martes, 25 de septiembre de 2007

El intocable

Opinión de Jorge Gómez Pinilla

La captura de Diego Montoya Henao (alias Don Diego) debió producirle un alivio enorme a Diego Murillo Bejarano (alias Don Berna), según se reflejó en el mundo de las apuestas, donde aumentaron las cotizaciones de quienes creen que definitivamente este último no será extraditado a Estados Unidos. 

Hoy por Macaco y Don Diego nadie da un peso, pues jugaron sus restos y perdieron. Pero la incógnita del millón está en saber si luego de golpes tan positivos y publicitados como la muerte del negro Acacio o la reciente captura del capo del Valle, Don Berna se va o se queda. Y no es asunto de poca monta, porque detrás de lo que pareciera un simple trámite para despachar a otro narco que se coló a la Ley de Justicia y Paz, se mueven poderosos intereses.

 Por un lado están los del Gobierno norteamericano, que debe darle un apretón de tuercas a la lucha contra la droga, en momentos en que muchos senadores demócratas y algunos republicanos no entienden por qué algunos comandantes de las autodefensas siguieron traficando y ‘operando’ luego de su supuesta desmovilización, ante la vista –y escucha, inclusive- de sus carceleros. Por otro lado van los intereses de los jefes paramilitares que permanecen recluidos en una cárcel cómoda y bien dotada de Antioquia, a la espera de que se haga efectiva la promesa de no extradición (“si se portan bien”) que desde los primeros días de Ralito les hiciera el presidente Álvaro Uribe.

 La coincidencia entre el Diego de Montoya y el Diego de Murillo puede prestarse a confusiones, como la de haber sometido a ‘Don Berna’ a un enojoso y sorpresivo traslado, que prendió alarmas en Itagüí y obligó al ministro del Interior Carlos Holguín casi que a presentar disculpas. Pero la verdadera coincidencia no está allí, sino en el “Don” de sus respectivos alias, porque quien en el mundo de la mafia carga ese distintivo no es porque se lo puso, sino porque llegó a conquistar tan ‘respetuoso’ trato.  
 Don Diego no sólo es el capo del narcotráfico a quien protegía el batallón de alta montaña que el lunes 22 de mayo de 2006 emboscó y asesinó cerca de Jamundí a los diez policías y un informante que integraban el cuerpo élite antimafia  de la Dijin –adiestrado por el entonces coronel Óscar Naranjo y consentido de la DEA–, sino el mismo de quien un año después de esta masacre (sin que hubiera sido capturado) se vino a saber que había puesto bajo su nómina a un grupo de oficiales activos del Ejército, y a otros retirados. Eso habla de la importancia tanto del Don como de su captura, que expía culpas y repara imágenes maltrechas.

Por su parte Don Berna –heredero del capo di tutti capi, Pablo Escobar– es el mismo que durante las ‘conversaciones’ de Ralito fue acusado por la Fiscalía de ordenar el asesinato de dos políticos tolimenses y de quien se creyó habría dado ‘papaya’ para su extradición, pero recibió el respaldo en bloque de la cúpula paramilitar y tras su captura se paralizó el transporte de Medellín (incluido el Metro), y unos días después se ordenó su traslado de la cárcel de Cómbita a una más confortable en Envigado.

Si no falla la memoria, es además el mismo de quien Los Angeles Times informara –citando a una fuente de la CIA– que le habría colaborado al general Mario Montoya para el desarrollo en octubre de 2002 de la Operación Orión, nombre a su vez coincidente con el alias de uno de los lugartenientes de Don Berna en esa, la Comuna 13 de Medellín. Lo que dijo el Times nunca fue confirmado por la CIA, pero una fuente suya afirmó que se trataba precisamente de “información de inteligencia sin confirmar”. 

Según Semana (edición 1321, agosto 27) “la extradición de ‘Don Berna’ será mucho más rápida que la de Macaco”. Si nos atenemos a la seguidilla de supuestos errores cometidos desde el pasado jueves 13 de septiembre con motivo del traslado de dos detenidos a un buque en altamar para un viaje sin regreso, y se le suman los  reversazos (cero y van dos) en lo pertinente a Murillo Bejarano, sería factible concluir –a riesgo de otro yerro- que en Colombia hasta las mejores revistas pueden equivocarse.

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