lunes, 20 de agosto de 2007

La historia oficial

Opinión de Guilario | Especial para Un Pasquín

El 16 de febrero de 2000, 600 paramilitares llegaron la vereda de El Salado en Carmen de Bolívar. Durante los siguientes 4 días le dieron una nueva definición a lo que es el horror.

Uno de los pocos reportajes del acto, escrito por la revista Semana cuenta que “A los dos días de hostigamiento continuo […] lograron acorralar a unas 500 personas en una cancha de microfútbol frente a la iglesia. El primer muerto allí fue Eduardo Novoa, a quien degollaron en presencia de todos […] Los verdugos entonces pusieron música y destaparon ron […] a los abuelos Desiderio Lambraño y José Urrueta, ambos mayores de 70 años, los pusieron a bailar vallenatos mientras les disparaban cerca de sus pies. Un hombre macizo, de saco negro, se acercó a los dos, los tomó de la cabeza, estrellándoselas la una contra la otra hasta matarlos. A una adolescente la violaron en fila. Murió ahogada con su sangre porque le habían metido cactus entre su boca.”

Dejaron un rastro de 36 historias como estas, enmarcadas en cadáveres. Las palabras para describir este episodio de la historia Colombiana sobran, pero el hecho de que el 99% de los Colombianos nunca haya oído hablar de El Salado debería aterrarnos tanto como la historia en sí.

En 1985 una película Argentina se convirtió en la única película latinoamericana en haber ganado un Oscar como mejor película extranjera. La película relata cómo durante la transición a la democracia una ingenua profesora argentina empieza a descubrir su papel en el horror de la dictadura. A través de su drama personal de descubrir que su hermosa hija era en realidad hija de unos desaparecidos empieza a encontrar las historias de cantidades de argentinos que fueron destrozados ante el silencio de la gran mayoría. Paralelo a la saga de la profesora, la película revela cómo la sociedad argentina se apodera de la transición y le pasa por encima tanto a un gobierno mitad débil mitad cómplice como a unos victimarios que sin el velo del silencio ya no se sentían tan poderosos. Aunque la película es ficción muestra muy claramente como la sociedad argentina solita enterró a la dictadura y rescató a sus víctimas; cómo los ciudadanos solitos encontraron los huecos en la Historia Oficial y volvieron el lema de su movimiento, “Nunca más”, una realidad.

Como bien lo demuestra la historia de El Salado, en Colombia no tenemos nada que envidiarle a los horrores de la dictadura Argentina. Pero sí tenemos mucho que envidiarle al aprendizaje y al coraje de la sociedad Argentina que por encima de su gobierno se alzó para garantizar que su país no volviera a sufrir el horror de la dictadura. Acá no. Acá no nos truenan los corazones con el grito de Nunca más y seguimos tragando nuestra propia Historia oficial. Una Historia oficial que dice que sí pasaron cositas feas pero que nadie tuvo nada que ver y que si tuvieron algo que ver ya están muertos. Una Historia oficial donde preferimos no saber qué fue lo que pasó a tener que asumir que pasó bajo nuestras propias narices y que aunque sea con nuestro silencio compartimos algo de la responsabilidad en ese horror.

En Argentina no hubo un castigo ejemplar para los victimarios como posiblemente no lo habrá en Colombia, pero lo realmente importante se logró. Personas de todas las clases sociales entendieron su responsabilidad en lo que había pasado y sin importar lo que decidiera el gobierno se aseguraron de que la Argentina del futuro fuera diferente. En Argentina llegaron a la conclusión de que ninguna amenaza guerrillera podría justificar el terror con que la dictadura había teñido el país. Mucho me temo que en Colombia no hemos llegado a esa conclusión y que preferimos la dulce ignorancia a tener que entender por qué pasó lo que pasó y cómo hacer para que no vuelva a pasar. El verdadero proceso de paz no es entre las víctimas, el gobierno y los paras, es del país consigo mismo y hasta que no entendamos que ese proceso está en nuestros propios hogares y conciencias no llegaremos a la certeza de que nuestros hijos no lleguen a vivir experiencias como la de El Salado.

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