lunes, 20 de agosto de 2007

El Negro Fontanarrosa, ¿primer santo argentino?



Por Daniel Samper Pizano | Cortesía del autor para Un Pasquín

A comienzos del pasado mes de julio, la revista ‘Credencial’ publicó el artículo que aparece a continuación, escrito por Daniel Samper Pizano, amigo de muchas andanzas de Roberto Fontanarrosa, el querido autor de ‘Boogie’, personaje que desde feberero nos acompaña en las páginas de Un Pasquín. Conocedor de la delicada situación del Negro y sospechando que quizás estaba en sus últimos días, Daniel escribió este conmovedor relato como un homenaje en vida a su cuate y cómplice. Este periódico se quiso sumar a ese reconocimiento y le pidió al autor autorización para reproducir el texto, solicitud a la que amablemente accedió Daniel. Una semana después, Fontanarrosa falleció.


El 24 de enero pasado cantaba en Buenos Aires Joan Manuel Serrat. 

Minutos antes de que se iniciara el concierto del cantautor español, algunos de los espectadores vieron que entraba a la sala, por una puerta lateral, un tipo de barba y aspecto risueño en su silla de ruedas. Lo reconocieron de inmediato y empezaron a aplaudirlo. 
Pocos segundos después, todo el público que atiborraba el gigantesco Teatro Rex se había puesto de pie y ovacionaba al hombre de la silla de ruedas. Era Roberto Fontanarrosa, el Negro, que recibía una nueva prueba del cariño que le tienen los argentinos.

La ovación se prolongó durante tres o cuatro minutos. El Negro, impedido de todo movimiento del cuello para abajo, no pudo responder más que con sonrisas y agradecimientos entrecortados.
Si algún efecto positivo ha tenido la enfermedad que lentamente paraliza los músculos de Fontanarrosa es el de haber convertido en un cariño desbordado la admiración general por este humorista de 62 años.

Hace cinco, seis años, cuando aún podía caminar por las calles y sentarse en los cafés a conversar de fútbol y seguir con los ojos a las chicas transeúntes, andar con él por Buenos Aires o Rosario, su tierra natal, era como hacerlo con el Pato Donald. Cada diez metros alguien lo detenía para saludarlo o pedirle un autógrafo. Otro le gritaba desde la acera opuesta “¡Sos grande!” o “¡Vamos Central todavía!”, en alusión al equipo de fútbol de sus entretelas. 
Desde que está impedido es mucho peor. A la gente no le basta con saludar a Fontanarrosa, sino que besarlo se ha convertido en deporte nacional. Digo mal: internacional, porque pude comprobar que en Guadalajara (México) y Cartagena y Barranquilla (Colombia), adonde lo acompañé a participar en charlas sobre el fútbol y el humor, los circunstantes sentían la tentación de acercarse, tomarse fotos con él y dejarle un beso o una caricia como recuerdo. Vale para todos: hombres, mujeres y niños.

—Negro –le comenté una noche en el vestíbulo del hotel de Barranquilla, luego de que un desfile de parroquianos se acercó a saludarlo y a depositar el consabido ósculo en la mejilla o en la calva–: me perdonará que no lo bese, pero mi admiración por usted es puramente espiritual.
—No se preocupe, Samper –replicó–. Sé que usted es un varón tímido, pero también sé que acabará besándome.

Desde que nos conocimos, hace ya más de treinta años, nos tratamos con el curioso “usted” familiar que caracteriza a Bogotá. 

Alguna vez, cierto forastero extrañado me preguntó el porqué de semejante tratamiento, e intenté explicarle que en ciertos lugares de Colombia uno no se tutea con los hermanos, con el cónyuge ni con los amigos que quiere. No entendió.
Más tarde, el Negro se fingió desilusionado.
—Pensé que usted me trataba de usted por respeto, Samper, no por afecto; que éramos como Borges y Bioy Casares...

Dentro de esa falsa solemnidad zumbona se ha desarrollado una relación cuyo más firme terreno son la risa, el fútbol, los autores predilectos, las anécdotas y las ocurrencias repentinas. Que en el Negro no son escasas.

Aunque él afirma que su condición de humorista no lo convierte en animador de saraos, y agrega que suele ser un invitado aburrido, eso no es verdad. A diferencia de otros cuya timidez les moja la chispa, Fontanarrosa es muy divertido en plan de cuates.

Era difícil que fuera de otro modo, porque el Negro ha demostrado un extraordinario talento para hacer reír, tanto si se injerta de dibujante como de escritor o conferencista.

En su oficio de dibujante lleva tres decenios publicando caricaturas de lunes a viernes en el prestigioso diario Clarín, y es padre de dos protagonistas legendarios de historieta: el mortífero Boogie el Aceitoso y el gaucho Inodoro Pereyra.
Además de Argentina, Boogie se ha publicado en México, Colombia y otros países de habla española. Dejó de dibujarlo hace años, pero muchos hinchas aún le piden que trace los rasgos del sicario pecoso cuando firma un libro.

De Boogie se publicaron doce tomos y de Inodoro han salido treinta y dos. Otra docena más recoge sus diversos chistes gráficos y las aventuras de un personaje llamado Sperman, el superespermatozoide, cuya infatigable capacidad de reproducirse se marchitó pronto.

Vestido de narrador, Fontanarrosa ha escrito tres novelas y doce libros de cuentos. Uno de ellos, 19 de diciembre de 1971 fue elegido por la revista colombiana SoHo como “el mejor cuento de fútbol de todos los tiempos”.

Yo podría haber votado por él, o por muchos otros, porque considero que el Negro es, simplemente, uno de los mejores cuentistas de América Latina. Para probarlo, me remito a El sordo, una maravilla de historia que circula sucesivamente por la camaradería, el engaño, la cobardía, el orgullo y la ingenuidad, en una trama curva que no cesa de subir, como un tirabuzón. Este cuento se lo juego a cualquiera de los autores del boom.

Faceta menos conocida de Roberto Alfredo es la de conferencista bufo. Digo menos conocida, pero no menos celebrada. Quienes la hemos presenciado gozamos tanto con ella como con su obra gráfica o sus historias.

Sentado ante un auditorio, el Negro expone ideas, elabora teorías loquísimas, relata experiencias o zahiere a sus compañeros de mesa con la entusiasta tolerancia de estos. En el proceso, se convierte en inalterable actor que conserva una actitud casi profesoral durante su exposición, mientras el auditorio revienta a las carcajadas.

Yo lo padecí en Quito en el 2003, cuando acudimos ambos a una mesa redonda moderada por Francisco El Pájaro Febres Cordero, durante la cual hizo reír a costillas mías al público que, para oírlo, había ocupado hasta las escaleras y los retretes del local. Lo peor es que quien más se divirtió con sus tiros fui yo, que era la víctima.
Tres años más tarde, en Cartagena, los escritores que participaban en el Festival Hay le concedieron el premio que se otorga a un compañero: desde una silla, ya casi inmóvil, había mantenido en vilo los presentes en el Teatro Heredia durante una hora explicando con humor lo que era el humor. Cuando terminó, lo aplaudieron de pie y cerraron una larga cola para que les firmara sus libros. Y lo besaron.

Era la época en que el Negro aún podía escribir su autógrafo. Exactamente un año después, el 14 de enero del 2007, anunció a sus lectores que se veía obligado a despedirse del dibujo.

“Finalmente, la mano derecha claudicó” –explicó en una carta que publicó la revista Viva–. “Ya no responde, como antaño, a lo que dicta la mente. Por lo tanto, e independientemente de que yo siga intentando reanimarla, me veo en la necesidad de recurrir a algunos de los muchos excelentes dibujantes y amigos que tengo para que pongan en imágenes mis textos”.

La esclerosis lateral amiotrófica que padece desde hace algo más de cuatro años había alcanzado el punto en que le impedía seguir cumpliendo el oficio de toda su vida. Desde ese día, él describe el chiste cotidiano a su amigo y tocayo, el Negro Crist, y el Negro Crist plasma en rasgos y líneas la idea de Fontanarrosa.

En cuanto a Inodoro, dicta a otro dibujante los globitos e imparte instrucciones sobre las escenas. De esta manera, Fontanarrosa sigue presente en las historietas de Clarín. Por esas cosas que pasan, uno de los últimos dibujos que pudo terminar antes de que la mano derecha claudicara es el que más podría complacer a su férrea vocación de fanático futbolero.

Cuando los directivos del Rosario Central resolvieron adoptar un nuevo escudo para el club, acudieron a la pluma más ilustre del mundo “canalla”, que es como los rivales llamaban a los de Central, y como ellos acabaron motejándose a sí mismos.
Fontanarrosa diseñó un icono digno del siglo 21: nada de torreones medievales, adargas nobles ni lanzas guerreras: lo que vemos es la caricatura de un aficionado en trance de celebrar un gol y un letrero que anuncia, con ortografia fonética, “Soy Canaya”. Fue, quizás, el último dibujo que pudo hacer antes de que se le paralizara definitivamente la mano derecha.



Como muchas ciudades del mundo, Rosario está celosamente dividida entre hinchas del Central y del Newell’s Old Boys (el “Ñuls”). La mejor prueba de que Fontanarrosa se halla por encima de los partidos, es que hasta los odiados hinchas del Ñuls, los ‘leprosos’, lo felicitan y saludan, y el Negro se deja querer de ellos y de todos, a veces con risueña resignación
Hace algo más de un año el Festival Hay le concedió su premio, como relaté atrás, y hace seis meses la Feria del Libro de Guadalajara lo bendijo con el Caterina, reservado a los grandes caricaturistas. Desde que los argentinos descubrieron que era un ídolo internacional, no han parado de rendirle homenajes.


Al regesar del Hay cartagenero a su Rosario natal lo esperaba una multitud, con carro de bomberos a la cabeza de la muchedumbre, mariachi a la cabeza del carro de bomberos y la mamá del Negro a la cabeza de los mariachis. La Alcaldía lo condecoró entonces con su más reluciente medallón.

Después el Senado le confirió la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento y, al carecer de grados en fútbol o en humor, la Universidad de Córdoba (Argentina) le impuso el honoris causa en ciencias químicas. Lo anterior parece un chiste, pero es más cierto que obtener agua amasando un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno.

Si el Negro se descuida, acabará siendo el sucesor de Evita Perón y será llevado a los altares en vez de la Difunta Correa, una mujer que amamantó a su hijo después de muerta, o Ceferino Namuncurá, un mestizo con vocación celestial que resultó condiscípulo de Gardel. Pero Ceferino no ha llegado ni a beato, y el halo de la Difunta es obsequio del pueblo, no del Vaticano.

Fracasados ambos intentos, Argentina, bicampeón mundial de fútbol, sigue sin colar una sola figura en el santoral. De proseguir su carismática carrera entre las fieles hordas, Fontanarrosa corre el peligro de convertirse en émulo de los pastorcitos de Fátima.

—Todos esos premios, esos homenajes populares, esas condecoraciones, esos viajes, esos aplausos –le pregunto un día en Cartagena, mientras tomamos jugo de níspero debajo de un ceibo–, ¿son acaso la gloria?
—Déjeme contarle una anécdota, Samper –me contesta–. A mediados de enero se inauguró en Victoria, pueblo situado a una hora de Rosario, un restaurante de tenedor libre.

Allí va el cliente, paga una suma y come los indescriptibles frutos del asado argentino: churrasco, chorizo, asado de tira, matahambre, colita de cuadril, pollo a la brasa, vacío, bife de chorizo, provolone al orégano... El lugar fue bautizado Parrilla Fontanarrosa, y está adornado con enormes dibujos de Boogie, Inodoro Pereyra, su mujer, Eulogia, el perro Mendieta... Cuando acudo con mis amigos no me cobran nada, y además pido repetición cuantas veces me da la gana. Eso, Samper, es la gloria. Lo demás son efímeras vanidades.

El Negro tiene razón. Acabaré besándolo.

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