lunes, 2 de abril de 2007

El aviso del terremoto

OPINIÓN
De Jorge Gómez Pinilla*
Especial para Un Pasquín

Casi sin querer queriendo, el columnista Lorenzo Madrigal –más conocido como Osuna en sus ratos gráficos– planteó para El Espectador una tesis en apariencia delirante: en tácita alianza con la casa Santos, el Vicepresidente de Colombia le estaría “minando” el pedestal al Presidente Uribe. Para no dejar duda de su afirmación (“hay cinceles que golpean con disimulada constancia”) pintó a Pacho Santos horadando la base de un pedestal que dice “LA PATRIA A URIBE”, mientras a su lado un busto del general Rafael Uribe Uribe pide que “¡Dejen dormir!”

Osuna ve solo al Presidente por las razones que todos ya conocen, pero en particular porque “sus lugartenientes están presos o temerosos de estarlo”. Sin embargo, la verdadera sorpresa de su ‘animado’ relato no estaría allí, sino en que vaticina para Uribe “la pérdida irremediable del poder”, debido a que Enrique Santos quizá “tuviera conocimiento de alguna acusación secreta”, lo cual explicaría “la separación de hecho que viene percibiéndose entre la prensa cogobernante y el Gobierno mismo”, circunstancia que a su vez estaría conduciendo a “romper la cohabitación, antes de la debacle”.

Una segunda sorpresa, el silencio reinante. Es factible que el mejor caricaturista de Colombia al momento de escribir estuviese contagiado del realismo mágico de Gabo en la celebración de sus 80 (“El Gabo del 8”). Esto explicaría tanto el mutismo de otros medios, como el augurio –en pretendido remate literario– según el cual es cuestión de (el) tiempo para que todo el poder que acumuló Álvaro Uribe Vélez caiga “en manos de la misma prensa que lo ha minado”.

Diríase pues que son elucubraciones de un espíritu sensible, abrumado por lecturas macondianas, para la ocasión. De cualquier modo, no deja de producir cierta inquietud –al mejor estilo Ágatha Christie– la foto de primera página publicada por EL TIEMPO al día siguiente de la visita de Presidente de EE.UU. (febrero 12), con el rostro de Uribe descompuesto y el titular “Aquí no hay nada que esconder”. En coincidencia con Osuna, allí estaría esbozado el aviso del terremoto, no exento de perspectiva histórica –Bush a bordo– y gráfica ironía.

En estricta lógica cartesiana, la soledad de Uribe sería en parte la consecuencia de que a muchos de sus allegados (o a algunos, para que no panda el cúnico) les cueste cada día más trabajo admitir que alguien a quien le atribuyen portentosa sagacidad y felina inteligencia, estuviese durante tantos años rodeado de tanto corrupto y no supiera nada de lo que pasaba. ¿Rampante ingenuidad? ¿Insufrible torpeza política?

Es ahí donde habrán de medirse las lealtades con rojo hierro, en su momento. Si el presidente Uribe fue capaz de poner las manos en el fuego por su ex director del DAS, Jorge Noguera (y se quemó), falta ver hasta qué punto el Vice estaría dispuesto a exponer las suyas a la candela por su jefe inmediato.

¿Cuántos de los que hoy siguen rodeando a Uribe eran conscientes de lo que ocurría (“el país no resistiría tanta verdad”, dijo Luis Carlos Restrepo), y cuántos han quedado atónitos, súpitos, estupefactos? Sin temor a equivocarnos, Francisco Santos Calderón pertenece a los segundos. Así se vio al precipitar la renuncia de la Canciller, cuando por primera vez marcó distancia. Lo cual nos regresa a Osuna, aunque con otro interrogante: ¿quién mina a quién?

(Y que no se diga después que una columnista de ese mismo diario no advirtió sobre el abrazo del oso...).

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*Periodista; director del periódico ‘El Sábado’.

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