viernes, 26 de octubre de 2007

El tonito del Presidente

Opinión de Jorge Gómez Pinilla
Especial para Un Pasquín

Ante lo que el presidente Álvaro Uribe dijo de su vicepresidente, es imposible dejar de recordar el refrán según el cual “después del ojo afuera, no hay Santa Lucía que valga”. El hombre sin duda se quiso sacar algún clavo cuando salido de casillas dijo que Francisco Santos le pidió el puesto que tenía reservado para Juan Lozano, de modo que en medio del acaloramiento no acudió a la prudencia que tanto pregona y menos recordó las tres cosas que según el sabio Omar Khayam nunca se devuelven: “la palabra dicha”. Las otras dos son la saeta lanzada, la oportunidad perdida.
Al cierre de esta nota habían pasado más de dos semanas de semejante metida de patas presidencial, y otras tantas de “retiro espiritual” vicepresidencial, más diciente en la medida en que proviene de la boca (cerrada) del locuaz ‘Pacho’ Santos. El Presidente quiso bajarle el tono al pleito al afirmar que no entiende “por qué las tergiversaciones”, pero el daño en sus relaciones ya está hecho, y las consecuencias son irreversibles.
Basta preguntarse no más qué pasará por la mente de uno y otro cuando por motivos de protocolo se encuentren o se crucen el Vicepresidente de Colombia y el ministro del Medio Ambiente, o qué pensarán los periodistas si al evento se suma la presencia física cercana del Señor Presidente de la República, para componer el triángulo perfecto.
En busca del hilo de Ariadna que conduzca al origen de lo que el analista Pedro Medellín llamó “una especie de traición” (El Tiempo, octubre 12), serviría de referencia el descarado guiño que durante un acto público en Cartagena y con aires de serenata tropical le hiciera el Presidente a su ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, a quien invitó a “pensar en el 2010” porque hay que “escoger colombianos con mano firme”. Con tan enfática declaración Uribe no sólo indicaba sin ambages dónde ponía sus complacencias, sino que de paso cerraba puertas a la fila de aspirantes al solio que el Vice se creía llamado a encabezar, pero a quien su propio compañero de fórmula desairaba porque quizá no tiene la mano –firme- como a él le gusta.
Ello explicaría entonces que unos días después, allá por la Guajira arriba, Francisco Santos dijera con emocionado acento que “si este vicepresidente se convierte en presidente (…), Villanueva no se merece Transmilenio, sino un metro”. No se requiere de sesudo análisis para percibir que el autor de este estribillo estaría dispuesto a apartarse de la línea oficial, si con ello contribuyera a la meta  de reemplazar un día a su jefe inmediato.
Y al Presidente, al parecer, no le gusta que le hablen en ese tonito.

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