jueves, 5 de julio de 2007

El ‘perico’ y el perro que se muerde la cola

Nuestros más valientes compatriotas han muerto embestidos por el monstruo del narcotráfico. Nos debería indignar que el gobierno siga pagando con nuestras vidas la doble moral de los gringos.

Opinión de Guilario
Especial para Un Pasquín

Preguntar quién es el culpable de la guerra en Colombia es la manera ideal de empezar una pelea. Que la guerrilla, que el abandono del Estado, que los corruptos, que la oligarquía, que los paramilitares… A primera vista parecería que todos tienen algo de culpa y sin embargo mirando a América Latina Colombia no es el caso más grave en ninguno de estos aspectos. Casi todos los países de Centroamérica tuvieron guerrillas; países como Perú y Bolivia tienen a su gente en un abandono muchísimo mayor que el que la tiene el gobierno colombiano; la corrupción mexicana hace palidecer a la nuestra y los paramilitares nicaragüenses fueron igual de bárbaros a los colombianos. Y sin embargo ninguno de los países latinoamericanos sigue poniendo 20.000 muertos al año por un conflicto armado.
¿Por qué? El único fenómeno que aqueja exclusivamente a nuestro país y que permite financiar ejércitos gigantescos dedicados a asesinarse mutuamente tiene nombre propio: la cocaína. Y contrario a todos nuestros señalamientos y golpes de pecho no es culpa ni de la guerrilla, ni de los paras, ni de la oligarquía. Es culpa de una gente que no sabe escribir el nombre de nuestro país y que tendría una enorme dificultad para encontrarlo en un mapa.
Tan solo hace un par de semanas el periódico The New York Times publicó un artículo documentando lo casual que se ha convertido el consumo de cocaína en la sociedad gringa. Según el artículo el consumo ya ni siquiera es motivo de vergüenza y cita a un periodista de la vida social neoyorquina diciendo que la cocaína es más aceptada socialmente que el cigarrillo. Según el periodista “uno puede entrar a una fiesta y meterse una raya y nadie se da cuenta, pero si uno saca un cigarrillo reaccionan como si uno hubiera sacado una pistola”. Otro tipo que trabaja en bolsa dice: “yo meto todos los días” y explica que “si yo me tengo que levantar a trabajar a las 6 de la mañana y quiero estar en control, lo hago. Me meto un gramo de coca y me gano un millón de dólares” .
No es que yo crea que meter cocaína es malo en sí, si los yupis quieren quemarse el cerebro no me podría importar menos. Lo que sí me parece inaudito es que nos sigamos matando a este ritmo para mantenerlos “sanos”. Creo que a veces no estamos muy conscientes de cuánto nos cuesta pelear una guerra que tiene como único objetivo salvaguardar la salud de la élite gringa. Nuestros más talentosos y valientes compatriotas han muerto embestidos de una u otra forma por el monstruo del narcotráfico. La sangre de Galán, de Bernardo Jaramillo, de Carlos Pizarro, de Álvaro Gómez, de Jaime Garzón son el precio que pagamos para que Paris Hilton, Kate Moss, Britney Spears y Lindsay Lohan puedan continuar con su estilo de vida. Estas niñas que imponen la moda en música, en formas de vestir y que simbolizan el tipo de vida de alguien exitoso, evidentemente también imponen la moda en consumo de estupefacientes. Eso sí, a ellas no las fumigan, ni las extraditan, ni las acosan; ellas son todo lo que alguien puede aspirar a ser y su mala maña de polvearse la nariz es parte esencial del glamour que derrochan. Como dice otro escritor citado en el artículo de The New York Times, “en una cultura obsesionada con la fama, el hecho de que la cocaína te hace sentir rico y famoso la convierte en la droga perfecta para nuestra era”.
El hecho de que al gobierno gringo le preocupe más la salud de los yupis de Wallstreet y las vedettes de Hollywood que la muerte y la corrupción en Colombia no nos debería sorprender. Pero sí nos debería indignar que nuestro gobierno siga pagando con nuestras vidas la doble moral de los gringos. Como un perro que se trata de morder la cola, el gobierno sigue poniendo en práctica una estrategia que no va a ser exitosa jamás, porque no está diseñada para solucionar el problema sino para que los gringos lo puedan seguir evadiendo. ¿Cuántos muertos más estamos esperando para rebelarnos, cuántos edificios del DAS, cuántos Centros 93, cuántas Ingrids Betancourt queremos que pasen para que tengamos el coraje de diseñar una política que haga a Estados Unidos asumir su responsabilidad en el problema de la droga? Al paso que vamos, nuestros hijos y nietos verán un país igual de partido en dos por el narcotráfico que el que le tocó a la actual generación.
Hace unos días, muy ingenuamente, la revista Semana titulé en su portada: “Se metieron al rancho”, en referencia a la intervención de Sarkozy, Pelosi y Bush en asuntos internos colombianos. Señores de Semana, “el rancho” es y ha sido de ellos hace rato y en gran parte por eso es que no funciona. Mientras sigamos obedeciendo órdenes de los países desarrollados Colombia seguirá sacrificando a sus más valiosos hijos en el altar de la cocaína, o si lo prefieren así, en el altar de Paris Hilton.

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