jueves, 5 de julio de 2007

Los testaferros de la barbarie

Opinión de Jorge Gómez Pinilla*
Especial para Un Pasquín

Es de todos sabido que Pablo Escobar pasó de robar lápidas y desguazar carros, a transportar cocaína a Estados Unidos. Recogía la plata para pagar los envíos en las propias calles de Medellín, donde al que ponía determinada cantidad le devolvía el doble, en cosa de días. A esta cadena de la fortuna se ‘afiliaron’ empresarios y miembros de prestantes familias, quienes luego habrían de sufrir las consecuencias, cuando Escobar, al ver que lo dejaron solo, le declaró la guerra al país entero. Guerra que terminó ganando, con la aprobación de la no extradición, en la Constituyente del 91. Después se fue a vivir a una finca, desde donde seguía delinquiendo y rumbeando, hasta el día en que el presidente César Gaviria se enteró y quiso aplicarle el tatequieto.
Hoy, otra espada de Damocles pende sobre el país. Ante los ojos de muchos, unos porque intencionalmente se los vendaron y otros porque fueron puestos a mirar hacia otro lado, los dineros y las mañas y los cabecillas de esas mafias que heredaron las rutas y el inmenso poder del capo di tutti capi, siguieron haciendo de las suyas. Carlos Castaño empezó como narcotraficante, Salvatore Mancuso como ganadero. Cuando a Castaño las FARC le secuestraron y mataron al papá, juntó armas y amigos y hermanos y voluntades y les declaró su propia guerra, y nacieron y crecieron y se reprodujeron por todo el territorio las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). A medida que a punta de masacres y motosierras le arrebataban terreno a la subversión, fueron obteniendo por la trastienda la complaciente colaboración de empresarios, políticos, ganaderos y, lo que es ya inocultable, el apoyo táctico o logístico de numerosos “miembros aislados” en los organismos de seguridad del Estado.
Hace diez años, en círculos paisas se hacían colectas de joyas para enviárselas a Castaño y/o a Mancuso, no con el fin de obtener réditos como en la era Escobar, sino convencidos de que por fin iba a ser posible derrotar a la guerrilla. Si en cuatro décadas las Fuerzas Militares no lograron derrotar a la insurgencia, fue una especie de ‘bendición’ que comenzaran a aparecer sujetos rudos, malosos y dispuestos a actuar como testaferros de la barbarie. (A cambio de algunos favores, claro, pues “no hay almuerzo gratis”).
En la cresta de la ola antisubversiva, fortalecida por la soberbia intransigente y asesina de las FARC durante el Gobierno de Andrés Pastrana, surgió redentora la imagen de un Álvaro Uribe en quien los sectores guerreristas de derecha pusieron sus complacencias, por simple coincidencia de intereses. Así abunden los indicios, no existe aún la prueba reina de que éste haya prohijado el contubernio entre paras y política, pero en algún momento tendrá su costo político que alguien de su más íntima confianza como el ex director del DAS Jorge Noguera –a quien no deja de defender- resultara uña y mugre de Jorge 40 (¡hasta usaba el carro presidencial!), o que el Luis Camilo Osorio que absolvió de toda culpa al nefando general ® Rito Alejo del Río sea el mismo de quien Uribe dijera que “a ese Fiscal deberían clonarlo”.
La paradoja radica en que el escándalo por la vinculación de políticos y funcionarios del Gobierno con los grupos paramilitares beneficia a estos últimos, pues acrecienta su ya inmenso poder sobre el establecimiento, en directa proporción con la capacidad de intimidación que adquieren. En palabras de Marshall McLuhan, “el que tiene la información, tiene el poder”. Y tan cierto como que “no hay almuerzo gratis”, lo es que el país comienza a padecer de una terrible indigestión… moral.

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*Periodista; director del periódico ‘El Sábado’.

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