jueves, 5 de julio de 2007

Los pétalos de la resistencia

La historia de ‘La Rosa Blanca’ es una lección de entereza y valor civil, protagonizada hace 65 años por un puñado de estudiantes de la Universidad de Múnich, que pagaron con su vida la osadía de repartir panfletos que denunciaban la tiranía y barbarie de los nazis.

Una lección de vida
Especial de Un Pasquín

En mayo de 1942 mientras las tropas alemanas se encontraban en los campos de batalla de Rusia y del Norte de África, unos estudiantes de la Universidad de Múnich asistían a clases en las que compartían su amor por la medicina, la teología y la filosofía, así como su aversión hacia el régimen nazi.
Ellos hacían parte de La Rosa Blanca, una organización basada en principios cristianos que rechazaba el militarismo prusiano de la Alemania de Adolf Hitler y que redactaba panfletos clandestinos contra la guerra y denunciaban enfáticamente la barbarie de los nazis.
La Rosa Blanca estaba integrada por unos pocos alumnos de la Universidad de Múnich que rondaban los 20 años. Hans Scholl y su hermana Sophie lideraban el grupo, que incluía a Christoph Probst, Alexander Schmorell, Willi Graf y Jurgen Wittenstein. Luego se les unió Kurt Huber, profesor de psicología y filosofía, quien preparó las dos últimas series de folletos.
Los hombres de La Rosa Blanca eran veteranos de guerra que habían luchado en el frente francés y en el ruso; habían sido testigos de las atrocidades nazis, tanto en el campo de batalla como en el Holocausto, y eran conscientes de que el revés que la Wehrmacht había sufrido en Stalingrado finalmente llevaría a Alemania a la derrota.
Los hermanos Scholl habían nacido en Forchtenberg am Kocher, un pueblo donde era alcalde su padre, Robert Scholl. A los 12 años Sophie se unió a las Juventudes Hitlerianas, pero luego se desilusionó. El arresto de su padre por haberse referido a Hitler frente a un empleado suyo como “el flagelo de Dios”, le causó una profunda impresión. Para la familia Scholl la palabra “lealtad” significaba obedecer los dictados del corazón.“Lo que quiero para ustedes es vivir con rectitud y libertad de espíritu, sin importar lo difícil que esto resulte”, les decía su padre.

Cada vez más críticos. Cuando en 1942 comenzó la deportación masiva de judíos, Sophie, Hans, Alexander y Jurgen se dieron cuenta de que había llegado el momento de la acción. Compraron una máquina de escribir y una copiadora. Hans y Alex escribieron el primer panfleto con el encabezamiento: “Panfletos de La Rosa Blanca”, que en su texto decía cosas este tenor: “nada es tan indigno de una nación como el permitir que sea gobernada sin oposición por una casta que ha cedido a los bajos instintos... La civilización occidental debe defenderse contra el fascismo y ofrecer una resistencia pasiva antes de que el último joven de la nación haya derramado su sangre en algún campo de batalla”.
Los miembros de La Rosa Blanca trabajaron día y noche en secreto, produciendo miles de panfletos que eran despachados a estudiosos y médicos desde sitios no detectables dentro de Alemania. Sophie compraba papel y estampillas de correo en sitios diferentes para que sus actividades no llamaran la atención.
En el segundo panfleto de La Rosa Blanca se leía: “Desde la conquista de Polonia 300.000 judíos han sido asesinados, un crimen contra la dignidad humana... Los alemanes alientan a los criminales fascistas cuando carecen de un sentimiento que clame a la vista de semejantes acciones. Es preferible el fin del terror antes que un terror sin fin”.
Hans, el hermano de Sophie, sirvió dos años en el ejército y estudió medicina en la Universidad de Múnich. Luego en 1942 se desempeñó como médico en el frente oriental con Alex, Willi y Jurgen. Jurgen transportó montones de panfletos a Berlín. El viaje era peligroso. “Los trenes estaban repletos de policía militar. Si uno era un civil y no podía probar que había logrado una prórroga, se lo llevaban de inmediato”, recordaba.
El partido [Nazi] controlaba las noticias, la policía, las fuerzas armadas, el sistema judicial, las comunicaciones, la educación, las instituciones tanto culturales como religiosas.
El tercer panfleto pedía: “Sabotaje en las fábricas de armamento, periódicos, ceremonias públicas y del Partido Nacional Socialista... Convencer a las clases más bajas de la falta de sentido que tiene continuar la guerra, donde estamos frente a la esclavitud espiritual a manos de los nacionalsocialistas”.
Cuando a Alexander Schmorell se le pidió que hiciera un juramento a Hitler pidió que se le diera de baja en el Ejército. Willi Graf se pasó a la resistencia pasiva, al igual que el resto, luego de servir como asistente médico en Yugoslavia. Fue asignado a la Segunda Compañía de Estudiantes en Múnich, donde conoció a Sophie, Hans, Alexander, Christoph y Jurgen. Christoph Probst era el único miembro de La Rosa Blanca que estaba casado y tenía hijos, de modo que los demás trataron de protegerlo.
En el cuarto folleto escribieron: “Le pregunto a usted como cristiano si duda en la esperanza de que algún otro levante su brazo para defenderlo... Para Hitler y sus seguidores ningún castigo tiene proporción con la magnitud de sus crímenes”.
Cada folleto contra Hitler y el pueblo alemán era más crítico que el anterior. El quinto decía que “Hitler está llevando al pueblo alemán hacia el abismo. Siguen ciegamente a sus seductores hacia la ruina... ¿Hemos de ser para siempre una nación odiada y rechazada por toda la humanidad?”

Los últimos días. Luego de la derrota de los alemanes en Stalingrado en 1943 y la exigencia de Roosevelt de que las fuerzas del Eje se rindieran incondicionalmente, la invasión aliada estaba ya muy próxima.
Esa noche Hans, Willi y Alexander escribieron en paredes las consignas: “Libertad” y “Abajo Hitler”, y dibujaron cruces esvásticas tachadas en algunos edificios de Múnich.
Su profesor de filosofía, Kurt Huber, terriblemente impactado cuando se enteró de las atrocidades cometidas por el Estado en Alemania, trabajó en la edición de los últimos panfletos de La Rosa Blanca. También se sintió motivado para dar conferencias sobre temas prohibidos, tales como los escritos del filósofo judío Spinoza.
La Gestapo había estado buscando a los autores de los panfletos desde que apareciera el primero. A medida que el lenguaje de los folletos se hacía más vehemente, redoblaron sus esfuerzos. Arrestaron a personas ante la menor sombra de sospecha.
El 18 de febrero de 1943 Sophie y Hans llevaron una valija llena de los folletos finales escritos por el profesor Huber a la Universidad, y los dejaron en los corredores para que los estudiantes los encontraran y los leyesen.
Con la mayoría de los folletos ya repartidos en sitios clave, Sophie Scholl tomó la decisión de subir las escaleras hasta lo alto del atrio y lanzar los últimos folletos sobre los estudiantes. Jakob Schmidt, un empleado de mantenimiento de la Universidad y miembro del Partido Nazi, sorprendió a Sophie y a Hans con los folletos y los denunció. Fueron llevados bajo arresto a la Gestapo. El ‘interrogatorio’ de Sophie fue tan cruel que apareció ante el tribunal con una pierna rota.
El 22 de febrero de 1943 Sophie, Hans y Christoph fueron juzgados. Roland Freisler, el Juez Supremo del Tribunal del Pueblo de Alemania – creado por el Partido Nacional Socialista para eliminar a los enemigos de Hitler– los encontró culpables de traición y los condenó a ser ejecutados en la guillotina ese mismo día.
“¿Cómo podemos esperar que prevalezca la justicia cuando casi no hay gente que se brinde individualmente en pos de una causa justa”, dijo Sophie. “Un día tan lindo, tan soleado, y debo irme” —continuó diciendo— “pero, ¿qué importa mi muerte, si a través nuestro miles de personas se despiertan y comienzan a actuar?”
Las últimas palabras que Hans Scholl gritó desde la guillotina fueron: “¡Viva la Libertad!”.
Luego de meses de interrogatorios por parte de la Gestapo para obtener los nombres de sus camaradas, Willi Graf fue ejecutado. Su pensamiento final fue: “Ellos continuarán lo que nosotros hemos comenzado”.
Alexander Schmorell y el profesor Kurt Huber fueron ejecutados el 13 de julio de 1943. Los sobrevivientes recuerdan las últimas palabras de Huber como una reafirmación de su postura humanitaria; una lección de orgullo y fortaleza.
Jurgen Wittenstein fue interrogado por la Gestapo pero no pudieron probar su participación, de modo que lo dejaron en libertad. Consiguió ser transferido al frente, más allá del control nazi, y resultó ser el único sobreviviente. Luego de la guerra se trasladó a Estados Unidos, donde obtuvo el título de doctor, y recibió un premio del gobierno de Alemania Occidental por su valor.

Nadando contra la corriente. Con la caída de la Alemania Nazi, La Rosa Blanca pasó a representar la oposición a la tiranía en la psique alemana, al no haber tenido interés en un poder personal o un autoengrandecimiento. Su historia se hizo tan conocida que el compositor Carl Orff declaró (según algunos sin fundamento) a sus interrogadores aliados que fue un miembro fundador de La Rosa Blanca, siendo por ello liberado. Y aunque conocía personalmente a Huber, se carece de otros indicios (salvo las palabras del propio Orff) de que estuviera realmete involucrado en el movimiento, por lo que es posible que su afirmación no tuviera otro propósito que evitar la cárcel.
La plaza donde se encuentra el hall central de la Universidad de Múnich fue rebautizada “Geschwister-Scholl-Platz”, en recuerdo de Hans y Sophie Scholl; y la plaza contigua, “Professor-Huber-Platz.” Varias calles y lugares en toda Alemania recibieron nombres en memoria de los miembros de La Rosa Blanca y doscientas escuelas alemanas llevan el nombre de los Scholl.
Las actividades del grupo han sido tema de dos películas alemanas: Die weiße Rose, de 1982, dirigida por Michael Verhoeven, y presentada en Estados Unidos como The White Rose, y Sophie Scholl; Die letzten Tage, de 2005, dirigida por Marc Rothemund [recientemente exhibida en Colombia].
“La Rosa Blanca es una página radiante en los anales del Siglo Veinte. El coraje de nadar contra la corriente de la opinión pública, aún cuando fuera equivalente a un acto de alta traición, y el convencimiento de que la muerte no era un precio demasiado alto a pagar por seguir los dictados de la conciencia”, escribe Clara Zimmerman en La Rosa Blanca: su Legado y su Desafío.

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*Nota elaborada a partir de un artículo de Margie Burns, en el website de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, con datos adicionales de Wikipedia y otras fuentes.

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