miércoles, 28 de febrero de 2007

La idea asesina


Pensar puede ser fatal para la salud. ¡Pilas, furibistas!

Reflexión de Julio Carabias
Tomada del libro El humor en la prensa española

No cabe la menor duda de que el hombre es un animal de costumbres, e incluso a veces únicamente lo primero.

Nuestro hombre, cuyo nombre omitimos para evitar que nadie se sienta aludido, tenía tal costumbre de no pensar, que, sin temor a equivocarme, podríamos decir que en sus treinta y cinco años de existencia no había tenido ni una sola idea original.

Y no es que fuera ningún fenómeno de feria o que padeciera alguna tara mental.Era simplemente un señor normal al que la vida diaria no le daba oportunidad de ejercitar sus facultades de discernimiento. Tenía intactos su sentido crítico y su capacidad de pensar por su cuenta. La vida actual todo se lo daba resuelto.

Su trabajo consistía en apretar unos tornillos, siempre los mismos, de cada aparato que frente a él pasaba por la cadena de montaje en serie. Nunca supo para qué servían los tornillos y nunca le interesó enterarse.

Comía siempre en el mismo restaurante, donde inevitablemente pedía el plato del día.

Cuando veía los toros o el fútbol por la televisión, no le daba tiempo a interpretar por su cuenta lo que veía en la pantalla, porque, según iba ocurriendo, el locutor simultáneamente lo iba explicando.
Sólo leía fotonovelas, en las que las imágenes le impedían el menor esfuerzo de imaginación.

Al cine sólo iba a ver esas películas en las que siempre los de siempre hacen lo de siempre y en las que siempre todo acaba como siempre. Él se divertía siempre.

Su conducta cívica, tanto política como ciudadana, la tenía perfectamente resuelta con las consignas y orientaciones que le ofrecían los distintos medios de información social. Estaba de acuedo con todo. Era feliz y nunca se había parado a considerar por qué, lo que quizá sea la perfecta felicidad.

En fin, como decimos, era un señor normal de los que conocemos más de uno.

Pero ocurrió que en una ocasión, mientras estaba solo en su casa viendo el partido del día, hubo un apagón de luz, por lo que durante unos minutos quedó su atención libre de la tele.

Su imaginación, no se sabe por qué extraño motivo –quizá fueran la oscuridad y el silencio a los que nuestro hombre estaba tan poco acostumbrado-, voló, aunque con torpe y pesado aleteo.

Cuando, después de haber vuelto la luz, su familia llegó a la casa le encontraron muerto, como fulminado en su butaca.

El dictamen del forense fue que su muerte la produjo una congestión cerebral dediba a un fuerte shock síquico.

Todos pensaron, lógicamente, que quizá el shock se produjo cuando metieron el gol del empate rival, pero la cruda realidad era otra.

Su cerebro, virgen durante toda su vida de ideas originales, no había podido resistir el trauma originado por el pensamiento espontáneo que durante el apagón le había venido a la mente.

Nadie sabrá nunca cuál fue ese pensamiento. Aquella idea original que acabó con su vida.

En paz siga descansando.

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