domingo, 28 de enero de 2007

Tiempos de cambio

Por MQ
Especial Para Un Pasquín

No ha habido en América Latina, en los últimos años, un avance social tan importante como el realizado por el gobierno del Presidente de Brasil, Luis Ignacio Lula da Silva. La reducción del 30% en los niveles de pobreza, la duplicación del poder adquisitivo de las clases más bajas y el ascenso de casi diez millones de pobres a la clase media, representan una verdadera desmitificación de las soluciones para esta clase de problemas.

Durante el último año el crecimiento económico de Brasil se acercó al 3%. Críticos de la oposición indican que el crecimiento hubiera podido ser similar al 7% de India o al 10% de China. Países en que la concentración de la riqueza y las diferencias sociales son cada vez más notorias. Sin embargo, Lula se ha concentrado en la redistribución del ingreso para erradicar la pobreza y el hambre. De ahí que pueda presentar los logros mencionados anteriormente. El gobierno de Lula está demostrando que la solución es posible. Depende apenas de voluntad política.

En Estados Unidos, para la sorpresa de los admiradores de ese modelo capitalista, se empieza también a pensar de esa forma. John Edwards, candidato demócrata a la vicepresidencia en las elecciones pasadas, lanzó recientemente su campaña para la presidencia del 2008. Propuso un programa de inversión de 15 billones de dólares para erradicar la pobreza y dejó en claro que la reducción del déficit no es el tema fundamental cuando se trata de solucionar este reto de toda sociedad. Una superpotencia, supuestamente, no debería mostrar cuadros de desigualdad social.

Durante el llamado “milagro brasilero” de los años 70s, en el que el crecimiento económico alcanzó tasas del 6 o 7 % anual durante el período de la dictadura militar, representó la mayor concentración de riqueza que se ha visto en la historia del Brasil y al mismo tiempo, el mayor crecimiento de los niveles de pobreza y miseria. Reconocía la dictadura en aquel entonces, que “el país iba bien pero su pueblo iba mal”. Al mismo tiempo justificaba que era necesario “crecer el ponqué para después repartirlo”. Repartir cómo, si el modelo y los actores eran los mismos. Los ricos se tornaron infinitamente más ricos y Brasil empezó a conocer la miseria, en medio de un ambiente de euforia de la clase rica y empresarial.

Solamente ahora, después de 40 años esta clase empobrecida y excluida, vive un verdadero “proceso de inclusión” como lo llamó el Presidente Lula. Este proceso, por primera vez ha logrado crear bases sólidas para el desarrollo del país. ¿Y por qué? Porque este gobierno, al contrario de todos los otros, cree que el desarrollo de un país se debe medir por el bienestar de su pueblo y no solamente por los índices de crecimiento.

La revista “Cambio”, en su número 707, al comentar en su artículo sobre el mandato de Lula, dice que el crecimiento económico del Brasil, superó apenas al de Haití y agrega: “Un dato para sonrojarse”. El mismo dato fue usado por Geraldo Alckmin, adversario de Lula en las últimas elecciones, citando la revista “The Economist”, para criticarlo durante un debate en la TV. Fue uno de sus peores momentos. Lula simplemente pidió a Alckmin, que no trajera para el debate “esta mentalidad de colonizado” y así lo calló. “The Economist” es una revista seria y de prestigio. Sin embargo, al contrario de lo que muchos piensan, no es la guía ni el parámetro para las soluciones de los problemas brasileros y tampoco para otros pueblos. La economía es también un problema cultural.

Hombre consecuente
Las raíces de Lula, originario de las clases bajas, son fundamentales para entender sus logros. Su origen de emigrante del “nordeste de Brasil”, su profesión de tornero mecánico y sus años de sindicalismo, lo llevaron a adquirir una verdadera conciencia política. Posteriormente, con el fracaso y la derrota de la dictadura, fundó el Partido de los Trabajadores con un grupo de líderes de izquierda, sindicalistas y estudiantiles, oriundos de los movimientos de 1968. Muchos eran sobrevivientes de los horrores y de las torturas de los sótanos del régimen militar, otros habían sido exilados políticos.

La filosofía política de ese partido siempre reivindicó en defensa de la clase trabajadora. Para quien no sabe y para la sorpresa de muchos, Lula nunca ha sido comunista. Hoy el PT es el segundo partido en el Congreso Nacional, a pesar de los escándalos en los que algunos de sus miembros estuvieron envueltos durante la legislación pasada, en la que tenía la mayoría. Esperemos que la lección haya servido.

Muy pocos líderes políticos tienen las raíces y los compromisos sociales o se rodean de fuerzas políticas que les permitan gobernar de acuerdo con los intereses de las grandes mayorías. Casi todos llegan al poder comprometidos hasta el cuello con el sistema y en ese punto ya es muy tarde para desprenderse. En realidad, tampoco les interesa. Otros son retrógrados, y/o conservadores de formación.

Para gobernar con sentido de igualdad y justicia, se necesita de una profunda conciencia política y social y muchas veces, hasta del “primarismo” político de Hugo Chávez. Caso contrario, no se atreven a buscar caminos por fuera del modelo. Esa conciencia no se adquiere ni en Oxford, donde estuvo nuestro Presidente, ni en Yale, donde se graduó George W. Bush. Tampoco se adquiere a costa de nombramientos en cargos públicos, gracias a la influencia de sus familias. Algunos tienen la descarada pretensión de llegar a la Presidencia de la República sin nunca haber disputado una elección. “Corren por fuera” sin untarse de pueblo. Son los pseudopolíticos.

En politica no se juzga al hombre mas sí a las fuerzas que lo apoyan. No hay duda de que Colombia empieza a despertar. Las elecciones pasadas son un ejemplo de eso al aparecer fuerzas políticas de varias tendencias claramente identificables. Distanciándose de la pésima herencia del Frente Nacional, donde los partidos se diferenciaban apenas por el color de la bandera. ¡Tiempos de cambio!

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