martes, 25 de septiembre de 2007

Carta a Héctor Abad

Opinión de Mario Quadros*

Mi estimado Héctor:

Guardé tu libro El Olvido que seremos por algún tiempo sin leerlo, a sabiendas de que sería, aunque triste, muy interesante y con grandes enseñanzas. Lo guardé como quien se reserva el mejor bocado de un laudo almuerzo para el final. Tenía yo toda la razón. Tu libro además de registrar un momento vergonzoso y triste de la historia de Colombia, muestra el amor de un hombre por sus hijos, solamente encontrado en personas con la sensibilidad y con la forma de pensar de tu padre.

Como decía un gran amigo: los hijos no tienen problemas, el problema son los padres. Ahí están los resultados de la buena crianza que tuviste. Algunos hijos adultos se rehúsan a aceptar las equivocaciones de sus padres y prefieren en nombre de “tener una personalidad” seguir los mismos y viejos patrones. Para ellos el amor no permite la crítica. Y, cuando se rebelan, se van para el otro extremo. La inconsecuencia.

A pesar de esa tragedia eres un hombre con suerte. Un padre como el tuyo es una dádiva y muy pocos gozan de esa fortuna.
Todos los padres deberían leer tu libro. Explicaciones como la que los padres no quieren igual a todos los hijos, son muy difíciles de aceptar y entender. Tú las describes muy bien. Sobre este punto te voy a contar una historia sobre el amor de los padres a los hijos y verás que es diferente de la tuya: en un cumpleaños de un padre con cierta edad llegaron los hijos a abrazarlo y a felicitarlo. Llegó el primero, el segundo, la hija y, de pronto, llegó Rodolfo, el hijo mayor y a quien mejor le iba en la vida. Vestía muy elegante, su carro nuevo, siempre brillaba. Se aproximó al viejo y le colocó un reloj de oro en la muñeca. Dice el escritor portugués, que el abrazo que el padre dio a Rodolfo fue el más apretado. No veo a tu padre hacer esa clase de distinciones entre los hijos. Sin embargo, en ese mundo, como bien lo defines, de pequeño burgueses victoriosos, esos son los valores de referencia.

Tu padre empezó desde siempre a mostrarte la realidad de las cosas, sin el fariseísmo típico en la mayoría de los padres de esa época. Te preparaba para el mundo del futuro y no del pasado. ¿Que hijos pueden contar que su padre les mostró desde pequeños el origen científico de la vida, sin utilizar el cuento de Adán y Eva y del pecado?
¿Qué padres hubieran tenido la claridad de mostrar a sus hijos, desde pequeños, la pérdida de tiempo y la distorsión de la realidad que significaba la rezadera frenética de ese entonces? Y lo interesante, como dices, es que, algunas veces, cuanto más se rezaba, más desgracias acontecían. Ver hoy que los dirigentes de esa Iglesia que quisieron negar el derecho a tu madre de rezar una misa a tu padre muerto, son los mismos que vemos absolver y ocultar a los curas abusadores de menores.
Tu padre ya entendía, en aquel entonces, que los períodos de la infancia y de la adolescencia debían ser los más prolongados posibles. En el mundo de hoy, Héctor, los padres sacan a los hijos lo mas rápido posible de la casa para un kinder, que preferiblemente enseñe inglés y ahora también mandarín, en la búsqueda desenfrenada de volverlos más competitivos y quizás genios.

Muy bien entendiste y expresaste en tu libro el comportamiento de nuestra innata mezquindad y nuestros sentimientos, buenos y malos y lo que nos lleva a frenarlos.

Pasando a lo político, he conocido pocos médicos especializados en Salud Pública. En Brasil los llamamos médicos sanitaristas. Lo interesante es que todos son de izquierda. La razón salta a la vista: por su profesión ellos conocen nuestra miseria y necesidades básicas.

Es más que entendible tu eterna falta de aceptación de este monstruoso asesinato. Me pregunto: ¿Será que algunos de los que agredieron a tu padre con su alto grado de intolerancia, prestigiosos miembros de la sociedad, y que mucho contribuyeron para este estado de cosas que hasta hoy se vive en Colombia, alguna vez te llamarán para disculparse? No creo, ¿cierto?

No tengas duda que los miles que leyeron y leerán tu libro, están en “plena armonía con tus recuerdos”, como lo deseas; que los que tenemos consciencia de la necesidad de una política de justicia y de igualdad social, también nos identificamos con lo que has sentido.

La realidad que se impone hoy en este sufrido país para los que buscan justicia, es la que quieres, mi querido Héctor, cuando invitas a postergar “este olvido que seremos”, porque la mentalidad, la filosofía y la intolerancia de los que mataron a tu padre siguen presentes y poderosas en Colombia y, porque no, también en el Vaticano.

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*Ingeniero industrial; estudiante de Ciencias Políticas.

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