lunes, 2 de abril de 2007

La cultura de cantina llevada a la nación desde las plazas de feria, donde se cultivaron el engaño y la ramplonería, nos lleva al despeñadero.

OPINIÓN

De Iván Marulanda Gómez*
Especial para Un Pasquín

Ocho años continuos puede ser mucho tiempo en la vida de una generación. Las huellas que dejan en la percepción de las personas dos períodos seguidos de gobierno envueltos en tormentas políticas y sociales, el influjo que pueden tener en la forma como se asume la vida y como se piensa que funciona la sociedad, pueden ser imborrables. Sobre todo para los jóvenes.

En los ocho años de gobierno en los que estamos embarcados, se hacen daños a la población que quizás tome mucho tiempo reparar. Pienso desde la idea que tenemos algunos, de que el camino hacia la civilización pasa por formar conductas democráticas en los individuos y en la sociedad.

Los legisladores que nos sometieron a la pedagogía de este periodo redoblado, no estaban en capacidad de medir los riesgos a los que exponían a la población. No les importaba, ni eran tan sutiles para advertirlo. Eran “políticos” en el sentido ordinario de la expresión, es decir, en el sentido despreciativo que le enseñaron a usar a la gente para describirlos de un plumazo.

Los colombianos, en especial los jóvenes, a partir de este recorrido de ocho años por la vaquería, asumen que el trámite de los asuntos públicos pasa por la intolerancia. El espacio público está congestionado de gritos, de insultos. De rabia, de amenazas. Lo demarca un ambiente crispado de alevosía, de desafío, de ira, que transmite a las gentes la certeza de que la política es así, sin remedio. Sí, la política que en Colombia invade la vida cotidiana, está congestionada de expresiones propias de cafres y mantiene al país ensangrentado.

Darío Echandía decía a mediados del siglo pasado que “Colombia es un país de cafres”. Eso que no sabía toda la verdad ni se la imaginaba, de hasta dónde llegaríamos. No se imaginó los tiempos que atravesamos. No calculó lo que llegaríamos a ser en ocho años seguidos con presidente energúmeno a bordo, echando micrófono y dándose pantalla a punta de alaridos y desafíos de peleador callejero.

Al país, que no era pera en dulce, lo invadió como plaga el tono procaz de la arriería, que si bien era pintoresco en el pequeño mundo de mis antepasados antioqueños, puesto en el universo de la nación como pauta y como paradigma, resulta por lo menos inapropiado. La cultura de cantina de la que se alardea, esa machería, esa ordinariez llevada a la nación desde las plazas de feria en donde se cultivó con eficacia la ignorancia, la ramplonería, el desprecio por la justicia y el culto al engaño, nos precipita al despeñadero.

Oír las cosas que dicen los dirigentes colombianos, incluso disparadas a personajes que no son colombianos, da miedo. La forma como las expresan y el veneno que contienen. El tono de venganza con que se espetan y la carga de odio que embargan. Del presidente para abajo, pareciera que estuviéramos entre cuchilleros retados a duelo.

Los guerrilleros, los paramilitares, el hampa, deben sentirse a sus anchas de ver que el país se impregnó de su ramplonería y terminó pareciéndose a ellos. Los asuntos de estado dejaron de existir. La suerte de Colombia es una apuesta de dados que se tiran sobre la ruana de algún aventurero, entre jugadores armados de barberas y cargados de dicterios y malas intenciones.

Cuando veo por estos días en las noticias la cola de genocidas y mafiosos que desfilan desde las cárceles hacia la Corte Suprema de Justicia y hacia la Fiscalía, siento que mi país se parece a esos tipos. Que ellos personifican lo que por desgracia terminó por tipificarnos. No siento que mis gobernantes, que los dirigentes de Colombia sean distintos a ellos en su estilo, en su aire, en sus malicias, en su perversidad, en su ambición, en su desfachatez. No pocas veces me pringa la mente el presentimiento que los vamos a ver desfilar a ellos también. De hecho ahí van, uno tras de otro, en la comparsa.

Lo angustioso es que con este tono que le pusieron a los asuntos de estado, no veo cómo ni cuándo, problemas como la pobreza y la violencia, o el reto de la modernidad, puedan recibir la dosis de inteligencia y refinamiento que reclaman de la política.

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*Ex Constituyente.

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