miércoles, 28 de febrero de 2007

El reino de don Pupo 40


Nada menos que una corona merece el que reconoció a las AUC como contendientes políticos, inició la paz con ellos y los premió con sueldos.

Opinión de Carlos J. Villar Borda*
Especial para Un Pasquín

De manera que todo se reducía a acabar con la República de Colombia y sustituirla por el Reino de don Pupo 40, bajo la autoridad de Su Majestad el actual Bipresidente. Y nadie se había dado cuenta.

Desde luego, las cosas se habían vuelto ingobernables con personajes como don Gustravo Petro, senador de la extinta república, para quien ya hay alojamiento preparado en nuestra Bastilla criolla, el otrora famoso Panóptico Nacional. ¿Dónde más se le podría dar cómodo retiro, si este fue el mismo edificio que alojó a todos los civiles y militares de la Guerra de los Mil Días?

Desgraciadamente se interpuso el bombillo que se prendió en la Corte Suprema de Justicia, pero esa opinión no valdrá frente a la nueva situación. Vámonos con los demás que no se dieron cuenta de la maniobra. Es posible que eso de no darse cuenta forme parte del triste declinar de esta República de abogados y tinterillos honorables, que elevan tutelas por cualquier coma intrusa en el inciso de una ley.

Preocupados con las minucias de los pequeños pleitos, no se habían dado cuenta de la enormidad que significa darle retro a la República e implantar un reinado, que si lo hubiéramos tenido en los útlimos 200 años, hoy seríamos prósperos y ricos miembros de la élite mundial.

Vean la visión de don Simón Bolívar, que quiso implantar un imperio con pequeños presidentes locales, mientras el soberano se paseaba de un extremo al otro confín para celebrar en todas partes consejos comunales, acompañado solamente por su hermosa y tierna ministra de relaciones exteriores (véase cómo el reino simplifica las cosas y obliga al primer mandatario a cambiar contra su voluntad una colaboradora tan útil, simplemente por la envidia de los políticos de segunda). Nótese cómo de paso se arregla el asunto de la sucesión presidencial, pues en un reinado no son necesarias las elecciones.

Patria nueva. Lo que está en suspenso porque hasta el momento no se ha encontrado el documento básico para refundar la Repúlica, es la suerte que le correspondería al ilustre Congreso. Obviamente que en la Picota sesionará la Comisión de Justicia del Senado. El problema reside en ¿qué hacer con los demás? Proponemos a manera de contribución para tan magna tarea que se distribuyan marquesados, ducados y condados entre los demás para poder lucirse con todo esplendor ante el mundo. De paso, al acabar con las elecciones se arreglaría de manera definitiva el grave problema del fraude, que tanto daño nos ha hecho especialmente en el presente siglo.

También se arreglaría de paso el problema de la recompensa que debe tener el actual ilustre bipresidente, porque de alguna manera hay que pagarle todo el bien que le ha hecho al país. Una corona. Nada menos que una corona merece el que reconoció a las AUC como contendientes políticos, inició la paz con ellos y retribuyó con sueldos del erario nacional a quienes habían participado en matanzas y masacres en los últimos veinte años. Pero no cualquier corona. Tiene que ser adornada con lo mejor de lo mejor en pedrería fina, como pueden ser las esmeraldas y otras piedras de nuestras tierras.

Tampoco debemos inquietarnos con el gabinete. Es posible que haya la necesidad de efectuar algunos cambios en las embajadas y consulados, pero ello se hará con la seguridad de detener la arremetida de los ignorantes congresistas de Washington que hablan de “para-política”, sin detenerse a meditar en el grandioso proceso en desarrollo que se lleva a cabo en el país.

Lo que falta es el nombre para el Monarca y las normas de protocolo para su tratamiento. Como a nosotros no nos alcanza el magín hasta esa cumbrera, invitamos a nuestros lectores a que nos ayuden con sus sugerencia.

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*Periodista.

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