lunes, 20 de agosto de 2007

Oleada autoritaria y marejada humanitaria

Opinión de Carlos Victoria* | Especial para Un Pasquín

A su paso por los Valles de Lágrimas, Moncayo me hizo recordar las bienvenidas que en los sesenta les dábamos a las vueltas a Colombia. Ahora los citadinos, y dóciles salen de sus madrigueras a darle un abrazo, un crucifijo, un vaso de agua, y una que otra mirada de compasión. Semeja al Ecce Homo que, encadenado, y sufriente, ha crecido al lado izquierdo del Río Cauca, y al cual le atribuyen una sarta de milagros.

El olor mediático de su romería era como un imán que atrapaba lo que se le atravesaba. Políticos de barrio, carniceros, montallantas, y la tropa de curiosos, se repartían aplausos, y uno que otro viva, en medio de la canícula, la misma que parecía derretirlo como una vela de cebo en cuaresma. Moncayo caminaba sin mucho aspaviento pero con la fe del carbonero. Sus pasos eran más sólidos que todas las estatuas que encontró en el camino. Rezaba y se persignaba.

Era una bola de nieve en medio del calor sofocante que levanta el asfalto. Lo seguía un enjambre de hombres y mujeres como si se tratara de la multiplicación de los panes, en medio del miedo, la incertidumbre y el escepticismo. Esta nueva vuelta a Colombia a pie es empujada por la rémora del acuerdo humanitario, ante la oleada autoritaria alentada por el patrón del Palacio. Es una marcha forzada que taladra el corazón grande, desde esa Colombia temblorosa.

Los callos de sus pies y los callos que ha pisado, son los viejos achaques de un país sumido en la quejumbre de las violencias, los olvidos y las espinas de una democracia derrotada. La marejada humanitaria que han despertado este hombre, su familia y los discípulos de la causa, pasará a la historia como aquellas epopeyas que algún día dieron origen a la leyenda del Dragón Yu y la Tortuga, que juntos recorrieron el mundo para rehacerlo durante trece años.

La Tortuga llevaba sobre su espalda una Tierra Mágica, y allí por donde pasaba, el suelo se asentaba y la cálida tierra lo cubría. Pero la Tortuga creaba montañas sin valles y cumbres sin llanos. El Dragón sabio, fue tras la Tortuga surcando los aires, y utilizó la punta afilada de su cola serpentina como un yugo, y dibujó las líneas de los ríos, y encauzó las aguas, y creó un tapiz maravilloso con valles fértiles donde los humanos pudieron habitar. Y al final, con su cola de serpiente, Yu desvió el Río Amarillo y precipitó sus aguas en el abismo, para alejar la amenaza de la inundación.

En el libreto de esta dramaturgia humanitaria está previsto que aparezca el Dragón, pero no como un actor de reparto, sino como un coprotagonista. Puede ser el Dragón de la conciencia nacional que despierte del sueño profundo en la que vive. Al menos el cielo del centro del Valle, muy cerca por donde avanzaba el caminante humanitario, fue surcado por una bola de fuego, seguido por un estruendo, como si se tratara de una bocanada del Dragón de la leyenda. A lo mejor anunciando su presencia entre los adormilados parroquianos, aunque también dice que las señales en el cielo pueden ser el presagio de más desgracias en la tierra.

Como la tortuga, Moncayo no tenía afán en llegar a Bogotá, pero tampoco dio reversa. Su paso y su voz fueron muy superiores a la tramoya del jueves 5 de julio, a ese monstruo construido por el libreto que seduce e ilusiona a las muchedumbres, ávidas de resultados, y victorias, agobiadas por las ilusiones, y fanáticas de una paz a costa de cientos de fosas comunes, de desaparecidos y de millones de desplazados, que ese día no pudieron ser parte de los registros oficiales.

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*Profesor universitario.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buen articulo, aunque llego tarde a los lectores...