martes, 25 de septiembre de 2007

La captura de Don Diego

Opinión de Juan Manuel López Caballero*

Razón tiene el Gobierno en estar orgulloso y de hacer todo el despliegue de lo que correctamente se ha llamado el golpe más duro a los narcotraficantes desde la muerte de Pablo Escobar y la extradición de los hermanos Rodríguez Orejuela.

Que estuviera libre uno de los considerados capo di tutti capi de la droga era un fracaso y una vergüenza tanto para las autoridades americanas como para el Estado colombiano.

Se produce sin embargo la paradoja –que ojalá sea bien aprovechada– de que lo que se ha consolidado es una especie de consenso alrededor del fracaso de las políticas antitráfico.

La inmensa mayoría de los analistas la resumen con la frase de ‘un gran golpe a los narcotraficantes pero no al narcotráfico’.

Y en efecto es muy poco lo que se espera que cambie con esta captura. Por un lado las mismas experiencias de otros grandes golpes contra los delincuentes más buscados no modificaron en nada los volúmenes y se limitaron a generar nuevos sistemas organizativos bajo formas más discretas.

Por otro lado el caso de Don Diego, aún más que los de Chupeta o Rasguño, es el de narco que ya no manejaba nada directamente y su estructura se basaba en especie de franquicias en que sus lugartenientes le pasaban una comisión pero operaban por cuenta propia; como Pablo Escobar con la temible oficina de Envigado, Don Diego tenía a ‘los Machos’ para asegurar que percibiría regalías pero nada del funcionamiento dependía de él.

Para Colombia y su Gobierno es positivo lograr resultados en el accionar de las autoridades y cumplirle a los EE.UU. y para ellos es importante mostrar que nadie los desafía y sale impune (la única acusación que han presentado data de 1999), pero este episodio representa un castigo mas no un avance en la batalla que se intenta librar, y que bajo esta política pocas posibilidades muestra de ser exitosa.

Vendrá probablemente algo de guerra intestina entre sus ‘herederos’ y es posible que parte de sus rutas y quienes las operan sean objeto de control por las autoridades; pero prácticamente nadie duda de que serán remplazadas y remplazados por otras y otros que llenarán el espacio que queda.

Antes de la captura misma no interesaba una evaluación de la validez de la política y las estrategias antitráfico de drogas, puesto que no era eso lo que estaba sobre la mesa o en entredicho sino la capacidad del Estado Colombiano de detener a los capos.

Es el momento –y esta captura lo puede propiciar– de pensar dónde está la solución, si basta con seguir capturando capos o si sería mejor considerar enfoques diferentes para tratar este problema.

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*Economista e investigador.

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