lunes, 2 de abril de 2007

El otoño del patriarca

Hay un García Márquez popular, latinoamericano, hecho a pulso, con disciplina y talento. Y hay un Gabo que celebran las Academias, los dueños de la prensa, la realeza y el gobierno.

OPINIÓN

De Ricardo Sánchez Ángel*
Especial para Un Pasquín

En las efemérides de García Márquez se percibe un activismo protagónico del señor presidente, cuando el país y la comunidad internacional esperan y esperan una revelación de la verdad acerca del paramilitarismo y de las relaciones con su gobierno. Porque el que debe dar el ejemplo y decir toda la verdad es el señor presidente, se supone que sabe mucho. Su decidida descalificación de la oposición como aliada del terrorismo, la promoción de la cacería de brujas a la intelectualidad disidente, su repugnancia a la causa popular de los derechos humanos, su abusivo ejercicio del poder y sus opiniones sobre la crítica, descorteses, ligeras, desconcertantes; tal vez el más intolerante de los presidentes desde Laureano Gómez. Lo cual me ha suscitado perplejidades sobre la connivencia y supuesta o real simpatía entre el premio nobel y el señor presidente. Y he decidido exponerlas en público.

La celebración de los ochenta años del nacimiento del connotado escritor es más que merecida. Novelista, cuentista y periodista de gran valía en sus realizaciones y quien con su obra y quehacer literario ha enriquecido el imaginario cultural del continente, acompañando las identidades variopintas de los pueblos. Destacando las fantasías del realismo mágico en el concierto universal, mostrando y demostrando el esplendor de unas culturas y creadores.

Todo esto y mucho más le ha dado nuestro compatriota a Colombia y América latina, a la lengua y la cultura.

La tarea de García Márquez, como la de Octavio Paz, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Borges, ha sido liberar a la lengua, a la literatura de las cárceles de las academias, el tradicionalismo provinciano y las simulaciones de las copias y los remedos extranjerizantes. Han renovado, revisitando lo popular, lo que forma parte de una historia común y del común, la novela y los cuentos con gran despliegue de imaginación, situados en lo raizal y desde allí, han logrado la universalización de una obra.
Este es el García Márquez popular, latinoamericano, hecho a pulso, con disciplina y talento que celebramos.

Pero hay otro, Don Gabo, que ha confundido confundiéndose, la grandeza con el éxito. La publicidad ha sido el altar donde celebra la ceremonia de sus ganancias. Convertido gracias a su talento y astucia de vendedor, algo aprendido en las tierras de nuestra mítica Guajira, en el más destacado caballero de la mercadotecnia.

En la sociedad del consumismo ha obtenido logros de su profesión de escritor, necesarios y bien ganados ingresos, pero convertido en un producto de la sociedad del espectáculo mercantil, algo muy distinto del eslogan “yo escribo para que me quieran más mis amigos”.
Don Gabo devino en un talentoso relacionista público, en un intermediario de los poderosos, no sólo de Fidel Castro, una amistad que lo destaca, sino de Clinton, de los grandes magnates, de presidentes, de los poderosos de los medios, de actrices del espectáculo y de colegas que han ganado, con gran distancia en la línea del éxito, un lugar en la fama. Don Gabo forma parte, en primera fila, del club de los ricos, los famosos y los poderosos.

Así las cosas, las ideas de don Gabo son mensajes publicitarios, parlamentos expuestos en el decorado de su actuación, que parece y es televisiva. Y como todo personaje de la realidad mediática, se volvió efímero, distanciado con los de debajo de donde proviene, esquivo con lo democrático, un producto hechizo, y por lo tanto, prescindible.

Este don Gabo, buen burgués, no lo festejamos. Este don Gabo es el que celebran las Academias, la Sociedad Interamericana de propietarios de prensa, con la antigualla del rey Borbón, del señor presidente de Colombia y con una peregrinación de escritores ungidos de migajas de fama.

El giro político de don Gabo se precipitó con la bancarrota, el derrumbe de la URSS y los socialismos de Europa Oriental, la derrota de los movimientos guerrilleros del Che Guevara y otros, la catástrofe del sandinismo en la primera hornada y el aislamiento de la influencia de Cuba en el continente, revolución a la cual se ha mantenido fiel.

Hace mucho tiempo, García Márquez luchó solidariamente contra las dictaduras del Cono Sur, apoyó a los sandinistas y a los socialistas venezolanos. Hoy es extraño, ausente a los movimientos pro Iraq, Palestina y El Líbano. Está desentendido de la tragedia colombiana. Y no hay tal que esté retirado de la actividad política, lo que ocurre es que su interés político está en otra parte y con otras gentes.

Está en su derecho de hacer lo que bien quiera, como yo estoy en el de comentarlo.

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*Profesor Asociado Universidad Nacional de
Colombia; Profesor Titular Universidad Externado.

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