lunes, 2 de abril de 2007

La desaparición forzada de ‘Simón el bobito’

Durante la visita de Bush, el ‘genocidio’ contra las ilusiones infantiles sólo fue anécdota.

OPINIÓN

De Carlos J. Villar Borda*
Especial para Un Pasquín

Ya pasaron suficientes calendas desde el histórico domingo en que visitó a Bogotá el señor W (como lo llama Fidel) para que esto sea noticia, pero como los medios de información hicieron lo posible por ocultar los lunares de tan magno acontecimiento, nos parece que todavía es válida una relación fidedigna de un hecho tan trascendental.

Lo primero y posiblemente más importante fue la desaparición de Simón el bobito, Rin Rin Renacuajo, el Gato Bandido y, ¡ay! la Pobre viejecita. Es decir, un verdadero genocidio a las ilusiones infantiles de casi dos siglos de niñez nacional. Ocurrió que quienes organizaron la espléndida piñata para homenajear a Mrs. Laura W., contrataron cuatro desechables de la Calle del Cartucho para que se disfrazaran como los personajes de Pombo y presidieran un festín como nunca antes se había visto por estas tierras.

Las brigadas del Servicio Secreto, el FBI y la CIA que invadieron a Colombia desde meses antes de la magna efemérides, sin embargo, tuvieron un olfato más fino que el de los oragnizadores de la fiesta criolla y sospecharon que los personajes de Pombo podían esconder entre sus vistosos ropajes la bomba atómica casera, de manera que optaron por “desaparecerlos” por el método más sencillo a su alcance y de esta manera impidieron que la Pobre Viejecita muriera de mal de arrugas y encorvada como un 3, como lo relata Pombo. La única que se salvó de la carnicería fue Juanita Santos, directora del Museo, por pertenecer al clan para-Bipresidencial. Resulta obvio.

Estos fueron los mismos gringos que introdujeron el desorden en la llegada de Mr. W., cuando desviaron la caravana de su ruta original para evadir los peligros de las calles bogotanas. Y fueron también los que palaparon y manosearon a nuestros soldaditos para cerciorarse de que ninguna arma estuviese cargada de su correspondiente munición. Y así se aseguraron de que todas las actividades del día fuesen limpias e inofensivas.

Cortesía militar. En todas estas actividades no se oyó la más mínima protesta de nuestros pundonorosos militares porque todos consideraron que estaban dentro de los límites permitidos por el honor nacional. Mindefensa se rió y lo tomó a chiste y ningún diario protestó por lo que en otras circunstancias se hubiera podido considerar como un mancillamiento al honor nacional. El ilustre bipresidente, ocupado en rendirle honores al himno nacional de USA, consideró que lo impensable sería ultrajar a los visitantes y deploró una vez más que su chapuecero inglés no le permitiese cantar  a grito herido el himno del Imperio. En cuanto a los periódicos impresos, ninguno editorializó sobre estos episodios y el de mayor circulación se lavó las manos como Poncio Pilatos, insertando un par de cartas de lectores que se sintieron ofendidos.

Para rematar con broche de oro tan magno acontecimiento, la brillante piñata convirtió el Palacio de Nariño en una feria de pueblo para la repartición de los regalos sin necesidad de suspender en el aire una olla, por el peligro de que estuviese cargada de dinamita. Pero la repartición fue caótica y ajena a las tradiciones nacionales. A Mr. W. le entregaron una bolsa de mujer, sin darle explicaciones y los sombreros y los ponchos también fueron entregados sin dar explicaciones sobre su uso. El desorden fue causado en parte por el propio Bipresidente, irritado porque uno de sus hijos se había metido la mano en el bolsillo del pantalón y porque los periodistas lo acosaron con preguntas impropias sobre la extradición de nacionales.

De las siete horas exactas que el avión Air Force One pasó en tierra bogotana, solamente dos horas (como máximo) fueron utilizadas para un diálogo privado de los dos mandatarios. Diálogo facilitado porque el léxico aprendido por nuestro Bipresidente incluía las infaltables palabres “Yes, Mr. President” cada vez que el otro le decía “amigo”. Alguien quiso comparar a los dos personajes con la leyenda que se ha tejido en torno a ellos. Así se pudo descrubrir que Mr. W. no es tan tonto como dice su fama, a pesar de que sigue empeñado en decir “grikcianos” en lugar de griegos y nuestro Bipresidente no es tan inteligente como lo pintan sus amigos porque se aprovechó de una pregunta que le hicieron a Mr. W en la conferencia de prensa para tratar de vender durante diez minutos su Seguridad Democrática, esta vez en español sin tacha pero sin que nadie se creyerea el cuento de que es el ardid más ingenioso que se haya inventado desde los Reyes Magos para resolver todos los problemas de la humanidad.

Lo que causó perplejidad entre los corresponsales extranjeros fue que dos días antes de la llegada de Mr. W. un sargento de la Guardia de Honor presidencial se hubiera robado del Palacio de Nariño un cuadro del maestro Obregón y que no se encontrara preso dicho sargento, sino quienes lo descubrieron y recuperaron la valiosa obra. Esto no suele ocurrir en la Casa Blanca y nuestro Bipresidente cerró el episodio con beatífica fruición: “Ave María Purísima, siquiera recuperamos el cuadrito”.

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*Periodista.

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