viernes, 26 de octubre de 2007

Un país de opereta trágica

Opinión de Carlos J. Villar Borda*
Especial para Un Pasquín

Dice la sabiduría popular que siempre hay una primera vez para todo y lo que está ocurriendo en Colombia parece confirmarlo porque hemos llegado a una cota de bajeza jamás vista en el pasado. Fernando Quiroz escribió para su columna en la revista Cambio la siguiente frase: “Tal vez estemos condenados a seguir cavando en nuestra propia dignidad para caer aún más bajo “. La pregunta pertinente sería: ¿es posible caer más bajo?
 Cuando se lee la poca prensa que nos queda y se ven y escuchan los pocos telediarios, cualquier cerebro se estremece al enterarse del lenguaje de arriero que utiliza nuestro Iluminado presidente Álvaro Uribe Vélez (ningún parentesco con don Manuel Marulanda Vélez). Parecería que el mandatario no se diera cuenta de que dicho estilo produce como reacción un resultado que él mismo no podía esperar. Léase, por ejemplo, el artículo de opinión redactado para la revista Cambio por Héctor Rincón, un periodista bien hormonado y testiculado, como diría el nefasto Turbay Ayala. Para analizar la situación nacional, Rincón utiliza la misma palabrería.
La corrupción en todas las instancias del Estado, la desviación de las Fuerzas Armadas de las tareas que le asigna la Constitución (Jamundí, falsos o verídicos positivos), la desaparición de los partidos políticos tradicionales y la aparición de una resma de agrupaciones personalistas y clientelistas ( y la mayoría de ellas uribistas), la persecución a la prensa (Gonzalo Guillén), el drama de cerca de cinco millones de colombianos desplazados a tiempo que se crea una política benévola y bien recompensada para favorecer a los llamados paramilitares, las eleeciones que se convierten en farsa sin consecuencias punitivas; todas estas cosas son apenas anécdotas frente al derrumbamiento del Estado de Derecho para abrir paso a una especie de poderoso sultanato musulmán.
Dentro de este panorama lo que se observa es que la única palabra es la que pronuncia el Sultán, porque ni siquiera sus visires (Juan Manuel) pueden adivinar cómo funciona el cerebro de su jefe. Ante esta situación, los colombianos estamos atenidos a que solo ocurra lo que el Sultán desea y que la única voz con valor en el país sea la del mismo Sultán.
Todo lo anterior, sin embargo, es baladí si lo comparamos con el costo que produce el derrumbe de las instituciones. Ya Iván Marulanda había escrito que la peor herencia que iba a dejar Uribe sería el desarreglo en que iban a quedar las instituciones, que tardaron casi 200 años en alcanzar una etapa de relativa perfección (nunca la democracia ha sido perfecta en ninguna parte del mundo, incluyendo a Grecia desde su formulación inicial). Pero, todavía peor  es la forma en que se lanzan las famosas cortinas de humo y se desvía la atención popular con mentiras de bulto y promesas que nunca se cumplirán, lo cual se refleja en el manejo que se da a las encuestas de opinón.
Nuestro Sultán ha deslegitimado al poder jucicial, pidiendo una reforma a la competencia de la Corte Suprema, cuya cabeza quisiera cortar de tajo con su cimitarra. En cuanto al poder legislativo, tiene sus adláteres que han acabado con la sustancia que debe tener el parlamento, según la división de poderes formulada desde el siglo XV por Montesquieu.
¿Resignación es lo único que nos queda? Negativo. Mientras haya una pequeña luz (siempre la hay) y mientras haya personas que traten de enmendar el perjuicio causado por los actos del Sultán, siempre habrá esperanza. Es imperativo salir de esta opereta trágica en que nos tiene la voluntad de un Sultán de pueblo pobre y atrasado, pueblo que tolera mansamente las iniquidades con que se están manchando los escritorios del Palacio de Nariño.

*Periodista.

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