lunes, 20 de agosto de 2007

Retrato de López Michelsen

Opinión de Ricardo Sánchez Ángel* | Especial para Un Pasquín

Lo sustancial del legado del expresidente López Michelsen es su larga fidelidad a la oligarquía política de la cual fue heredero, además de un continuador de su permanencia en la estructura del poder social en Colombia. Como joven profesor y abogado litigante, López mereció el apelativo endilgado por Gaitán: hijo del ejecutivo.

Por acción u omisión, más allá de su exoneración jurídica, el hijo de López Pumarejo, contribuyó con sus habilidosas relaciones con la Handel a la caída del segundo gobierno de su padre, envuelto en una bruma de corrupción y desafecto de la opinión pública. Eran los tiempos en que ejercía la cátedra de Derecho Constitucional en la Universidad Nacional y barruntaba sus apuntes en libros, que muestran muy temprano su decidida apuesta por el legado hispano colonial y sus propuestas sobre el Estado fuerte. Fue un cultivador en el jardín de las ideologías históricas de la leyenda rosa de la dominación española.

En sus memorias, García Márquez, al referirse a los “maestros de grandes nombres”, se expresa así del expresidente: “Entre ellos Alfonso López Michelsen, hijo del único presidente colombiano reelegido en el siglo XX, y creo que de allí venía la impresión generalizada de que también él estaba predestinado a ser presidente por nacimiento, como en efecto lo fue”. Una manera de evocar lo que ha estado establecido en Colombia desde el siglo XIX: la herencia familiar del poder político de la oligarquía liberal-conservadora, a través de los llamados delfines, hijos del ejecutivo, parientes y una telaraña de intereses en la constelación de los poderes. El nepotismo para ejercer la dominación como algo establecido, normal, natural y lógico.
En el porvenir veremos reaparecer al delfín, Alfonso López Caballero, reclamando como algo obvio, con todos los méritos que le da ser miembro del club, el ser nominado como candidato a inquilino del palacio de los presidentes.

Así las cosas, es lógico que López Michelsen fuera acérrimo opositor de la reforma agraria, no sólo la del presidente Lleras Restrepo, sino de todo tipo de reforma agraria en Colombia, y partidario de la vía capitalista en la agricultura, manteniendo la gran propiedad territorial latifundista y de hacienda. Su apología a la sociedad rural, tan oportuna en resaltar el folclor regional popular, le servía no obstante, para exaltar los valores de una oligarquía territorial de grandes familias.

Vivió para ver la fusión y complicidad de esta capa social con los nuevos hacendados y ricos, provenientes del narcotráfico y el crimen organizado. Y la irrupción de la ‘‘parapolítica’’, en la entraña misma del establecimiento que él defendió, con innovaciones de cambio que a la postre, eran de la estirpe del Gatopardo: que todo cambie para que todo siga igual.

Con el MRL, Movimiento Revolucionario Liberal, de oposición al Frente Nacional, López se erigió en un crítico brillante e incisivo de la nueva violencia, la supo analizar en sus mejores escritos políticos, como Vida, pasión y muerte del Frente Nacional, en que muestra como la vieja violencia liberal-conservadora, se ejercía por parte del Frente Nacional contra los disidentes del MRL y del campesinado. Además mostró el espectro social de esa nueva violencia. Esta actividad de escritor la mantuvo toda su vida, haciendo gala de su formación histórica y política, con un afán permanente por la actualidad internacional.

Otra dimensión suya es la de haber defendido los logros de la Revolución Cubana y haber reestablecido las relaciones diplomáticas con la isla en su gobierno. Como Canciller de Lleras Restrepo, y luego como presidente, acentuó un propósito de solidaridad con la recuperación del canal de Panamá, así como su acción en la paz de Centroamérica, reconociendo el papel de la revolución Sandinista.

No obstante, el gobierno de López Michelsen fue sencillamente reaccionario. Su máxima propuesta fue la famosa “pequeña constituyente”, un cenáculo bipartidista para reformar el Estado, que afortunadamente fracasó y que dejó maltrecho su prestigio como constitucionalista. A los conflictos laborales y estudiantiles les dió tratamiento de movimientos subversivos, contra el orden público y con el expediente del Estado de Sitio reprimió la protesta y conculcó las libertades públicas, hasta llegar al paro cívico del 14 de septiembre de 1977, hace 30 años, el levantamiento urbano más importante desde el 9 de abril, con un saldo cuantioso de heridos, muertos y presos. Y el presidente exhibiendo tachuelas en la televisión, como prueba reina del propósito subversivo del paro, escena de la picaresca, que hizo las delicias de las caricaturas del maestro Osuna en El Espectador.

En la búsqueda de la reelección presidencial, se vió envuelto en relaciones peligrosas con la presencia del narcotráfico en su campaña, comenzando un nuevo ciclo político de la vida nacional signado por esta siniestra corrupción de las costumbres.
El legado de senectud de López fue el del acuerdo humanitario, al que se dedicó con porfía. En sus escritos sobre este tópico desplegó creatividad jurídica y política, constituyendo su verdadero testamento político.

---
*Profesor de la Universidad Nacional y de la Universidad Externado.

No hay comentarios.: