miércoles, 28 de febrero de 2007

Revolcón en la Cancillería


El paso de ‘la Conchi’ por el Palacio de San Carlos fue otra muestra de la ligereza con la que el Presidente Uribe maneja la política exterior.

“Colombia, que le ha perdonado a los culpables y a los dolosos, (sic) no puede, por razones de imagen, condenar a los inocentes, a quienes lo han hecho bien, desde el punto de vista de la moral, de la ética y de la eficiencia en el servicio público”.
—Álvaro Uribe Vélez, en defensa de María Consuelo Araújo, en el Consejo Comunal de Gobierno en Melgar, Tolima. Febrero 17 de 2007


Opinión de Vladdo
Director de Un Pasquín

El interés del doctor Álvaro Uribe por la cartera de Relaciones Exteriores es directamente proporcional a su interés por purificar la política de este país.

Como ya se ha comentado ampliamente, la desiganción de los embajadores y de otros diplomáticos en diversos países se han hecho sin tener en cuenta la dichosa meritocracia que tanto han pregonado el propio mandatario y su Vicepresidente, sino el grado de amistad y cercanía de los beneficiarios con el gobierno.

“El que más aplauda se gana la próxima embajada”, parece ser el lema de Uribe a la hora de proveer los cargos del servicio exterior.

Y por eso nuestras representaciones diplomáticas en muchos países clave están llenas de ineptos a quienes el gobierno les está pagando favores directa o indirectamente, y cuyos méritos más sobresalientes consisten en ser furibistas purasangre, camanduleros de primera o áulicos incondicionales; lo demás no importa. Y los diplomáticos de carrera, ¡…que se frieguen!

De ahí que tengamos los embajadores que tenemos, algunos incluso en líos con la justicia y que dejan por el suelo la ya de por sí maltrecha imagen del país.

A lo bestia. Y como la caridad entra por casa, en la Cancillería la cosa no podía ser diferente, pues al fin y al cabo las funciones de su titular las usurpa Uribe cada vez que se le antoja. El caso de la saliente Canciller es la mejor muestra de que Uribe actúa en el terreno diplomático como si se tratara de una exposición equina donde todos aplauden sus dotes de chalán.

El nombramiento de María Consuelo Araújo, conociéndose los problemas de su familia, fue un desafío a la lógica –por más que el Presidente insistiera en que las responsabilidades penales son individuales– y su salida del Palacio de San Carlos estaba cantada desde el mismo día en que se posesionó.

Los rumores que corrían contra sus hermanos y contra su propio padre terminaron convertidos primero en denuncia, luego en indagatoria y por último en orden de captura (inicialmente contra el senador Álvaro Araújo, cosa que no sorprendió a nadie); y en esas condiciones la situación de la ex ministra de Cultura era bastante incómoda. Situación que ella misma contribuyó a agravar con su falta de tino, cuando coló a su hermano a la resonada visita que ella le hizo al Fiscal General, con la intención dizque de “averiguar por una situación familiar”, cosa que echaba por el suelo la tesis de Uribe de la responsabilidad individual.

Tras este episodio, la Canciller y su familia trataron de defenderse aduciendo puerilmente que todo se debía a una persecución de los medios capitalinos contra una modesta familia de provincia.

A su vez, el Presidente –quien compartía la misma tesis– salió a defender las bondades de su querida ministra, cuya situación cada día se enredaba más. El Primer Mandatario pasó por alto no sólo el llamado a indagatoria contra el senador Araújo, sino que desestimó su captura, basándose en la tal responsabilidad individual.

Cuando Álvaro Araújo lanzó su campaña al senado, a finales de 2005, la misma Conchi se retiró voluntariamente del ministerio de Cultura dizque para evitar un conflicto de intereses, cosa que tenía toda la lógica del mundo. ¿Por qué la Canciller no siguió esa misma lógica, cuando su hermano fue llamado a rendir cuentas por la Corte Suprema de Justicia, situación que superaba de lejos un simple conflicto de intereses…?

Se dice que María Consuelo ofreció su renuncia, pero el Presidente no la aceptó y en varias intervenciones salió de nuevo a defenderla con una vehemencia que no fue suficiente para para impedir la inevitable caída. Con lo que Uribe no contó fue con la presión de la prensa extranjera (sobre todo la norteamericana) para la cual la situación era no sólo impresentable, sino que comprometía seriamente la legitimaidad de todo el gobierno, debido a la gravedad de las acusaciones contra el senador Araújo. Ahí quedó sellada la suerte de la ministra; y Uribe, al ver lo que se le venía, no tuvo más opción que aceptar la dura realidad.

Sin embargo la salida de la Conchi no detuvo las reacciones en el exterior. De hecho el influyente senador demócrata de Estados Unidos Patrick Leahy, tras la publicitada y por muchos esperada renuncia de la Conchi, expidió una enérgica declaración donde prácticamente le exigía al gobierno colombiano que diera muestras claras de su ruptura con los paramilitares. “Los contribuyentes de Estados Unidos merecen la seguridad de que el gobierno colombiano ha roto sus nexos con estos grupos terroristas y de que está persiguiendo a aquellos implicados, decomisando sus activos mal habidos y reparando a sus víctimas”, decía el final del fuerte comunicado, divulgado el pasado lunes 19 de febrero.

Este terremoto político y diplomático se hubiera podido evitar si, por una parte, Uribe fuera menos terco y dejara de menospreciar la influencia paramilitar en su gobierno –remember caso Noguera–, creyendo que todo le va a seguir resbalando indefinidamente; y, por otra, rectificando el mal manejo que ha hecho en estos casi cinco años de la política exterior de Colombia, que no se puede seguir haciendo como se manejan las relaciones del dueño de El Ubérrimo con sus vecinos.

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