte de Colombia es una apuesta de dados que se tiran sobre la ruana de algún aventurero, entre jugadores armados de barberas y cargados de dicterios y malas intenciones.

Cuando veo por estos días en las noticias la cola de genocidas y mafiosos que desfilan desde las cárceles hacia la Corte Suprema de Justicia y hacia la Fiscalía, siento que mi país se parece a esos tipos. Que ellos personifican lo que por desgracia terminó por tipificarnos. No siento que mis gobernantes, que los dirigentes de Colombia sean distintos a ellos en su estilo, en su aire, en sus malicias, en su perversidad, en su ambición, en su desfachatez. No pocas veces me pringa la mente el presentimiento que los vamos a ver desfilar a ellos también. De hecho ahí van, uno tras de otro, en la comparsa.

Lo angustioso es que con este tono que le pusieron a los asuntos de estado, no veo cómo ni cuándo, problemas como la pobreza y la violencia, o el reto de la modernidad, puedan recibir la dosis de inteligencia y refinamiento que reclaman de la política.

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*Ex Constituyente.

El otoño del patriarca

Hay un García Márquez popular, latinoamericano, hecho a pulso, con disciplina y talento. Y hay un Gabo que celebran las Academias, los dueños de la prensa, la realeza y el gobierno.

OPINIÓN

De Ricardo Sánchez Ángel*
Especial para Un Pasquín

En las efemérides de García Márquez se percibe un activismo protagónico del señor presidente, cuando el país y la comunidad internacional esperan y esperan una revelación de la verdad acerca del paramilitarismo y de las relaciones con su gobierno. Porque el que debe dar el ejemplo y decir toda la verdad es el señor presidente, se supone que sabe mucho. Su decidida descalificación de la oposición como aliada del terrorismo, la promoción de la cacería de brujas a la intelectualidad disidente, su repugnancia a la causa popular de los derechos humanos, su abusivo ejercicio del poder y sus opiniones sobre la crítica, descorteses, ligeras, desconcertantes; tal vez el más intolerante de los presidentes desde Laureano Gómez. Lo cual me ha suscitado perplejidades sobre la connivencia y supuesta o real simpatía entre el premio nobel y el señor presidente. Y he decidido exponerlas en público.

La celebración de los ochenta años del nacimiento del connotado escritor es más que merecida. Novelista, cuentista y periodista de gran valía en sus realizaciones y quien con su obra y quehacer literario ha enriquecido el imaginario cultural del continente, acompañando las identidades variopintas de los pueblos. Destacando las fantasías del realismo mágico en el concierto universal, mostrando y demostrando el esplendor de unas culturas y creadores.

Todo esto y mucho más le ha dado nuestro compatriota a Colombia y América latina, a la lengua y la cultura.

La tarea de García Márquez, como la de Octavio Paz, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Borges, ha sido liberar a la lengua, a la literatura de las cárceles de las academias, el tradicionalismo provinciano y las simulaciones de las copias y los remedos extranjerizantes. Han renovado, revisitando lo popular, lo que forma parte de una historia común y del común, la novela y los cuentos con gran despliegue de imaginación, situados en lo raizal y desde allí, han logrado la universalización de una obra.
Este es el García Márquez popular, latinoamericano, hecho a pulso, con disciplina y talento que celebramos.

Pero hay otro, Don Gabo, que ha confundido confundiéndose, la grandeza con el éxito. La publicidad ha sido el altar donde celebra la ceremonia de sus ganancias. Convertido gracias a su talento y astucia de vendedor, algo aprendido en las tierras de nuestra mítica Guajira, en el más destacado caballero de la mercadotecnia.

En la sociedad del consumismo ha obtenido logros de su profesión de escritor, necesarios y bien ganados ingresos, pero convertido en un producto de la sociedad del espectáculo mercantil, algo muy distinto del eslogan “yo escribo para que me quieran más mis amigos”.
Don Gabo devino en un talentoso relacionista público, en un intermediario de los poderosos, no sólo de Fidel Castro, una amistad que lo destaca, sino de Clinton, de los grandes magnates, de presidentes, de los poderosos de los medios, de actrices del espectáculo y de colegas que han ganado, con gran distancia en la línea del éxito, un lugar en la fama. Don Gabo forma parte, en primera fila, del club de los ricos, los famosos y los poderosos.

Así las cosas, las ideas de don Gabo son mensajes publicitarios, parlamentos expuestos en el decorado de su actuación, que parece y es televisiva. Y como todo personaje de la realidad mediática, se volvió efímero, distanciado con los de debajo de donde proviene, esquivo con lo democrático, un producto hechizo, y por lo tanto, prescindible.

Este don Gabo, buen burgués, no lo festejamos. Este don Gabo es el que celebran las Academias, la Sociedad Interamericana de propietarios de prensa, con la antigualla del rey Borbón, del señor presidente de Colombia y con una peregrinación de escritores ungidos de migajas de fama.

El giro político de don Gabo se precipitó con la bancarrota, el derrumbe de la URSS y los socialismos de Europa Oriental, la derrota de los movimientos guerrilleros del Che Guevara y otros, la catástrofe del sandinismo en la primera hornada y el aislamiento de la influencia de Cuba en el continente, revolución a la cual se ha mantenido fiel.

Hace mucho tiempo, García Márquez luchó solidariamente contra las dictaduras del Cono Sur, apoyó a los sandinistas y a los socialistas venezolanos. Hoy es extraño, ausente a los movimientos pro Iraq, Palestina y El Líbano. Está desentendido de la tragedia colombiana. Y no hay tal que esté retirado de la actividad política, lo que ocurre es que su interés político está en otra parte y con otras gentes.

Está en su derecho de hacer lo que bien quiera, como yo estoy en el de comentarlo.

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*Profesor Asociado Universidad Nacional de
Colombia; Profesor Titular Universidad Externado.

El aviso del terremoto

OPINIÓN
De Jorge Gómez Pinilla*
Especial para Un Pasquín

Casi sin querer queriendo, el columnista Lorenzo Madrigal –más conocido como Osuna en sus ratos gráficos– planteó para El Espectador una tesis en apariencia delirante: en tácita alianza con la casa Santos, el Vicepresidente de Colombia le estaría “minando” el pedestal al Presidente Uribe. Para no dejar duda de su afirmación (“hay cinceles que golpean con disimulada constancia”) pintó a Pacho Santos horadando la base de un pedestal que dice “LA PATRIA A URIBE”, mientras a su lado un busto del general Rafael Uribe Uribe pide que “¡Dejen dormir!”

Osuna ve solo al Presidente por las razones que todos ya conocen, pero en particular porque “sus lugartenientes están presos o temerosos de estarlo”. Sin embargo, la verdadera sorpresa de su ‘animado’ relato no estaría allí, sino en que vaticina para Uribe “la pérdida irremediable del poder”, debido a que Enrique Santos quizá “tuviera conocimiento de alguna acusación secreta”, lo cual explicaría “la separación de hecho que viene percibiéndose entre la prensa cogobernante y el Gobierno mismo”, circunstancia que a su vez estaría conduciendo a “romper la cohabitación, antes de la debacle”.

Una segunda sorpresa, el silencio reinante. Es factible que el mejor caricaturista de Colombia al momento de escribir estuviese contagiado del realismo mágico de Gabo en la celebración de sus 80 (“El Gabo del 8”). Esto explicaría tanto el mutismo de otros medios, como el augurio –en pretendido remate literario– según el cual es cuestión de (el) tiempo para que todo el poder que acumuló Álvaro Uribe Vélez caiga “en manos de la misma prensa que lo ha minado”.

Diríase pues que son elucubraciones de un espíritu sensible, abrumado por lecturas macondianas, para la ocasión. De cualquier modo, no deja de producir cierta inquietud –al mejor estilo Ágatha Christie– la foto de primera página publicada por EL TIEMPO al día siguiente de la visita de Presidente de EE.UU. (febrero 12), con el rostro de Uribe descompuesto y el titular “Aquí no hay nada que esconder”. En coincidencia con Osuna, allí estaría esbozado el aviso del terremoto, no exento de perspectiva histórica –Bush a bordo– y gráfica ironía.

En estricta lógica cartesiana, la soledad de Uribe sería en parte la consecuencia de que a muchos de sus allegados (o a algunos, para que no panda el cúnico) les cueste cada día más trabajo admitir que alguien a quien le atribuyen portentosa sagacidad y felina inteligencia, estuviese durante tantos años rodeado de tanto corrupto y no supiera nada de lo que pasaba. ¿Rampante ingenuidad? ¿Insufrible torpeza política?

Es ahí donde habrán de medirse las lealtades con rojo hierro, en su momento. Si el presidente Uribe fue capaz de poner las manos en el fuego por su ex director del DAS, Jorge Noguera (y se quemó), falta ver hasta qué punto el Vice estaría dispuesto a exponer las suyas a la candela por su jefe inmediato.

¿Cuántos de los que hoy siguen rodeando a Uribe eran conscientes de lo que ocurría (“el país no resistiría tanta verdad”, dijo Luis Carlos Restrepo), y cuántos han quedado atónitos, súpitos, estupefactos? Sin temor a equivocarnos, Francisco Santos Calderón pertenece a los segundos. Así se vio al precipitar la renuncia de la Canciller, cuando por primera vez marcó distancia. Lo cual nos regresa a Osuna, aunque con otro interrogante: ¿quién mina a quién?

(Y que no se diga después que una columnista de ese mismo diario no advirtió sobre el abrazo del oso...).

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*Periodista; director del periódico ‘El Sábado’.

Proust pregunta; ‘Pachito’ Santos responde

Entrevista exclusiva en el simulador editorial con el Vicepresidente.

¿Cuál es su idea de felicidad terrenal?
Una pensión de ex presidente.

¿Cuál es su miedo más grande?
Que se me hunda el Reinado de Miss Universo en Cartagena como me pasó con el Mundial de Fútbol.

Si después de muerto pudiera volver a la Tierra, ¿quién o qué le gustaría ser?
Álvaro Uribe Vélez.

¿El rasgo que más le gusta en otras personas?
Que me aplaudan.

¿Cuál cree que es la virtud más sobrevalorada?
Pensar antes de hablar.

¿Qué es lo que más le gusta de su apariencia?
Mi aire descomplicado.

¿De qué es de lo que más se arrepiente?
Pregúntele a Carlos Gaviria.

¿Cuál es su más preciada posesión?
Mis acciones de El Tiempo.

¿Cuál considera que es la peor miseria?
Una goleada al Santafecito Lindo.

¿Cuál es la cualidad que más admira en un hombre?
La capacidad de trabajar, trabajar y trabajar.

¿...y en una mujer?
Que siempre me diga que sí.

¿Con qué personaje histórico se identifica?
Con Poncio Pilatos.

¿Cuál es su héroe de ficción?
El Ciudadano Kane.

¿...y de la vida real?
Álvaro Uribe Vélez.

¿Cuándo y dónde ha sido más feliz?
Cuando volví al periódico, después de mi secuestro.

Si pudiera, ¿qué cambiaría de su familia?
Ese olorcito a santidad.

¿Cuándo miente?
Cuando hablo de las ONGs.

¿Cuál es su idea de la fidelidad?
Creer todo lo que dice Uribe.

¿Cuál es su peor vicio?
¿Sólo se vale uno…?

¿Cuál es el rasgo que más le gusta de su personalidad?
Mi informalidad.

¿Cuál es su paseo favorito?
Uno que tenga música de acordeón.

¿Cuál ha sido el más grande amor de su vida?
El acelere.

¿Qué es lo más escandaloso que ha hecho?
Confesarme con el padre Nel Beltrán.

¿Qué idea tiene de la muerte?
El terrorismo.

¿Qué lo hace reír?
Un acuerdo humanitario.

¿Qué lo hace llorar?
Los falsos positivos.

¿Cuál es su mayor logro?
Ganarle en las encuestas a mi primo Uan Manuel.

¿Cuál es su lema?
El Tiempo vendido los Santos lo lloran.

TRES EN UNO

Opinión de Antonio Jiménez Castañeda
Especial para Un Pasquín

LA
Esa farsa de Cartagena tiene que parar. Mientras los mismos 20 sabihondos de siempre llegan a pontificar en todas las fiestas que transmiten por igual los noticieros de TV y que salen también en las fotos de revistas y periódicos al servicio del gobierno, con los mismos pies de fotos y las mismas guayaberas, campean desastrosamente la indigencia, el hambre, la miseria, la bazofia, la iniquidad social uribista, el desgobierno, la orfandad, la depravación de la seguridad democrática, la indiferencia estatal, la ignominia de la salud pública corrupta, la vergüenza degradada del abandono de la infancia o la vileza abominable de la falta de educación de la paupérrima niñez que vive en un par de barriadas que ya constituyen 80 por ciento de la población de la ciudad.

MISERIA
Puede ser el Hay Festival; el Reinado de las Amantes de los Mafiosos cosidas a las carreras en los quirófanos; la asamblea de SIP; el Congreso de la Lengua; el Simposio de la Próstata; el Mitin de los Ovarios; las 40 mil fiestas de los 40 mil cumpleaños del señor García Márquez, con sus 40 mil lambones y sus 40 mil guardaespaldas, empujando a los 400 mil miserables de las barriadas que van a tratar de venderles chuzos de carne asada y gafas falsificadas a los ministros firmones, a las estrellitas de los culebrones de la TV, a esos prominentes periodistas con sus escribientes que les hacen el trabajo. Puede ser la ida o la venida de cualquiera de esos reyes oligofrénicos y fronterizos que echan discursos de cargazón; o la aparición de Clinton, siempre con Morenito al hombro; o la desaparición de cualquier italiano depravado de esos que llegan todos los días a violar impunemente niñas pobres y a comprar cocaína y viagra baratos.

AMURALLADA
No importa cuál sea la fiesta de hoy o de pasado mañana en Cartagena ni cuál el tema, ni quién el anfitrión. No importa: siempre están los mismos: los Santos del gobierno y los otros y los otros y los otros y los mismos sapos y ministros firmones; el mismo Pachito y el mismo señor Abad; los mismos Uribes chorreando sudor, babas, mentiras y disculpas para los paramilitares y narcos listos para ser indultados, mientras los niños de los barrizales vecinos, del Chocó, Córdoba, Amazonas, Risaralda, Meta y Bogotá se mueren de hambre, de infecciones, de llagas, de plagas y de garrotazos de los guardaespaldas que les impiden ver la fiesta de los mequetrefes bebidos con sus entretenidas de gancho, también bebidas y fumadas y descotadas. Es la miseria amurallada.

Boogie, ‘el Aceitoso’; por Fontanarrosa



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Audiencia real


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El hechizo de Rafael Pombo

ADVERTENCIA: El contenido de este artículo no es apto para menores de diez años. Se recomienda a los niños leerlo en compañía de un adulto responsable.

DESILUSIÓN

De Felipe Ortigas
Especial para Un Pasquín

Hace poco más de un siglo, en agosto de 1905, Rafael Pombo fue coronado como el mejor poeta de Colombia en un acto presidido por el general Rafael Reyes, quien donó la corona dorada que recibió el escritor.

Aquella coronación fue el reconocimiento a una vasta obra que incluía numerosas piezas –románticas sobre todo– en prosa y verso. Sin embargo lo que lo ha hecho inmortal a lo largo de las generaciones han sido sus inolvidables obras de literatura infantil, llenas de fábulas y de versos que han deleitado a los colombianos de varias generaciones.

Y aquí vienen las malas noticias. Resulta que a la mayoría de los que nacimos y crecimos en este país recitando de memoria los versos de Pombo desde comienzos del siglo XX, nos han vendido la idea de que el jocosamente célebre Simón el bobito era una obra más de su inmenso legado.
Obviamente el autor de estas líneas no iba a ser la excepción y durante cuatro décadas también dio por válido este falso positivo de la literatura colombiana. Qué pena con los lectores, pero Simón el bobito –esa especie de Chavo del ocho que acompañaba nuestras rondas infantiles y cuyas hazañas seguimos repasando con los niños de hoy–es tan colombiano como el té de las cinco de la tarde o la Torre de Londres.

Ciertamente el culpable de esta desinformación no es el célebre poeta, que tradujo y adaptó la historia de Simón al español, sino quienes a lo largo de todos estos años en las aulas de clase nos han echado el cuento de que Pombo fue el creador del personaje.

Debo confesar que aunque este tardío descubrimiento –que hubiera sido imposible sin la ayuda de Google– me cayó como un baldado de agua fría, decidí hurgar un poco la historia del Simón original para ver cómo había sido ese desconocido y exitoso proceso de nacionalización.

Por fortuna no tuve que navegar mucho en Internet para enterarme de que a mediados del siglo XIX don Rafael había trabajado como traductor para la editorial Appleton & Co. de Nueva York, donde se topó con algunas historias de literatura infantil anglosajona, entre las que se contaba Simple Simon, cuya primera estrofa decía así:
Simple Simon met a pieman,
Going to the fair;
Says Simple Simon to the pieman,
“Let me taste your ware.”
Says the pieman to Simple Simon,
“Show me first your penny,”
Says Simple Simon to the pieman,
“Indeed, I have not any.”


Sin ser Sherlock Holmes es fácil encontrar el parecido entre el texto en inglés y la rima de este famoso Simón hechizo, que dice así:
Simón el Bobito llamó al pastelero:
“¡A ver los pasteles! ¡los quiero probar!”
Sí, repuso el otro, pero antes yo quiero
ver ese cuartillo con que has de pagar.
Buscó en los bolsillos el buen Simoncito
y dijo: ¡De veras! no tengo ni unito.


Y las demás estrofas son –palabra más, palabra menos– calcadas de una versión en inglés de comienzos del siglo XIX, años antes de que don Lino de Pombo y doña Ana María Rebolledo, llegaran de Popayán a la capital colombiana, donde nacería José Rafael de Pombo y Rebolledo en 1833.

Al comienzo creí que todo obedecía a un error. ¿Simón el bobito, extranjero? Tamaña desilusión fue difícil de asimilar. Igual de infeliz me sentiría si primero me hubieran enseñado que la declaración de los derechos del hombre era de Antonio Nariño y ahora me vinieran a aclarar que él sólo la tradujo.

Tras el doloroso hallazgo, me impuse la tarea de adelantar entre amigos y conocidos una especie de encuesta a la carrera –por el estilo de las de Gallup, pero presencial y con margen de error cero– para ver si ellos tenían la misma información que yo sobre la verdadera paternidad de Simón el bobito.

La respuesta de todos ellos –incluída una profesora de literatura– fue unánime: “Pues de quién más va a ser, de Rafael Pombo”. Cuando les revelé la terrible verdad todos quedaron como salpicados con la misma agua fría que yo me había empapado.­

Quince días después de la visita relámpago de la familia Bush a Colombia, y todavía acongojado, llegué a dos conclusiones.
La primera: En este país nos sentimos orgullosos de dos Simones –Bolívar y el bobito–, ninguno de los cuales es colombiano. Había que ver a Uribe lleno de felicidá leyéndole a Bush un pasaje del discurso del Libertador en el Congreso de Angostura. Eso sí, muy diferente del que se incluye en otra sección de esta edición de Un Pasquín.

Y segunda: Aquel domingo yo no sé qué les leyó en inglés Laura Bush a los niños de la Fundación Rafael Pombo; pero si fue Simón el bobito –o sea Simple Simon–, lo hizo para recordar su propia infancia, mientras que los niños colombianos creían que era la de ellos. Siguen creciendo engañados.

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P.S. Si a alguien le consta que el Himno Nacional no es una composición sino una traducción de Núñez, que no me lo diga.

De cómo fue divulgado en Nepal el Nobel
de García Márquez

RESEÑA
De Álvaro Montoya Gómez*
Texto desempolvado por Un Pasquín

Este artículo, publicado en la revista Al Día, relata los apremios que padeció hace 25 años Kirti Surya
Mahendra –el más grande crítico literario de Bhatgaon– tras conocer el anuncio de la Academia Sueca de
que el Nobel de Literatura le había sido otorgado a un escritor llamado Gabriel García.


Kirti Surya Mahendra, con sus 86 años y su bien ganada fama de intelectual puro, vivió las penas del infierno el 21 de octubre de 1982 y los siguientes tres días.

Más de seis décadas de trabajo como crítico literario en el cotizado periódico Hal Khabar estaban a punto de destruirse por una noticia que había escuchado en la madrugada de ese día en su poderoso aliado cultural, un radio transoceánico, único en su género en Bhatgaon y sus alrededores himalayescos. Por rara coincidencia atmosférica la transmisión de la lejanísima BBC, que estaba escuchando, enmudeció en el momento que acababa de anunciar el nuevo galardonado con el Premio Nobel de Literatura: Gabriel García. No tuvo, pues, oportunidad de conocer la nacionalidad y al menos el título de una de las obras del agraciado.

Kirti, el sapientísimo gurú de la cultura literaria de Bhatgoon, el mismo que en 1924 fue el primer comentarista asiático en referirse a la obra de Wladyslaw Reymont, en un extenso ensayo publicado sólo una semana después de conocida la designación de la academia sueca, no podía hacer el ridículo 58 años después de semejante éxito.

Dicho sea de paso, ese escrito lo consagró no solamente en el continente más poblado de la Tierra, sino que desconcertó por su erudición a los propios académicos que salvaron del anonimato a Wladyslaw.

Tal fue el impacto entre los promulgadores del Nobel, que se dijo que Kirti fue el culpable de que Grazia Deledda, Sigrid Undest, Erik Karfeldt, Halldor Laxnes, entre otros, engrosaran la lista de los galardonados.

Durante 96 horas Kirti vivió un drama inenarrable. Resolvió desaparecer mientras hacía todo tipo de peripecias detectivescas para escribir siquiera un párrafo sobre el nuevo y para él desconocido Nobel. No podía apelar a los servicios de inteligencia tradicionales que operaban en su país. Contar su secreto a la CIA o a la KGB sería estar irremediablemente acabado. Esa ganga no se la podía dar a los rusos y menos aún a los norteamericanos. Estuvo tentado de apelar a Scotland Yard, pero desechó la idea.
Destrozado anímicamente, pensó muy en serio su suicidio. No lo hizo porque nadie se puede suicidar dos días antes de tomar una decisión tan importante, y además se hubiera descubierto la causa de su autoeliminación, matando de paso su leyenda.

Kirti, desesperado se escondió en el último cuarto de su hermosísima casa de campo, después de haber repasado con alucinante frenesí su extensa biblioteca. Y sólo había encontrado un poema de Federico García, un panfleto agrarista de un tal Antonio García y una carta a García sin remitente.

Mucho trabajo le costó a Tushika, su fiel e introvertida ama de llaves, convencerlo de que abriera la puerta para darle algo de alimento y entregarle un libro que le había llevado de regalo su nieto Tilsi, quien había llegado esa mañana del 24 de octubre después de pagar servicio militar en un cuartel cercano a Church Crookham, al sur de Gran Bretaña, como todo Gurkha que se respete.

¡Buda cuida de sus críticos literarios! El libro se llamaba Seven Stories from Spanish America. Selected and introduced by Gordon Brotherston and Mario Vargas Llosa, y el primer cuento se titulaba La prodigiosa tarde de Baltazar, estaba en español, precedido por una nota sobre el autor: Gabriel García.

La reputación de Kirti Surya Mahendra se había salvado. Gabriel García no fue un anónimo en Nepal. Por primera vez las páginas literarias de “Hal Khabar” publicaron un cuento completo en español, precedido de una nota sobre el autor y firmada por Kirti.

Tilsi el Gurkha, el nieto de la fiel e introvertida Tushika, quedó sorpresivamente incluido en el testamento de Kirti, quien en este momento debe estar angustiado como hace dos años buscando algo de Jaroslav Seifert...

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* Publicado en octubre, 1984.

Bolívar y la Reelección

“La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente”.

Simón Bolívar
Congreso de Angostura, Febrero 15, 1819

domingo, 1 de abril de 2007

Edición 19

Ya está circulando la nueva edición impresa de Un Pasquín, correspondiente al mes de abril. Encuéntrala aquí, mañana lunes.